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Análisis / Diseccionando a (esta) Portugal


Para analizar con rigor los patrones ofensivos y defensivos de Portugal, es necesario precisar el marco de referencia desde el que se realiza la lectura. El análisis no se apoya en el partido más brillante ni en el resultado de mayor impacto mediático, sino en el encuentro que resulta más completo desde un punto de vista competitivo, es decir, aquel que expone de forma simultánea las virtudes y los límites del sistema.

En ese sentido, el partido frente a Bélgica se utiliza como referencia principal, no por espectacularidad, sino porque obliga a Portugal a sostener durante más tiempo la exigencia defensiva y la construcción del ataque sin disponer de ventajas estructurales claras. Es en ese contexto donde el sistema se muestra con mayor honestidad, tanto en sus automatismos como en sus puntos de fricción.

La victoria frente a Rumanía —la de mayor brillo y mayor repercusión— permite identificar patrones similares, especialmente en el ataque sobre la defensa, pero se desarrolla en un escenario más favorable. Portugal puede jugar con mayor amplitud, con la apertura más retrasada y con un control del ritmo que reduce la presión sobre la toma de decisiones. El sistema aparece, pero lo hace amortiguado por el contexto, sin verse forzado de manera constante.

El partido ante Alemania aporta una lectura distinta. En ese encuentro, Portugal se encuentra con una Alemania muy poco exigente en los duelos y en el contacto, lo que le permite ganar ventaja desde fases muy tempranas. Esa superioridad inicial facilita que Portugal ataque con los tres cuartos con una libertad poco habitual, generando situaciones muy ventajosas sin necesidad de abusar del juego cerrado ni de incrementar la complejidad estructural. Es, probablemente, el día en el que el ataque portugués fluye con mayor facilidad.

Precisamente por eso, el partido frente a Alemania no resulta el más adecuado para valorar el patrón real del equipo bajo exigencia, del mismo modo que no utilizaríamos un España–Suiza como referencia principal para evaluar el rendimiento estructural de la selección española. El dominio excesivo sobre el rival tiende a distorsionar la lectura, ocultando tensiones que solo aparecen cuando el sistema es llevado al límite.

Por todo ello, aunque los encuentros frente a Rumanía y Alemania ayudan a contextualizar y confirmar tendencias, es el partido ante Bélgica el que mejor define la identidad competitiva de Portugal cuando no puede apoyarse en la superioridad física, territorial o rítmica. No es el partido más vistoso, pero sí el más revelador. Y es desde ahí desde donde se construye el análisis.

 

Identidad, estructura y jerarquía del ataque portugués

Para entender el ataque de Portugal es imprescindible partir de una idea clave: su juego hacia fuera no se basa en generar tiempo ni comodidad, sino en atacar el espacio aun con la defensa encima. Portugal está habituada a jugar bajo presión, con subidas agresivas enfrente y con poco margen para elaborar. No rehúye ese contexto; lo asume como normalidad.

Por eso, cuando se habla de “juego exterior” portugués, conviene matizar que no se trata de un ataque sistemático hasta el ala, sino de un juego muy focalizado en los canales del 12 y del 13. Es ahí donde Portugal cocina la mayor parte de su amenaza: en la costura entre el interior (zona de ruck y plataformas de delanteros) y la línea exterior, en el contacto corto y en la lectura inmediata del desajuste. Los alas no son el destino natural del juego, sino una resolución posterior, cuando la defensa ya ha sido fijada o desplazada. He ahí pues, que un jugador del calado de Storti no sea un elemento estructural del equipo sino un finalizador muy cualificado.

A nivel de delantera, Portugal no acumula cargas. Dos fases de impacto ya entran dentro de lo habitual; la tercera empieza a ser excesiva dentro de su lógica. No busca hacer retroceder a la defensa mediante impacto sostenido ni instalarse cerca del eje. Su paquete de delanteros es mayoritariamente móvil antes que pesado, orientado a llegar pronto, sostener continuidad y facilitar la salida del balón.

Tras la primera plataforma de impacto clásica, el equipo intenta rápidamente agitar la defensa mediante mediante lanzamientos más dinámicos de delanteros en carrera, y ahí aparece un recurso muy identificable y que se usa cuando le defensa es más pegajosa y más presionante: una plataforma de triple amenaza, en la que el último hombre de la familia de delanteros recibe ya lanzado en carrera. El objetivo no es tanto ganar metros como forzar una decisión defensiva inmediata. En cuanto esa decisión aparece, la intención es abrir el juego.

Como ese impacto inicial no genera una reculada clara de la primera cortina, el balón sale con la defensa habitualmente muy encima. Lejos de ser un problema, este es el hábitat natural del ataque portugués. Sus tres cuartos están acostumbrados a jugar planos, incluida su segunda cortina de acción, al filo, resolviendo con muy poco espacio. No buscan preparar la jugada para generar amplitud; atacan directamente el intervalo que aparece, por mínimo que sea. Aquí hay convicción de sistema, pero también una limitación asumida: Portugal no dispone de delanteros dominantes que generen tiempo extra, y convierte esa carencia en identidad.

Además, aunque Portugal presenta a menudo varios delanteros en proximidad, no lo hace con la intención de acumular plataformas sucesivas. Tras la segunda acción —especialmente cuando aparece la plataforma de triple amenaza—, los delanteros que no han entrado en ese bloque se liberan rápidamente lejos del punto de encuentro. Su función no es volver a cargar, sino filtrarse para romper la cortina defensiva, aparecer a la espalda o sostener la continuidad del juego. De este modo, Portugal convierte la presencia de delanteros en una amenaza múltiple sin necesidad de repetir impactos: no acumula, redistribuye.

En ese mismo marco, el lado cerrado adquiere un papel propio. Portugal no lo utiliza únicamente como plataforma de reordenación previa al juego abierto. En muchas ocasiones, da continuidad real a la plataforma de impacto en el cerrado, jugando corto y rápido con los apoyos cercanos. No busca avanzar muchos metros ni generar limpieza, sino mantener vivo el desorden, impedir que la defensa recupere anchura y prolongar un escenario incómodo. De hecho, del lado cerrado también nacen ensayos, como se vio ante Bélgica, donde la defensa, atrapada en un espacio comprimido y mal conectada, termina concediendo rupturas claras. El cerrado no es un peaje táctico: es un espacio legítimo de ataque y, en ocasiones, de resolución.

Aquí aparece uno de los rasgos más definitorios del ataque portugués: el minimalismo del desorden. Portugal no busca generar caos ni manipular a la defensa durante varias fases. Detecta un desajuste mínimo ya existente —una defensa demasiado centrada en el eje 12–13, un pie del agrupamiento mal protegido, una ayuda que llega medio segundo tarde— y lo castiga de inmediato. No hay elaboración innecesaria: basta un gesto, el justo, ejecutado en el momento exacto. El ataque portugués no se construye sobre el error grande, sino sobre el pequeño desajuste, y eso lo convierte en especialmente peligroso. En esa misma lógica se integra la utilización del ala cerrado, personalizable en Manuel Cardoso. Muy activo en los partidos de la primera fase. Portugal lo activa mediante un pase funcional, rápido y directo, normalmente desde Samuel Marques, que castiga defensas ya desguarnecidas en el pie del agrupamiento y excesivamente centradas en el eje 12–13. No es un recurso espectacular ni elaborado: es la expresión más clara del minimalismo del desorden antes mencionado, donde el valor no está en la complejidad, sino en el timing. 


 

En este engranaje aparece la primera figura clave: el 9, Samuel Marques. Marques es el director absoluto del juego portugués. No solo distribuye: gestiona el ritmo, la secuencia y la toma de decisiones colectivas. Con ruck limpio, acelera y activa el juego exterior; ante desajustes, los castiga él mismo; y cuando el contexto se cierra, intenta encontrar la solución correcta. Su valor diferencial está en el manejo del tiempo.

Cuando no está él y entran sus sustitutos habituales, como Amado o Hugo Camacho, el modelo se mantiene solo parcialmente. Camacho, por poner un ejemplo, es un medio melé bullicioso, muy vertical y vertiginoso en la salida del balón, pero no gobierna el tempo como Marques. Con él, Portugal tiende a acelerar siempre. Eso no es necesariamente negativo, pero sí altera el concepto del juego.

El segundo gran eje del sistema es el 13, Rodrigo Marta, verdadero vértice ofensivo. Portugal organiza gran parte de su ataque para que el balón llegue a su entorno, ya sea directamente o utilizándolo como amenaza constante que fija defensores y genera espacio para otros. No se trata simplemente de “atacar el canal del 13”, sino de atacar la costura defensiva que se forma entre el interior y el exterior.

En este contexto, el uso de¡¡l 12 es claramente funcional. Actúa como amenaza posicional, fija a su defensor directo y condiciona las ayudas. Marta no duda en invadir el canal del 12 cuando la lectura o el plan táctico lo aconsejan. El ataque portugués no se estructura por posiciones rígidas, sino por zonas de influencia, con el 13 como referencia constante.

Este protagonismo del 13 se extiende también al juego al pie, que conviene matizar con precisión. El juego al pie territorial aparece solo cuando el contexto obliga —salida de presión, mala colocación tras varias fases o necesidad puntual de ganar metros— y no como herramienta estructural del plan. La tendencia dominante es el juego al pie corto y con intención ofensiva, plenamente integrado en la lógica del sistema.

Dado que el apertura suele jugar muy plano, muy cerca de la línea de tres cuartos, la patada corta  aparece como una extensión natural de la triple amenaza. Ante el mínimo desorden, una subida excesivamente agresiva o una falta de profundidad defensiva, Portugal ataca el espacio justo a la espalda de la primera cortina. Esa patada no la corre cualquiera: suele hacerlo el 13 o el ala del lado cerrado. El 12 fija por delante como amenaza posicional, el 15 fija defensores más lejos, y ese reparto de roles limpia el espacio intermedio, que es el que Portugal busca castigar.

Junto a este uso ofensivo y relativamente  estructurado y sistematizado del pie, Portugal acepta y explota también la patada individual por pura lectura del pateador. Aparece cuando alguien identifica mala colocación del fondo, zaguero adelantado o desorden tras varias fases rápidas. No es un gesto de alivio ni una ruptura del plan, sino una decisión ofensiva legítima dentro de un sistema ligero, que permite a los jugadores castigar lo que ven sin esperar confirmación externa.

Es por eso conveniente leer más allá de la mera estadística. Portugal tiene una media de patadas alta, hecho irrefutable, pero un volumen muy alto de las mismas son con intención clara de seguir jugando en continuidad

El tercer eje del ataque es el 15, una posición que Portugal puede cubrir con Vincent Pinto, Simão Bento o Manuel Vareiro, según convocatoria. En todos los casos, el rol es esencialmente el mismo: rara vez inicia las secuencias ofensivas. Su función aparece cuando la defensa ya ha identificado y empezado a ajustar sobre el eje 12–13. Es entonces cuando el 15 reactiva la jugada, aportando profundidad, lectura desde atrás y conexión con los alas. Aporta un plus claro, pero es el perfil más reemplazable de los tres ejes.

Puede resultar llamativo que, en una selección que juega de manera tan abierta, vistosa y expansiva, el análisis no sitúe al puesto de apertura como uno de los grandes ejes del sistema. Incluso puede sorprender que, en un equipo que vuelca tanto el juego hacia los tres cuartos, el 10 —y en buena medida también el 12— no aparezcan como focos centrales de la toma de decisiones. Sin embargo, esta elección no es una omisión, sino una consecuencia directa del modelo portugués.

En Portugal, el rol de apertura es absolutamente funcional y está al servicio del sistema. Los dos jugadores que han tenido mayor protagonismo este año, Manuel Vareiro y Domingos Cabral, no actúan como directores del ataque ni como generadores principales de desequilibrio. Su función se limita, de forma deliberada, a tomar decisiones de pase rápidas, facilitar la continuidad y permitir que el peso del juego recaiga donde realmente quiere Portugal: en la estructura de los tres cuartos.

El único punto de verdadero filo táctico individual que aportan aparece en su lectura del desorden defensivo es en el uso del juego al pie corto y ofensivo, especialmente a la espalda de la primera cortina  ante subidas agresivas o simplemente desordenadas y sin cobertura atrás. No es un recurso para reorganizar el ataque, sino para seguir ganando metros y mantener la iniciativa sin alterar la jerarquía del sistema.

En ese sentido, el valor del 10 en Portugal no reside tanto en la toma de decisiones en sí, sino en la distancia y la altura a la que se coloca respecto al ruck, marcando el rango desde el que se lanzará el ataque posterior. En Portugal el 10 no gobierna el juego: lo prepara, lo ordena y lo entrega en condiciones favorables a quienes deben resolverlo.

Este enfoque, lejos de contradecir la identidad ofensiva portuguesa, la explica. Portugal no juega abierto porque tenga un 10 protagonista, sino porque ha construido un sistema en el que ciertas posiciones —incluida el apertura— renuncian al foco para que el conjunto gane coherencia y continuidad.


El reto para España

Con todo lo que mencionado en el texto hasta ahora , la jerarquía ofensiva de Portugal queda clara: El 9 gobierna el ritmo y las decisiones, el 13 concentra y organiza la amenaza y el 15 reactiva el ataque cuando el eje principal ha sido leído. Portugal puede adaptarse sin su 15, aunque pierda calidad en la segunda fase del ataque. Portugal cambia sin Samuel Marques. Y Portugal deja de ser Portugal sin Rodrigo Marta.

Ante España, esta estructura plantea un reto muy específico. España defiende con una estructura modular, muy preocupada por no perder el dibujo y por subir con presión coordinada según el tipo de amenaza. Esa fortaleza puede volverse frágil ante un equipo como Portugal, que no necesita condiciones favorables para castigar. Le basta medio metro de desajuste en la subida, una ayuda que duda o un apoyo que llega tarde.

España, a priori superior en delantera, debe hacerse valer no solo desde el contacto, sino desde la presión organizada cerca del punto de encuentro, mezclando impacto, ralentización del ruck sin necesidad de acumular efectivos extra y subida sin perder alineamiento y cerrando espacios a la línea de tres cuartos. Porque ante Portugal, el error grande es raro. El peligro está en el pequeño. Y ese, Portugal lo penaliza casi siempre.

 


Un sistema defensivo exigido en lo físico, pero no en lo global 

España puede hacer mucho daño a Portugal, pero no desde una propuesta simple ni desde un único registro. No basta con cargar con la delantera ni con confiar en que el impacto sostenido, por sí solo, desactive al rival. La clave está en ganar el avance pronto, madurar las jugadas y construir un patrón de juego rico, capaz de combinar juego cerrado, zonas intermedias y amplitud, y de leer el desorden cuando aparece. Portugal no ha sido exigida todavía en un contexto que le obligue a defender todas esas cosas a la vez. Y además, por la experiencia previa reciente, no solo la de nuestro anterior partido sino de lo visto, por ejemplo, en Noviembre frente a Uruguay, una selección con una propuesta de juego relativamente similar al nuestra

Conviene distinguir dos planos distintos —y complementarios— donde Portugal muestra fragilidades. Por un lado, el lanzamiento del juego a partir de fases estáticas. Los saques de lateral son su gran talón de Aquiles y, probablemente, el punto más débil de su plan de juego. Timings irregulares entre salto y levantamiento, movimientos lentos y cierta previsibilidad convierten la touch en una fuente real de balón robado o, como mínimo, de posesión muy condicionada. No es una ventaja automática, pero sí una vía clara para reducir la exposición al ataque portugués y permitir a España jugar en campo favorable. En melé, sin ser tan vulnerable como en el lateral, Portugal también sufre cuando el rival es disciplinado y constante. Aquí el matiz es clave: el posible dominio español no debe entenderse solo como castigo, sino como plataforma para aplicar una estrategia ofensiva rica y variada de lanzamientos de juego. Una melé estable y que provoque retroceso, permite ordenar el ataque, inutilizar temporalmente a sus mejores hombres en el juego en el suelo, elegir salidas y lanzar secuencias que obliguen a Portugal a defender desde una situación incómoda. No es solo ganar la melé: es usarla para imponer el guion.

En un plano distinto aparece el juego dinámico, cuando Portugal se ve obligada a defender largo y con repetición. Bélgica y Rumanía lograron acumular posesión y fases con un planteamiento cerrado, obligando a Portugal a defender durante tramos prolongados. Sin embargo, a ambos les faltó un elemento decisivo para hacerle verdadero daño: el enlace del ataque hacia zonas intermedias. Jugaron mucho cerca del eje, con impacto y repetición, pero sin continuidad real hacia fuera, sin delanteros liberados en canales intermedios o exteriores, ni conexión fluida con los tres cuartos, ni sin dobles cortinas que amenazaran el ataque a un mismo espacio. Eso permitió a Portugal defender en igualdad numérica, con referencias claras y con una lectura muy limpia de por dónde iba a llegar el siguiente ataque, incluso en contextos de retroceso.

Ahí está el salto cualitativo que debe dar España. No se trata solo de involucrar a toda la delantera rival en el juego cerrado a costa de meter también a la nuestra. Ese planteamiento, por sí solo, facilita la lectura defensiva portuguesa. Incluso defendiendo hacia atrás, sus tres cuartos pueden mantenerse coordinados con su par asignado y listos para salir a la presión si el ataque ofrece opciones claras y previsibles. El objetivo debe ser otro: romper esa claridad, obligar a la defensa a repartir su atención y a tomar decisiones incómodas.

Eso pasa por imaginar y presentar dos y hasta tres amenazas simultáneas, como ocurrió frente a Países Bajos. Y conviene precisarlo bien: no hablamos de la triple amenaza clásica del portador del balón —pasar, correr o patear—, sino de tres posibles salidas reales del juego, con jugadores distintos, en planos distintos y atacando espacios distintos. Que la defensa no tenga claro quién va a recibir, desde dónde ni con qué profundidad. Ese fue uno de los grandes aciertos de España ante Países Bajos: no solo avanzar, sino obligar a la defensa a elegir mal.

España ya ha demostrado que puede generar desorden también desde otro registro. Ante Georgia lo hizo desde la mordiente, la lectura del desorden y la capacidad para castigar errores mínimos en un contexto de mayor dureza física. Portugal es susceptible de desordenarse en ambos escenarios. Puede hacerlo en un registro similar —quizá  menor— al de Países Bajos cuando se ve superada por la riqueza de opciones de pase, y también puede sufrir, incluso más que Georgia, cuando se ve obligada a defender el caos en retroceso. Ahí tiene jugadores listos para castigar errores de manejo pero recompone mucho peor su estructura

España cuenta, además, con un precedente muy reciente que marca el camino. El partido del año pasado, uno de los más recordados por cómo se construyó la victoria, demostró que cuando España gana el avance en los primeros impactos, su ataque adquiere una riqueza difícil de sostener. El dominio y la continuidad de las plataformas de impacto permitieron reutilizar a los delanteros más móviles, descolgarlos en estructuras similares al 1-3-3-1 o 1-3-2-2, o filtrarlos en zonas intermedias para generar superioridades. Ese recuerdo no es anecdótico: explica por qué el avance temprano es la condición indispensable para someter a Portugal.

Conviene aclarar un punto importante sobre el ataque en desplegado: la defensa portuguesa en situaciones de hombre a hombre, con igualdad numérica y con ayudas de segunda cortina, es una buena defensa. No porque sea especialmente sofisticada, sino porque dispone de jugadores rápidos, con buen desplazamiento lateral, placadores aceptables y muy atentos al fallo, al balón suelto y a los cortes de línea de pase. En ese escenario, Portugal se siente cómoda y castiga cada imprecisión.

Por eso, la premisa no puede ser abrir por abrir. Ahí no solo no les vamos a ganar: las posibilidades de salir trasquilados son muy altas. El ataque español debe ser elaborado, construido con paciencia y con sentido, utilizando siempre que sea posible delanteros descolgados, perfiles móviles que aparezcan fuera del eje tras fijación y que obliguen a la defensa a decidir desde posiciones incómodas. El juego desplegado solo tiene valor cuando nace después de haber manipulado, no como punto de partida.

El orden es claro y no negociable: manipular primero, desordenar después y abrir al final. Solo así el juego desplegado adquiere sentido frente a Portugal. Dicho de forma clara, Portugal ha concedido pocos puntos en este torneo no porque sea inexpugnable, sino porque no se ha visto sometida a una exigencia global que combine, con continuidad, juego cerrado, juego abierto, impacto, velocidad y ambigüedad en la lectura defensiva. No ha tenido que defender un ataque que le obligue a decidir mal en varios planos a la vez. España sí tiene capacidad para plantear ese escenario si consigue avanzar pronto, madurar las jugadas y mover el balón con rapidez tras fijación. Ahí es donde el partido puede romperse. No cuando Portugal tiene que placar mucho, sino cuando no sabe exactamente qué debe defender.

Resumiendo todo lo que hemos descrito con anterioridad, estamos ante un rival capaz de generar desorden al mínimo desajuste y con una capacidad muy acentuada de generar estos desajustes aún sin espacio y tiempo considerables, pero también con ciertas limitaciones que van asociadas a fortalezas muy marcadas de nuestro equipo y demostradas hasta ahora en el torneo y en nuestro proceso sostenido en el tiempo desde el principio de la era Bouza. Un duelo ,parejo a priori y que muy previsiblemente depare un partido con mucho ritmo, alternancias en el plan dominante y muy  vistoso de ver

Un rival, y no Georgia (todavía) que es el que realmente , a día de hoy, marca nuestro horizonte competitivo inmediatamente más cercano, y ante el cual , cuando logremos, si lo hacemos, imponernos con regularidad y autoridad, podremos afirmar con certeza que hemos subido otro peldaño real y no subjetivo, dentro del escalafón en el que estamos. Primero le marcamos el terreno a Portugal y luego, si esto primero se da con continuidad, ya hablaremos de Georgia.

 

Texto: Víctor García / Fotografías: Soraya Martín 

 

 


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