Rumbo a Australia 2027 (II): Kerman, el 9 al que España todavía debe encontrarle sitio
Kerman Aurrekoetxea: el nueve al que España todavía debe encontrarle sitio
Entre Pablo Bouza y Kerman Aurrekoetxea existe todavía una tarea pendiente. El seleccionador debe encontrarle un sitio, una responsabilidad y una continuidad dentro del equipo; Kerman, a su vez, debe terminar de adaptar sus características al modelo de España sin renunciar a aquello que lo convierte en un medio melé diferente. No se trata únicamente de decidir cuántos minutos juega o quién lleva el número nueve. La verdadera cuestión es qué pretende hacer España cuando dirige Kerman y cuánto está dispuesta a modificar su juego para aprovecharlo.
Un 9 asentado en el rugby profesional
Sobre el papel, Aurrekoetxea es el medio melé español con mayor lustre profesional. Lleva años integrado en Biarritz Olympique, ha disputado el Top 14 y se ha formado plenamente en la Pro D2, una competición especialmente exigente para un nueve por la presión alrededor del punto de encuentro, el peso del juego territorial y la escasez de balones verdaderamente limpios.
En la temporada 2024/25 participó en 23 partidos, fue titular en 16 y acumuló 1.226 minutos. Fue el medio melé más utilizado por Biarritz y formó parte de su equipo tipo por número de minutos. En la campaña siguiente, sin embargo, perdió protagonismo de manera considerable: nueve apariciones, cuatro como titular y 269 minutos. Sigue siendo un jugador asentado en el rugby profesional francés, aunque llega a la selección después de una temporada en la que su peso dentro del club ha disminuido.
El Kerman actual no es exactamente aquel jugador que deslumbró en El Salvador durante la temporada 2018/19. Entonces era una anomalía dentro de la División de Honor: un medio melé que no solo hacía jugar, sino que materializaba las ventajas. Atacaba cualquier fractura, aparecía como apoyo interior, rompía por sí mismo y llegaba con una frecuencia extraordinaria a la zona de ensayo. Sus siete marcas en 20 partidos describen a un nueve con una influencia ofensiva muy superior a la habitual en su posición.
Francia no le ha extirpado esas cualidades, pero sí le ha obligado a administrarlas. Kerman ha mutado. Sigue siendo rápido, intenso y capaz de castigar un intervalo alrededor del ruck, pero ahora selecciona mucho más sus intervenciones. Ha aprendido a vivir dentro de estructuras más rígidas, a ordenar a los delanteros, a acelerar sin precipitarse y a comprender que, en el rugby profesional, una iniciativa individual mal escogida puede dejar al equipo partido o conceder una transición al adversario.
La chispa continúa ahí, aunque aparece con cuentagotas. Donde antes atacaba casi por instinto cualquier oportunidad, ahora mide el contexto, la posición de los apoyos y las consecuencias de abandonar la base del agrupamiento. No se ha convertido en un jugador más lento ni menos atrevido: se ha transformado en un medio melé más selectivo y completo. El problema es que esa evolución también puede haber ocultado algunas de las cualidades que lo hicieron especial.
Esa transformación debería convertirlo en el complemento natural de Tani Bay. Bay busca el caos y, en determinadas situaciones, incluso lo genera; Kerman está más preparado para ordenar el tráfico, estabilizar la posesión y modificar la cadencia. Uno acompaña la fractura casi antes de que se produzca; el otro puede construir las condiciones para que termine apareciendo. No son dos versiones del mismo jugador, sino dos maneras diferentes de gobernar un partido.
La diferencia se observa especialmente en su relación con los delanteros. Kerman acostumbra a llegar al agrupamiento con una posición corporal más adecuada para efectuar el pase. Mantiene algo más de distancia respecto al balón, coloca mejor sus apoyos y orienta antes el tronco hacia el siguiente receptor. Esa disposición favorece una salida más limpia y le permite sincronizar mejor el movimiento de la delantera.
No significa necesariamente que siempre juegue más rápido. La velocidad de un ataque no depende únicamente de cuánto tarda el nueve en sacar el balón, sino de si el receptor se encuentra en movimiento, a la altura correcta y con los apoyos preparados para la siguiente acción. Kerman puede ofrecer una cadencia más regular y ordenar mejor esa sucesión. Es un medio melé más preparado para dirigir colectivamente a los delanteros; Bay, por su cercanía permanente al balón y su voluntad de intervenir, tiende más a alterar esa cadencia para buscar una ventaja inmediata.
También proporciona una respuesta defensiva diferente. Sin ser un jugador especialmente dominante en el contacto, Kerman está algo mejor preparado que Bay para soportar el ataque frontal alrededor del ruck. Su defensa es más convencional: conserva mejor la posición, ofrece una superficie más estable al contacto y resulta menos vulnerable cuando el rival carga directamente sobre el eje.
Bay posee mayor capacidad para perseguir la jugada, cerrar una trayectoria, corregir una ruptura o aparecer sobre una línea de pase. Es más defensor del movimiento que del choque. Kerman, por el contrario, ofrece algo más de seguridad cuando el medio melé debe proteger el espacio inmediato y enfrentarse frontalmente al portador. Tampoco es un especialista defensivo, pero su colocación y su estructura corporal le permiten resolver mejor determinadas situaciones próximas al punto de encuentro.
La necesaria búsqueda de su sitio
Todas esas diferencias convierten a Kerman en algo más que el sustituto natural de Bay. Sin embargo, España todavía no ha terminado de aprovecharlas. Aurrekoetxea ha sido titular en siete encuentros comprobados desde la llegada de Bouza: Países Bajos y Portugal en 2024; Uruguay, en noviembre de aquel año; Georgia y Canadá en 2025; y Georgia y Portugal en 2026.
No es que el seleccionador nunca haya confiado en él. De hecho, le entregó la dirección del equipo en su primer partido al frente de Los Leones, ante Países Bajos. El problema es que esas titularidades han aparecido de manera aislada, sin una secuencia suficientemente prolongada como para construir una versión reconocible del juego alrededor de sus características.
Su actuación frente a Uruguay, en noviembre de 2024, probablemente sea el mejor ejemplo de lo que puede ofrecer cuando consigue reunir sus distintas identidades. Kerman anotó dos ensayos, atacó el lado cerrado después de una melé y combinó el orden adquirido en Francia con el instinto ofensivo que había mostrado en El Salvador. Aquel día no se limitó a distribuir el balón: interpretó las ventajas y volvió a convertirse en materializador.
Sin embargo, aquella actuación no abrió un periodo de continuidad. Kerman ha seguido alternando titularidades aisladas, apariciones desde el banquillo y ventanas en las que la importancia de Tani Bay ha terminado siendo muy superior. La tendencia conduce al jugador de Biarritz hacia la condición de segundo medio melé, cuando lo más provechoso para España sería construir una jerarquía compartida, aunque no tuviera que ser necesariamente simétrica.
El partido de Tiflis frente a Georgia, en febrero de 2026, ofrece otra pista sobre la amplitud de su repertorio. Aurrekoetxea comenzó como medio melé, pero la entrada de Tani Bay tras el descanso provocó una reorganización de la línea en la que Kerman pasó a actuar en la tres cuartos. Una solución circunstancial que refleja su versatilidad, su comprensión del juego y la confianza del cuerpo técnico en su capacidad para asumir responsabilidades fuera de su posición habitual.
Y no ocurrió en un encuentro menor ni cuando el resultado estaba decidido. España perdía 21-9 al descanso, pero reaccionó hasta colocarse 21-23 durante la segunda parte antes de terminar cayendo por 42-30. En ese contexto de máxima exigencia, Kerman no solo había dirigido al equipo desde el nueve, sino que fue capaz de abandonar su puesto e integrarse en la tres cuartos. La reorganización coincidió, además, con el mejor tramo español del encuentro, aquel en el que Los Leones remontaron y llegaron a ponerse por delante en Tiflis.
Su valor, por tanto, no se limita a la velocidad del pase o a la dirección de los delanteros. También reside en su capacidad para comprender el conjunto del juego y ofrecer soluciones cuando el partido rompe el plan previsto. Esa versatilidad no debería servir para diluir su jerarquía como medio melé, sino para reforzarla. Que pueda resolver una emergencia en la tres cuartos demuestra la riqueza del jugador; no significa que España deba conformarse con utilizarlo como pieza auxiliar.
Bay puede continuar siendo la primera elección de Bouza, pero Kerman debería disputar una parte sustancial de cada ventana y entrar en los encuentros con tiempo suficiente para modificar su desarrollo. Un cambio de nueve durante los últimos diez minutos no permite reorganizar verdaderamente al equipo. Para alterar la velocidad de salida, recuperar profundidad, ordenar a los delanteros o cambiar el criterio territorial se necesita un tramo significativo de partido.
La relación, además, opera en los dos sentidos. España necesita a Kerman y Kerman necesita sentirse necesario para España. Un medio melé dirige mejor cuando posee autoridad, continuidad y confianza para tomar decisiones. Si aparece como titular de forma esporádica o entra durante un periodo demasiado breve, condicionado por la sensación de que cualquier error puede confirmar su condición de suplente, difícilmente jugará con la soltura que exige su posición.
Kerman necesita más minutos, pero sobre todo necesita una responsabilidad reconocible. Debe saber qué espera Bouza de él, qué parte del juego le pertenece y hasta dónde puede imponer su propio criterio. Y el equipo también debe adaptarse. Si España le exige reproducir el gobierno del caos de Tani Bay, siempre parecerá una versión menos espontánea del titular. Para aprovecharlo necesita salidas más ordenadas, delanteros colocados con mayor anticipación, receptores con profundidad y una responsabilidad explícita sobre la velocidad de cada secuencia.
Por ahora parece haberse producido más la adaptación de Kerman al modelo que la adaptación del modelo a Kerman. De ahí nace la sensación de que está infrautilizado: no porque nunca juegue, sino porque España todavía no ha construido una identidad alternativa cuando él dirige. Disponer de dos medios melés diferentes solo supone una riqueza si el equipo es capaz de beneficiarse de las diferencias entre ambos.
Por eso, el objetivo no debe consistir en recuperar una versión anterior de Kerman. El jugador de El Salvador y el de Biarritz no son incompatibles. España debe aprovechar todo lo que Aurrekoetxea ha ido incorporando a su juego: la capacidad de ruptura y la intuición ofensiva que mostró en la División de Honor; la velocidad y la intensidad que siempre lo han caracterizado; y el orden, la selección y el control de los tiempos adquiridos durante sus años en Francia.
No se trata de pedirle que vuelva a jugar como cuando tenía diecinueve años, sino de ofrecerle el contexto y la confianza necesarios para desplegar un repertorio que ahora es mucho más amplio. El Kerman de El Salvador continúa formando parte del jugador de Biarritz. La selección no tiene que elegir entre ambos, sino encontrar la manera de beneficiarse de todo lo que pueden aportar conjuntamente.
Francia ha convertido a Kerman en un medio melé más completo. La responsabilidad de España es encontrarle una función que le permita mostrar esa totalidad: dirigir a los delanteros, defender con mayor solidez alrededor del eje, controlar la cadencia, responder en la tres cuartos si el equipo lo necesita y, cuando aparezca la oportunidad, volver a amenazar alrededor del ruck o materializar por sí mismo.
España no necesita recuperar al antiguo Kerman. Necesita liberar todo lo que puede aportar el actual.
Texto: Víctor García / Fotos: Domingo Torres



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