Rumbo a Australia 2027 (VII): Antes del nombre, el «para qué»
Acabamos de repasar las opciones que España tiene ahora mismo en el puesto de apertura y, casi inevitablemente, aparece uno de esos debates que llevan años acompañando al rugby español: no nos termina de valer ninguno y hay que salir a buscar fuera. Pasa prácticamente en todas las posiciones, pero con el diez parece agudizarse especialmente. Basta con encadenar un par de partidos malos para que vuelva la misma conversación y, con ella, alguno de esos nombres que de forma cíclica terminan regresando a nuestro pequeño ecosistema. No es que haya que darle oportunidad a otro de los que estén ya dentro del sistema, es que hay que salir a buscar fuera, y además, no cualquier nombre.
Ahora el nombre es Hugo Reus. Antes estuvieron Joris Segonds o, bastante más atrás y de una manera diferente, Camille Lopez u otros. Y tampoco creo que el problema sea buscar. Saber qué jugadores son elegibles, seguirlos, interesarse por ellos o conocer qué perfiles podrían estar disponibles para España me parece absolutamente lógico. Una selección como la nuestra debe conocer todas sus posibilidades.
El problema empieza un poco después, cuando pasamos demasiado rápido de descubrir que un jugador podría jugar con España a asumir que quiere hacerlo y, casi inmediatamente, a concluir que su llegada supondría una subida de nivel enorme.
Con Camille Lopez aquello fue durante años casi una posibilidad recurrente. Con Segonds hubo bastante más: España se interesó por él y su nombre estuvo durante mucho tiempo alrededor de la selección. Pero también acabamos haciendo buena parte del recorrido por el jugador antes de saber hasta qué punto quería hacerlo él.
Y ahora ocurre algo parecido con Hugo Reus. Es normal que genere interés. Estamos hablando de un jugador joven, con muchísimo recorrido y enormes posibilidades dentro del rugby francés. Pero una cosa es que pueda ser elegible y otra que quiera jugar con España. No sabemos si se lo ha planteado, si lo contempla para algún momento de su carrera o si simplemente su horizonte sigue estando completamente puesto en Francia.
Eso debería importar bastante. Sin embargo, en cuanto uno de esos nombres entra en los corrillos habituales del rugby español y empieza a repetirse, la posibilidad va creciendo casi sola. De repente ya no hablamos de un jugador que podría ser seleccionable, sino de cuánto nos subiría el nivel, dónde lo colocaríamos y cómo cambiaría nuestro ataque. Ahí conviene bajar un poco las revoluciones, porque además se produce una comparación bastante injusta con los que ya están.
Gonzalo Vinuesa sirve muy bien para explicar esa diferencia de criterio. Su nivel con España ha ido creciendo hasta convertirlo en un jugador fundamental, aunque en todo ese recorrido haya tenido partidos muy buenos y otros en los que, como cualquier apertura, ha estado menos acertado. También ha habido siempre quien lo ha visto más como una alternativa que como el jugador sobre el que construir el puesto, o quien ha entendido que España debía aspirar a algo más. Forma parte del debate y tampoco hay nada extraño en ello.
Lo que me interesa aquí es otra cosa: basta a veces con uno o dos partidos menos buenos para que reaparezca con enorme facilidad la búsqueda del siguiente nombre. A Vinuesa, precisamente porque le hemos visto durante años, le conocemos cada virtud y cada defecto. Del posible jugador exterior sabemos que está en Vannes, Montauban, Narbonne o donde corresponda, vemos la categoría en la que compite y tendemos a completar nosotros mismos todo lo demás.
Al jugador que ya está le exigimos confirmar continuamente lo que puede aportar; al que todavía imaginamos, en ocasiones le concedemos de salida que va a elevar el nivel. Y ese es el punto, mucho más que defender o cuestionar a Vinuesa.
Nuestra propia historia debería servirnos para relativizar bastante todo esto. Porque por cada Guillaume Rouet, Mathieu Bélie, Charly Malié, Fred Quercy, Fabien Perrin o Gautier Gibouin, jugadores llegados desde fuera que terminaron siendo fundamentales para España, también hemos tenido a Bastien Fuster, Cédric García, Christopher Ruiz, Fabien Grammatico, Jean-Baptiste Custoja o Mickaël De Marco.
Jugadores con currículum, algunos con muchísimo currículum, cuya aportación a la selección, por unas razones u otras, terminó siendo bastante menor de lo que uno podía imaginar simplemente viendo dónde habían jugado. Eso no significa que fueran malos jugadores. Eran buenos jugadores, algunos de muchísimo nivel, pero el currículum no juega.
Christopher Ruiz merece incluso un aparte porque probablemente sea uno de los mejores ejemplos de todo esto. Durante años fue uno de los grandes objetos de deseo del rugby español. Era el apertura de Narbonne, un habitual de Pro D2, hacía puntos, aparecía entre los destacados de la competición y desde prácticamente 2010 estuvimos esperando que aquella posibilidad terminara convirtiéndose en realidad.
Y esperamos mucho. Su nombre aparecía una y otra vez. Se seguían sus partidos, se comentaban sus actuaciones y hubo momentos en los que prácticamente imaginábamos el diez de España con su nombre antes de que hubiera jugado un solo minuto con nosotros. España llegó a convocarlo en 2013, volvió a estar muy cerca después y en 2015 parecía que por fin iba a debutar, pero una lesión volvió a dejarlo fuera.
Cuando volvió a aparecer de verdad alrededor de la selección en 2017 y 2018 ya hablábamos de un jugador veterano y con bastantes problemas físicos acumulados. Y, aun así, las expectativas seguían siendo enormes. Se hablaba de él como ese jugador que podía darnos el salto que nos faltaba. Al final el Ruiz que durante tantos años habíamos imaginado nunca llegó realmente a existir con España.
Y no porque Christopher Ruiz no hubiera tenido nivel. Lo tuvo de sobra. Durante años fue un magnífico apertura de Pro D2. Ese es precisamente el punto: estuvimos esperando tanto una posibilidad que, cuando por fin parecía que podía materializarse, el jugador y el momento ya no eran los mismos que habíamos estado imaginando.
El problema nunca fue Christopher Ruiz. El caso Ruiz demuestra más bien el riesgo de construir durante años expectativas alrededor de un jugador al que no sabes cuándo vas a poder tener. El rugby español soñó durante mucho tiempo con el mejor Christopher Ruiz; cuando estuvo realmente cerca de poder disponer de él, ese tiempo había pasado.
Venir de Top 14 o de Pro D2 no garantiza que automáticamente vayas a mejorar a España, igual que jugar en División de Honor no significa que no puedas rendir perfectamente a nivel internacional. Una selección no consiste en reunir los mejores currículums posibles. Consiste en construir un equipo.
Guillaume Rouet y Charly Malié explican bastante bien otra diferencia importante. Durante buena parte de su carrera internacional, Malié fue una presencia bastante más intermitente. Era casi un objeto de deseo permanente para España: sabíamos el jugador que teníamos allí, queríamos disponer de él y, cuando venía, nos daba un plus evidente. Nos dejó actuaciones magníficas y elevaba el techo del equipo, pero precisamente porque durante años apareció de forma más esporádica, su incidencia real sobre la construcción de la selección era menor de lo que terminaría siendo después.
Eso cambió bastante en el último ciclo de Santi Santos. Cuando su disponibilidad aumentó y pudimos contar con él en muchos más partidos importantes, también creció su peso dentro del equipo. Dejó de ser únicamente ese jugador extraordinario que aparecía y nos hacía mejores para convertirse en una pieza mucho más integrada en las relaciones, los automatismos y la propia manera de jugar.
Guillaume Rouet representaba todavía un grado más de continuidad. Durante sus ocho años como internacional estuvo aproximadamente en uno de cada dos partidos de España. No estaba siempre, naturalmente, pero sí lo suficiente como para terminar prácticamente infiltrado en el ADN de aquella selección. España jugaba también de una determinada manera porque Guillaume estaba allí: marcaba ritmos, ordenaba, conectaba con los primeros receptores y acumulaba relaciones construidas durante años.
Los dos elevaban el nivel y a los dos se les sigue echando de menos. Pero su recorrido explica que no es lo mismo tener un jugador extraordinario disponible de vez en cuando que disponer de él con la continuidad suficiente para que termine influyendo en la identidad del equipo. Malié lo demuestra muy bien: cuando empezó a estar más, empezó también a pesar más. Y conviene separar situaciones que muchas veces metemos en el mismo saco.
Al rugby español le toca esperar a Joel Merkler, Jon Zabala, Samuel Ezeala, Asier Usárraga, Álvaro García o Alberto Carmona. Nos gustará más o menos su disponibilidad y podremos lamentar que algunos estén únicamente en determinadas ventanas o para determinados partidos, pero son jugadores que proceden de nuestro sistema. Son, de alguna manera, las cimas de ese sistema: jugadores formados aquí que han alcanzado niveles competitivos superiores y que representan la otra vía complementaria al desarrollo del jugador de alto rendimiento que continúa jugando en España.
El riesgo de no poder contar con ellos no es en absoluto ajena a cualquier nación del Tier 2.Esperarlos entra dentro de nuestro propio camino. Incluso refrenda en cierta medida el trabajo formativo realizado, porque son jugadores a los que el rugby español ha ayudado a construir y que después han conseguido llegar más arriba.
En esa misma lógica incluiría, aunque por una vía distinta, a Lucien Richardis. Su formación principal está evidentemente vinculada al rugby francés, pero ha pasado por nuestras categorías inferiores. España le abrió una ventana y él aceptó entrar por ella. Nosotros también hemos formado parte de ese recorrido y él ha decidido formar parte del nuestro.
Hay todavía otro grupo al que también creo que debemos saber esperar. Raphael Nieto, Luca Tabarot o Hugo Pirlet han demostrado con hechos su voluntad de jugar con España. Han estado disponibles siempre que han podido, han hecho sacrificios y han venido tanto cuando había un partido importante y muchos focos como cuando no los había. Han asumido concentraciones, desplazamientos y giras larguísimas por las islas del Pacífico.
Eso tiene valor. No significa que tengan que jugar por decreto ni que dejen de estar sometidos a la misma exigencia deportiva que cualquier otro. Pero no podemos tratar de la misma manera a quien lleva tiempo demostrando que quiere formar parte del proyecto y a alguien del que únicamente conocemos una posible elegibilidad.
En un caso hay una relación construida, compromiso y voluntad demostrada. En el otro tenemos, de momento, incógnitas. Y cuando salimos a buscar fuera es cuando esas incógnitas deberían pesar. Y esas incógnitas son bastante más numerosas de lo que parece cuando vemos un nombre en una alineación francesa y empezamos a hacer cábalas.
La normativa puede darte derecho a convocar a un jugador, pero no convierte esa convocatoria en algo neutro. Dentro de los periodos protegidos por la Regla 9, el club tiene obligación de liberarlo y la federación que lo convoca asume viajes, alojamiento, manutención y las coberturas económicas o seguros correspondientes. Sobre el papel parece sencillo. En la práctica hay bastante más alrededor.
Para un profesional que está peleando minutos, una renovación o simplemente su siguiente contrato en Francia, marcharse dos semanas con España en febrero puede tener un coste que ningún reglamento elimina. Un seguro puede cubrir una lesión y determinadas consecuencias económicas de la misma; no puede garantizar que mantenga su sitio en el equipo, que otro jugador no aproveche su ausencia, que renueve o que el siguiente contrato siga estando ahí cuando vuelva.
Y cuanto más bajamos desde el Top 14 hacia Pro D2 o Nationale, más cuidado deberíamos tener con esa imagen del jugador profesional al que todo le va bien y que simplemente tiene que decidir si quiere venir o no con España. Muchos han tardado años en conseguir un contrato razonable, saben que su carrera va a ser corta y se están jugando mucho en cada temporada.
Tampoco vienen precisamente por una recompensa económica capaz de compensar todos esos riesgos. Las cantidades actuales apenas se publican y buena parte de lo que circula pertenece al terreno de la información interna, pero tenemos alguna referencia oficial que permite entender el orden de magnitud: en la temporada 2019/20 la ayuda establecida para un jugador del XV absoluto era de 85 euros brutos por cada 24 horas de actividad, siempre sujeta además a disponibilidad presupuestaria. No sirve para decir cuánto cobra hoy un León, pero sí para una cosa bastante evidente: nadie se hace rico viniendo a jugar con España.
Quizá por eso también deberíamos valorar algo más a los que vienen. Hay jugadores que llevan años haciendo compatible la pelea por construirse una carrera profesional con concentraciones, viajes, ventanas internacionales y giras con España. Han venido cuando había un partido grande y todos los focos estaban delante, pero también cuando no había prácticamente ninguno.
El caso de Tití Futeu es seguramente el ejemplo más duro de hasta dónde puede llegar esa tensión. Él mismo contó que Carcassonne le había advertido de que, si acudía con España, no renovaría su contrato, y finalmente ocurrió. No todos los casos son así, evidentemente, pero basta para entender que detrás de una convocatoria puede haber bastante más en juego que coger un avión y jugar el sábado.
Por eso tampoco me parece tan sencillo mirar una convocatoria, echar de menos dos o tres nombres y concluir automáticamente que la federación se ha bajado los pantalones ante determinados clubes. Habrá ocasiones en las que se haya podido hacer mejor, naturalmente, pero una federación como la española —y esto sirve para muchas selecciones de nuestro nivel— tiene que negociar constantemente y elegir batallas.
Puede haber un jugador que acaba de entrar en el equipo de su club, otro que está negociando una renovación y otro que tiene delante tres semanas decisivas para ganarse un puesto. Forzar una convocatoria puede darte al jugador este sábado y dificultarte muchísimo disponer de él durante los dos años siguientes. A veces ceder hoy también puede formar parte de poder contar con él mañana.
La Regla 9 puede darte el derecho a convocar. Lo que no te da es el músculo para que ejercer ese derecho sea gratis. Y gratis no significa solamente dinero: significa relaciones con clubes y entrenadores, agentes, futuros contratos y, sobre todo, la carrera del propio jugador.
Pero tampoco todo funciona siempre en esa dirección. Hay momentos en los que venir con España puede ser una oportunidad para el jugador y hasta resultar interesante para su club. Un joven que todavía tiene pocos minutos, alguien que ocupa un papel muy secundario en una plantilla de Top 14 o Pro D2 o un jugador con poco protagonismo en Nationale puede encontrar con la selección minutos, responsabilidad, experiencia internacional y exposición que en ese momento no tiene en su equipo.
Manex Ariceta sirve para entender lo cambiante que puede ser esa ecuación. En Bayona participó la temporada pasada, incluso en Top 14 y Champions Cup, pero todavía sin ocupar un papel central dentro de una plantilla con una competencia enorme. Este verano se marchó precisamente a Chambéry buscando más tiempo de juego. Una convocatoria de España puede encajar de una manera cuando estás peleando por encontrar minutos en Bayona y de otra muy distinta cuando llegas a un nuevo club con la expectativa de convertirte en un jugador importante.
No hay una regla única. Para uno la selección puede ser una oportunidad magnífica justo cuando para otro supone perder una oportunidad decisiva con su club. Puede interesar al jugador, puede incluso interesar al propio club o puede aparecer el conflicto contrario. Depende de la edad, del contrato, de los minutos, de su posición dentro de la plantilla, de quién tiene por delante, de quién se marcha con Francia y del momento exacto de su carrera.
Y si además hablamos de incorporar a alguien que actualmente es ajeno al proyecto, añadimos todavía más variables. Primero tiene que querer venir. Tiene que gustarle lo que España le propone, encontrarle sentido deportivo y personal y encontrarse en un punto de su carrera en el que elegirnos no suponga cerrar una puerta que todavía considera abierta.
Si es un jugador joven con posibilidades razonables de entrar algún día en el radar francés, puede ser perfectamente defendible que todavía no sea el momento. No significa que España tenga poco nivel, que nuestra federación carezca de capacidad de seducción o que alguien esté rechazando nuestras esencias patrias. Muchas veces significa simplemente que un deportista está gestionando una carrera profesional y tiene otras opciones encima de la mesa.
Todo esto explica también por qué, personalmente, tiendo a buscar primero el mayor número posible de soluciones en División de Honor y entre jugadores que ya están dentro del radar federativo. No porque crea que ahí estén siempre los mejores jugadores posibles ni porque haya que cerrarse a buscar fuera. Simplemente conocemos muchas más cosas de ellos: su disponibilidad, su recorrido, su compromiso, cómo encajan y, muchas veces, la relación que ya han construido con la selección.
Buscar fuera es necesario y habrá jugadores por los que merezca muchísimo la pena hacerlo. Pero cuando aparezca uno de esos nombres deberíamos intentar mirar el paquete completo antes de emocionarnos: cuánto mejora realmente lo que tenemos, cuánto puede venir, qué pretende hacer con su carrera, qué otras alternativas maneja, qué riesgo profesional asume, cuál es su situación en el club y qué papel pretendemos darle nosotros. Porque además incorporarlo tampoco termina el día que acepta una convocatoria.
Hay gente que se pregunta por qué un jugador ha ido a dos concentraciones y todavía no ha debutado, por qué ha viajado para jugar cinco minutos o por qué ha necesitado varios partidos para empezar a tener peso. Pues porque entrar en una selección también es un proceso. Tiene que entrar en un grupo, conocer cómo se trabaja, entender estructuras, códigos y responsabilidades y empaparse de relaciones que los demás llevan meses o años construyendo.
Habrá coyunturas que obliguen a acelerar ese proceso. Una lesión, una necesidad concreta o un jugador excepcional pueden llevarte a hacerlo. Pero que alguien tarde dos o tres convocatorias en debutar o entre inicialmente con pocos minutos no significa que la convocatoria haya sido un error. Muchas veces significa simplemente que está recorriendo el ciclo normal de integración en cualquier grupo de trabajo.
Por eso reducir todo esto a “este juega más arriba, tráelo” o “con los que tenemos no damos el nivel” me parece una simplificación excesiva y, a veces, bastante injusta. Incluso hablar de nivel sin contexto puede resultar demasiado grueso. Nivel para qué partido, para ocupar qué papel, con qué disponibilidad, durante cuánto tiempo y dentro de qué equipo.
Entre encontrar un jugador elegible y convertirlo en una solución real para España hay un mundo de contratos, clubes, seguros, carreras profesionales, disponibilidad, negociación e integración deportiva. Y ese mundo no habla necesariamente de nuestras carencias. Muchas veces habla, simplemente, de cómo funciona el rugby profesional.
No basta con que el jugador sea muy bueno o compita en una categoría superior. Hay que preguntarse cuánto va a estar, qué papel puede ocupar realmente y hasta qué punto podemos construir algo alrededor de él. No sabemos si quiere venir, cuándo podría hacerlo, cuál sería su disponibilidad real, cómo encajaría en el grupo ni cuántos partidos podría disputar durante un ciclo mundialista.
Esto pesa todavía más cuando hablamos de determinados puestos. Si pretendemos que buena parte del funcionamiento del equipo gire alrededor de un apertura, la continuidad deja de ser un detalle. Hay una diferencia enorme entre que un jugador venga y eleve el nivel de la selección y entregarle un puesto sobre el que se articula buena parte del juego.
Sabemos el riesgo que supone construir nuestro ataque alrededor de alguien al que quizá podamos utilizar uno o dos partidos al año. Puede ser extraordinario y elevar muchísimo nuestro techo cuando aparezca. Otra cosa es hacer depender de él relaciones, automatismos y una forma de jugar que después tendremos que reproducir durante muchos partidos sin su presencia.
Además, muchos de esos jugadores están precisamente en clubes que los necesitan cuando llegan las ventanas internacionales. Se marchan sus internacionales franceses y el jugador que nosotros imaginamos poniéndose la camiseta de España puede convertirse justo entonces en una pieza importante para su club. No es ninguna anomalía, es rugby profesional, pero condiciona.
La pregunta ya no es solamente si es mejor. La pregunta es para qué lo queremos. Si buscamos un jugador diferencial que venga en determinadas ventanas y nos haga mejores, perfecto. Esa incorporación puede tener todo el sentido. Pero si pretendemos darle un puesto capital y construir una parte importante del equipo alrededor de él, necesitamos algo más que nivel. Necesitamos saber que va a estar.
Primero debería llegar la necesidad y después el nombre: qué necesita España, qué quiere hacer, qué perfil le falta y si tenemos ya dentro a alguien capaz de cumplir esa función. Solo después tiene sentido mirar fuera. Puede ocurrir que el jugador que necesitamos ya esté aquí y necesite tiempo y desarrollo. Puede ocurrir que no exista y tengamos que buscarlo fuera. Y puede ocurrir que encontremos fuera un jugador claramente superior a todo lo que tenemos. Perfecto, que venga. Pero que venga porque necesitamos exactamente lo que ofrece, porque quiere estar, porque puede integrarse y porque su disponibilidad hace que tenga sentido incorporarlo al proyecto. No simplemente porque después de dos malos partidos vuelva a surgir la pregunta de si no tendremos por ahí algún jugador de Vannes, Montauban, Narbonne o cualquier otro club francés con ascendencia española.
También existe el extremo contrario. Cuando finalmente llega alguien de fuera somos capaces de dividirnos entre quienes esperan el primer error para demostrar que esas incorporaciones no funcionan y quienes justifican cualquier rendimiento porque el jugador necesita adaptación.
Claro que necesita adaptación, como todos. También la necesita un jugador de División de Honor cuando entra por primera vez en una ventana internacional, un joven cuando debuta o alguien que cambia de posición, entrenador o estructura de juego. La adaptación explica cosas, pero tampoco puede convertirse en una explicación permanente.
La vara debería ser la misma. Ni demonizar demasiado pronto al que viene de fuera ni taparle todas las vergüenzas porque procede de un nivel competitivo superior. Tampoco sentenciar al que ya estaba después de un par de malos partidos mientras idealizamos al que todavía no ha jugado un solo minuto con nosotros.
Al final, una selección se construye por capas. Necesita jugadores compitiendo en los niveles más altos, pero también una capa intermedia cada vez más fuerte y una base que empuje desde abajo. No podemos pretender tener veintitrés jugadores instalados permanentemente en la parte superior de la pirámide porque el rugby español todavía no produce eso.
Parte del trabajo está en conseguir que quienes hoy están en esas capas intermedias den un paso más, que los que vienen desde abajo encuentren un camino para llegar hasta ellas y que algunos terminen alcanzando esa capa superior. Ahí se mide también el crecimiento real de un sistema.
Por supuesto que hay que aprovechar cualquier jugador exterior que pueda aportar algo diferencial. Sería absurdo renunciar a ello. Pero si cada vez que encadenamos dos partidos malos volvemos a depositar todas nuestras expectativas en el siguiente nombre que aparece, corremos el riesgo de distraernos de una parte más importante del trabajo: hacer mejores a los jugadores que ya tenemos, reforzar esas capas intermedias y conseguir que cada vez haya más preparados para empujar desde abajo.
El salto real del rugby español probablemente no llegará el día que encontremos un nombre extraordinario fuera. Llegará cuando haya menos distancia entre nuestras distintas capas, nuestra zona intermedia sea cada vez más competitiva y tengamos más jugadores capaces de alcanzar por sí mismos la superior.
Entonces sí, cualquier jugador exterior que pueda incorporarse y elevar todavía más ese nivel será bienvenido. Pero será una pieza que mejora algo que ya estamos construyendo, no una fantasía a la que agarrarnos cada vez que algo no termina de funcionar.
Texto: Víctor García / Fotografía: Soraya Sanz y Domingo Torres

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