Pumas-Iberians (64-21): Reencuentro con la realidad
Iberians se encontró en su primer partido fuera de nuestras fronteras con un rival que venía de disputar, apenas unas semanas antes, la final de toda una Currie Cup. Y eso ya coloca bastante bien el contexto. Estamos hablando de una competición profesional, una de las grandes competiciones domésticas del hemisferio sur junto al NPC neozelandés, ahora que las grandes franquicias sudafricanas compiten en el United Rugby Championship. Es decir, Iberians no se encontró simplemente con un buen equipo. Para el nivel competitivo al que estamos acostumbrados aquí, se encontró con un equipazo.
Y el partido dejó bastante claro qué tipo de equipo es Pumas. No estamos hablando de una propuesta especialmente sofisticada en apariencia. Sus principios eran bastante sencillos: ganar metros, atacar cerca, contraer o desordenar la defensa, acelerar después del punto de encuentro y, cuando aparecía la ventaja, castigarla.
Pero quizá conviene afinar todavía más esa idea: Pumas no jugaba simplemente a “genero dentro para jugar fuera”. Su lógica era más sencilla y más peligrosa: genero ventaja donde sé que soy superior y sigo atacando donde esa ventaja continúe. Si la defensa se cerraba y aparecía espacio por fuera, el balón viajaba fuera. Si la ventaja seguía estando cerca del punto de encuentro, volvían a atacar ahí. Y en muchas ocasiones ni siquiera esperaban a que esa superioridad apareciera: iban a buscarla directamente sobre los ejes, conscientes de que allí tenían capacidad para producirla.
Porque Pumas no construyó esa superioridad desde una diferencia física descomunal. Uno podía esperar encontrarse a los habituales mastodontes sudafricanos, una delantera enorme, un equipo de muchísimo volumen, y no fue exactamente eso. Eran jugadores fuertes, evidentemente, pero no era un equipo especialmente grande. La diferencia estaba en otra cosa: dominaban a la perfección todo lo que sucede alrededor del contacto.
Cómo llegar, dónde cargar, cuándo hacerlo, con qué velocidad, qué hombro atacar, cómo mover al defensor justo antes del placaje, cómo implicar al siguiente defensor, cuándo meter un apoyo, cuándo no meterlo, cuántos jugadores comprometer en un ruck y cuántos reservar para la siguiente fase. Y exactamente lo mismo en defensa. Cuándo disputar, cuándo simplemente estabilizar el punto de encuentro, cuándo basta con un defensor, cuándo necesitas dos y cuándo es mejor no meter a nadie más porque la acción ya está frenada.
Eso fue lo que se encontró Iberians durante buena parte del partido. Pumas podía estabilizar una plataforma española con menos jugadores de los que Iberians necesitaba para asegurarla. Había situaciones en las que tres hombres españoles quedaban ocupados frente a dos sudafricanos, e incluso alguna en la que prácticamente uno solo conseguía frenar la acción. Y en ataque sucedía algo parecido: portador y apoyo podían involucrar a dos o tres defensores españoles y dejar inmediatamente una superioridad disponible para la siguiente fase.
Ahí empezaban a aparecer las brechas. No porque Pumas hiciera nada especialmente rebuscado, sino porque cada pequeño duelo ganado alrededor del punto de encuentro iba deformando la defensa. Ganaban unos metros, obligaban a cerrar un defensor más, aceleraban el siguiente ruck y volvían a atacar antes de que Iberians hubiera terminado de reorganizarse.
Por eso hablamos de un equipo bastante expansivo, pero no expansivo desde el primer pase ni desde una obsesión por mover el balón. La expansión era consecuencia de la ventaja, no un objetivo en sí mismo. Si habían conseguido contraer la defensa, el balón viajaba fuera. Si el eje seguía ofreciendo metros, volvían a atacarlo. Y si detectaban que podían generar la ventaja directamente ahí, iban a buscarla.
Y esto tampoco fue una forma de jugar provocada por Iberians. Pumas juega así. Es un equipo rápido, con mucha continuidad y con mucha capacidad para acelerar alrededor del punto de encuentro. No vive exclusivamente del estereotipo sudafricano de melé, touch, maul y juego al pie. Todo eso está presente, claro, porque forma parte de su rugby, pero no define por sí solo su propuesta.
Y ahí Iberians sufrió. Sufrió especialmente en la repetición de esfuerzos asociados al contacto. Tenemos jugadores técnicamente muy buenos, capaces de mover el balón con precisión, de identificar espacios y de jugar con bastante calidad cuando existe tiempo, pero seguimos teniendo un déficit importante cuando el partido obliga a repetir una y otra vez cargas, placajes, incorporaciones, reorganizaciones y nuevas acciones de contacto prácticamente sin pausa.
Se vio también con balón. Iberians dejó buenas pinceladas, tuvo querencia por jugar fuera, buenas manos y buenas ideas sobre dónde atacar. Pero muchas veces intentaba llegar al espacio sin haber generado antes suficiente ventaja cerca. Faltaba esa primera ganancia de metros, esa acción que obliga a un defensor extra a cerrarse, esa plataforma rápida que deja a la siguiente línea defensiva llegando tarde. El desajuste tenía que aparecer muchas veces simplemente mediante la circulación del balón, en lugar de ser la consecuencia de un trabajo previo que ya hubiera generado una ventana.
Conforme avanzó el partido eso fue cambiando algo. El marcador se fue abriendo y seguramente una cosa tuvo relación con la otra: Pumas pudo perder parte de la tensión inicial, el ritmo general se estabilizó y al mismo tiempo Iberians empezó a adaptarse mejor a lo que tenía delante. Poco a poco dejó de ofrecer únicamente acciones aisladas y consiguió elaborar secuencias más largas, tener fases de juego continuo y sujetar algo mejor al rival.
Seguramente fue una mezcla de todo. Del paso de los minutos, de un Pumas ya con una ventaja amplia y también de una adaptación real de Iberians a un contexto competitivo al que no está acostumbrado. Pero la primera parte del partido dejó una enseñanza bastante clara: la diferencia no estuvo simplemente en encontrarse jugadores más grandes. Estuvo en enfrentarse a un equipo que domina muchísimo mejor el contacto y todo lo que ocurre alrededor de él. Antes, durante y después. Y desde ahí construyó casi todo lo demás.
Porque dominar el contacto no significa únicamente ganar metros o conseguir balones más rápidos. Significa conseguir que lo que haces en una fase tenga consecuencias en la siguiente.
Ese fue uno de los grandes problemas de Iberians. Hizo un esfuerzo muy loable por jugar, acumular fases, mover a Pumas e intentar echarse encima de una defensa que además se reorganizaba extraordinariamente rápido. Incluso hubo bastantes balones rápidos. Pero el problema no estaba necesariamente en la velocidad con la que salía el balón, sino en lo poco que muchas veces había cambiado la defensa cuando salía.
Si el portador llega al contacto y no obliga a hacer nada extraordinario al placador, si el primer apoyo defensivo puede cumplir simplemente su función y, cuando hace falta, aparece un tercer hombre sin que ninguno de ellos tenga que abandonar su rol o comprometerse más de lo previsto, la defensa no ha sufrido realmente. El balón puede salir en dos segundos y, aun así, la siguiente fase empieza prácticamente desde cero.
Y el problema se agrava todavía más cuando además pierdes el duelo físico. Porque entonces ya ni siquiera consigues mantener esa igualdad de recursos alrededor del punto de encuentro. Necesitas meter dos o tres hombres para asegurar una posesión que el rival puede defender con uno o dos. Tú empiezas a gastar jugadores simplemente en conservar el balón mientras ellos mantienen más efectivos disponibles para levantarse, recolocarse y defender la siguiente fase.
Ahí aparece una diferencia importante entre acumular fases y enlazar fases de verdad. Iberians podía mantener la posesión, circular bien el balón y construir secuencias relativamente largas, pero durante muchos minutos cada punto de encuentro funcionaba casi como un compartimento estanco. Una fase terminaba y había que volver a generar la ventaja en la siguiente.
Pumas hacía justamente lo contrario. Sus contactos tendían a dejar algo detrás: un defensor implicado de más, otro todavía recuperando posición, una línea obligada a cerrarse, un hombre en el suelo o simplemente una defensa que tenía que reorganizarse mientras el siguiente portador ya estaba llegando. Y muchas veces conseguía hacerlo comprometiendo menos jugadores propios. Por eso sus fases se iban acumulando de verdad. La segunda heredaba algo de la primera y la tercera empezaba desde una situación ligeramente mejor que la segunda.
Por eso tampoco creo que debamos reducirlo a una superioridad física. Es una dominancia físico-técnica. Cómo llegas al contacto, dónde lo haces, qué hombro atacas, qué movimiento haces antes del placaje, cuántos defensores consigues implicar, cuántos apoyos necesitas para asegurar el balón y cuántos jugadores puedes conservar disponibles para la siguiente acción.
Y eso explica también buena parte de lo que vimos cuando Iberians conseguía sacar el balón fuera. Hubo buenas manos, buenas lecturas y jugadores capaces de aprovechar cualquier desorden. Pero demasiadas veces el balón llegaba al exterior sin una ventana previamente construida. Había que crearla allí mismo, delante de una defensa ya reorganizada. Ganar un uno contra uno, encontrar un pase, acelerar una circulación o buscar una solución bajo presión.
Cuando Iberians consiguió alterar previamente esa estructura, sí aparecieron cosas. Los ensayos de Martiniano Cian en la primera parte y de Infer en la segunda son buenos ejemplos: hubo un pequeño desorden y hubo calidad suficiente para reconocerlo y castigarlo. El problema es que durante demasiado tiempo fueron pinceladas aisladas.
Hay una secuencia, después de que el partido pase en apenas veinte minutos del 12-7 al 33-7, que resulta especialmente ilustrativa de todo esto. Iberians atraviesa ahí un momento importante de desconexión defensiva, mezcla seguramente de la buena lectura de Pumas, del desgaste acumulado y de errores propios, y recibe varios ensayos prácticamente consecutivos. Pero intenta recomponerse y vuelve a atacar.
La jugada comienza, además, con una touch bastante interesante cerca de la 22 sudafricana. Iberians presenta inicialmente al primer y al último hombre dentro de la touch, mientras el resto permanece fuera amenazando con incorporarse para saltar. Finalmente el balón va directamente al primer hombre, Raúl Calzón, que devuelve sobre el nueve, mientras los jugadores que parecían destinados a entrar en la touch se utilizan prácticamente como señuelos para facilitar la salida hacia atrás. Una variante sencilla, pero interesante, y diferente a lo que habíamos visto hasta entonces.
A partir de ahí Iberians enlaza dos o tres primeras fases bastante buenas. Hay velocidad, el balón circula bien e incluso aparece un tip-on de Alvar Gimeno sobre Gabriel Vélez. A primera vista son precisamente esas fases rápidas que solemos asociar con un ataque que empieza a poner bajo presión a la defensa.
Pero si miramos qué está ocurriendo realmente alrededor del contacto, la lectura cambia bastante. Pumas no está disputando esos primeros rucks. En muchas de las cargas basta un solo defensor para detener y llevar al suelo al portador español. El placador cumple su función y el resto de la defensa hace inmediatamente otra cosa: proteger rápidamente las inmediaciones del ruck y, sobre todo, levantarse, recolocarse y preparar la siguiente subida. Puede aparecer algún amago de pesca, pero no existe una inversión importante de hombres en el punto de encuentro.
Por eso el balón español sale rápido. No porque Iberians haya dominado el contacto, sino en buena medida porque Pumas ha decidido no gastar recursos allí. Y esa diferencia es fundamental. Las dos o tres primeras fases son rápidas, pero no dejan ninguna herencia para la siguiente. No hemos obligado a un segundo defensor a entrar en el contacto, no hemos atrapado hombres en el ruck, no hemos roto la estructura ni hemos generado una superioridad en otra zona. Cada sudafricano sigue haciendo exactamente la función que le corresponde y, una vez terminado el placaje, la defensa vuelve a estar disponible.
Así que Iberians mueve rápido el balón, pero Pumas se reorganiza todavía más rápido. Y poco a poco ocurre lo contrario de lo que normalmente buscamos con esa acumulación de fases. En lugar de ir desordenando la defensa, es la defensa la que empieza a ganar la secuencia. Se recoloca, comienza a subir cada vez con más presión y reduce progresivamente el tiempo y el espacio de los receptores españoles. Iberians ya no está construyendo una ventaja: empieza a buscar una salida a una presión creciente.
Hasta llegar a Iñaki Mateu. El balón acaba saliendo hacia atrás precisamente intentando encontrar una vía de escape, Mateu recibe ya con una defensa completamente reorganizada y termina yendo al suelo frente a un defensor que, en ese momento, puede hacer prácticamente las dos cosas: completar el placaje e incorporarse inmediatamente sobre el balón para forzar el retenido.
La secuencia es muy buena para entender por qué hablar únicamente de velocidad de ruck puede resultar engañoso. Iberians había generado varios balones rápidos. Había enlazado fases. Había movido bien el balón. Pero no había condicionado prácticamente nada a la defensa rival.
Pumas había permitido que el balón saliera rápido porque podía defender cada contacto gastando muy pocos recursos. Y mientras Iberians acumulaba fases, los sudafricanos acumulaban defensores disponibles para la siguiente.
Puedes encadenar tres, cuatro o cinco fases rápidas y no estar construyendo absolutamente nada si cada una termina con la defensa rival nuevamente organizada. La velocidad solo empieza a ser realmente peligrosa cuando la fase anterior ha dejado algo detrás: un defensor comprometido, otro en el suelo, un hombre obligado a cerrar, una línea retrocediendo o una superioridad creada en otra zona.
Aquí no ocurrió. Iberians acumuló fases; Pumas acumuló presión. Y aquí nos encontramos con un doble castigo. No solo Iberians pierde la posesión, sino que Pumas saca el golpe a la mano y aprovecha el desorden defensivo de Iberians para, jugando desde cerca de su 22, acabar ensayando por el ala.
Pero tampoco todo el partido responde a esa fotografía. Precisamente en los últimos diez minutos de la primera parte aparecen dos secuencias que enseñan bastante bien la otra cara de Iberians: lo que es capaz de hacer cuando consigue fabricar unas condiciones algo más equilibradas o cuando encuentra una defensa mínimamente desordenada.
La primera nace de un golpe de castigo tras una melé cerca de la propia 22. Iberians decide jugar a la mano y mover el balón hacia fuera. Y ahí aparece Alvar Gimeno, un jugador que en partidos de este calado físico resulta prácticamente capital por dos cosas: por su capacidad para avanzar en el contacto y, sobre todo, por la cantidad de atención defensiva que es capaz de atraer.
Gimeno fija y deja por detrás a Bautista Güemes. Ya hay una pequeña ventaja. Güemes es frenado, consigue mantener viva la acción desde el suelo y la circulación continúa hacia fuera, pasando por Minguillón hasta llegar a Martiniano Cian en el ala. La secuencia termina con una patada desde el exterior, un error del receptor sudafricano y una melé para Iberians dentro de la 22 rival.
Y de esa melé vuelve a aparecer exactamente la misma idea. Otra vez se utiliza la carrera de Alvar Gimeno como amenaza, otra vez su presencia concentra la atención defensiva y de ahí nace una ruptura que está a punto de terminar en ensayo. Tani Bay alcanza incluso la zona de marca, pero la defensa consigue voltearlo antes de que pueda posar.
La segunda secuencia llega poco después y nace de algo completamente distinto. Pau Aira realiza una muy buena recepción aérea, consigue zafarse del primer defensor y lleva el balón al suelo. Iberians identifica entonces que la oportunidad está en el cerrado. Bautista Güemes juega hacia ese lado y, con apenas un par de acciones de avanzar y pasar, leyendo cómo se va abriendo la ruptura, el balón termina llegando a Martiniano Cian, que esta vez sí consigue posar en el ala.
Y esto también forma parte del partido. Iberians sabe jugar. Sabe medir cuándo necesita circular con muchos pases y cuándo basta con dos acciones sencillas. Tiene precisión de manos, jugadores capaces de fijar, otros capaces de acelerar una ventaja y buena lectura cuando aparece cierto desorden. Cuando existe una mínima ventana, incluso cuando las condiciones son simplemente de igualdad, Iberians tiene herramientas para fabricar una superioridad y jugadores con calidad suficiente para reconocerla y castigarla.
El problema no estuvo tanto en qué hacer cuando aparecía la ventaja. Ahí, por momentos, Iberians estuvo bien. El verdadero salto de nivel está en conseguir que esas ventanas no dependan de una acción puntual, de un error rival o de una situación favorable, sino en ser capaz de fabricarlas de manera sistemática.
Y ahí volvemos otra vez al contacto. Porque cuanto mejor consigues dominarlo, más veces puedes darle a jugadores como Gimeno, Güemes, Tani Bay o Martiniano Cian un balón que no reciban ante quince defensores perfectamente organizados, sino ante una defensa que ya llega ligeramente condicionada.
Ese es probablemente el matiz importante. Iberians demostró que tiene calidad para aprovechar el desorden. El siguiente paso es conseguir provocarlo con mucha más frecuencia. Y quizá ahí esté una de las fronteras más claras con el siguiente nivel. No se trata simplemente de jugar más rápido ni de acumular más fases. Puedes jugar diez fases y haber empezado diez veces de nuevo. El salto está en conseguir que cada una deje algo para la siguiente y, además, hacerlo sin consumir más recursos de los que consumes al rival.
El segundo ensayo de Pumas resulta especialmente ilustrativo para explicar los principios básicos de lo que nos generó el rival. Todo nace de un touch-maul con el que los sudafricanos avanzan muchos metros antes de que Iberians consiga detenerlo y llevarlo al suelo. A partir de ahí, Pumas coloca al 12 como primer receptor y junto a él aparece la amenaza directa de un tercera línea. Después de lo que acababa de ocurrir y con la capacidad que habían demostrado ambos para ganar metros cerca, la defensa española tiene prácticamente la obligación de cerrar y concentrar su atención sobre ellos.
Y Pumas hace algo tremendamente sencillo. El 12 recibe y juega un pullback hacia el 10. Nada especialmente sofisticado. Pero todo el trabajo anterior ha conseguido que el apertura reciba por detrás con tiempo y muchísimo espacio. A partir de ahí bastan pases largos, unas pocas carreras para fijar y llevar el balón hasta Tino Swanepoel, que termina ensayando prácticamente sin oposición.
La acción resume bastante bien lo que fue Pumas durante el partido. Su superioridad cerca del punto de encuentro no significaba necesariamente que quisiera terminar las jugadas allí. Ganaba los duelos dentro, obligaba a Iberians a concentrar hombres y atención en esa zona y después leía dónde había quedado la ventaja. Algunas veces volvía a atacar el eje porque seguía encontrando metros; otras, como en este caso, trasladaba rápidamente el balón al exterior.
Por eso también resulta significativo que Swanepoel terminara anotando cinco ensayos. No estamos hablando simplemente de un equipo que nos avasallara por dentro, sino de uno que utilizó su superioridad físico-técnica interior para generar ventajas y después tuvo la claridad para explotarlas donde aparecieran. En este ensayo, esa superioridad acaba traducida en algo tan simple como un ala recibiendo con espacio suficiente para llegar prácticamente limpio a la zona de marca.
La segunda parte dejó una imagen bastante más equilibrada, algo que también destacó la propia Federación tras el partido. Iberians tuvo más posesión, pasó más tiempo en campo contrario y consiguió sujetar mejor a Pumas durante amplios tramos. Pero creo que conviene interpretar esa mejora dentro del contexto del partido.
Los parámetros básicos que habíamos visto durante la primera mitad siguieron ahí. Pumas bajó algo su intensidad competitiva, perdió precisión y ya no sostuvo durante tantos minutos aquel ritmo inicial. Iberians, por su parte, corrigió bastante bien algunos de los problemas defensivos anteriores: aumentó la atención, elevó ligeramente el tono físico en los contactos y redujo esas desconexiones que habían permitido a los sudafricanos romper el partido en apenas unos minutos.
Y eso ya bastó para equilibrar bastante más el duelo. Por eso en este tipo de encuentros suelo fijarme especialmente en las primeras partes. No porque lo que ocurre después no tenga valor, sino porque cuando existe una diferencia apreciable entre los equipos, la segunda mitad queda inevitablemente condicionada por lo sucedido antes. Con el marcador abierto cambian el nivel de riesgo, la precisión, la tensión competitiva e incluso la forma de administrar los esfuerzos. La primera parte suele enseñarte con mayor crudeza qué puede hacer cada uno cuando el partido todavía exige el máximo de ambos.
Eso no resta mérito a la reacción de Iberians. El equipo se recompuso, aseguró más posesión y consiguió permanecer durante más tiempo en ataque. Pero incluso entonces siguió apareciendo el mismo límite. Para conservar muchos de sus balones necesitaba comprometer más hombres alrededor del punto de encuentro de los que Pumas necesitaba para defenderlos. Había fases, había posesión y hubo bastante más continuidad, pero no siempre una fase estaba construyendo realmente la siguiente.
Y al mismo tiempo volvieron a verse con mucha claridad las virtudes del equipo español. Muy buena circulación de balón, precisión en los pases, apoyos disponibles y una capacidad notable para ofrecer varias soluciones al portador. Iberians tiene jugadores que, en cuanto el partido les permite atacar desde una situación de igualdad o aparece una mínima ventana, son capaces de crear una superioridad donde inicialmente no la había.
El ensayo de Nico Infer en el minuto 67 es posiblemente el mejor ejemplo. La propia crónica oficial recoge el pase de Agustín Cittadini, la ruptura posterior de Matt Foulds y la continuidad hacia Infer para terminar la acción. Pero lo interesante está en cómo se fabrica esa ruptura.
Cittadini recibe con varias amenazas delante. Foulds aparece como delantero lanzado en un plano bastante directo, rompiendo en vertical una circulación que viene desplazándose lateralmente, mientras existe otra amenaza algo más profunda. Cittadini utiliza precisamente esas opciones para generar incertidumbre: orienta cuerpo y defensa hacia una solución corta y termina encontrando a Foulds en el intervalo que se acaba de abrir.
No ha hecho falta una superioridad numérica evidente. La han fabricado con colocación, timing, amenazas diferentes y una buena decisión del pasador.
Foulds rompe, obliga a la defensa a reaccionar y entonces sí aparece algo que tantas veces había faltado anteriormente: la siguiente acción nace ya con una ventaja heredada. Fija, da continuidad y Nico Infer termina posando.
Ahí aparecen muchas de las virtudes de Iberians. El equipo puede deshacer situaciones de igualdad mediante movimiento, precisión y calidad individual. Tiene capacidad para jugar con diferentes planos, para ofrecer opciones al portador y para reconocer muy rápido una defensa que duda.
Y precisamente por eso la reflexión vuelve al mismo punto. Probablemente no necesitamos que nuestros tres cuartos sean mucho mejores de lo que ya son para generar cosas a este nivel. Necesitamos conseguir que lleguen más veces a esas situaciones en condiciones mínimamente favorables.
Ahí está el salto. Acumular mejor los esfuerzos cerca, dominar más contactos, comprometer defensores y conseguir que el juego desplegado no tenga que fabricar la ventaja desde cero cada vez que recibe el balón. Porque cuando Iberians consigue darle a sus jugadores una situación de igualdad, o una pequeña grieta previa, demostró varias veces que tiene calidad suficiente para convertirla en algo mucho mayor.
Y llega la inevitable valoración final.
Para abrir boca en el segundo año de este nuevo formato de Iberians, el rival difícilmente podía exigir más. Pumas es un equipo potentísimo, capaz de imponer un nivel físico y un ritmo de juego muy por encima de los parámetros competitivos en los que habitualmente se mueven nuestros jugadores. El resultado fue amplio. También era, hasta cierto punto, esperable.
¿Cambió demasiado lo que podíamos pensar antes del partido? Probablemente no. Muchas de las conclusiones que podían anticiparse aparecieron después sobre el campo. Pero eso no convierte el encuentro en inútil; más bien al contrario. Sirvió para comprobarlas ante un rival de verdad, identificar con bastante claridad dónde está la distancia y, al mismo tiempo, comprobar que Iberians tiene también herramientas con las que competir.
Las valoraciones positivas están ahí. Hay calidad técnica, buena circulación, jugadores capaces de interpretar espacios, variedad de soluciones y capacidad para generar desequilibrios cuando el contexto permite atacar desde situaciones de igualdad. Y las necesidades también han quedado bastante claras: mejorar nuestra dominancia físico-técnica alrededor del contacto, consumir menos recursos propios para asegurar el balón, obligar al rival a emplear más defensores y conseguir que una fase deje algo construido para la siguiente.
¿Necesitamos más partidos así? Sin ninguna duda. Y precisamente contra este tipo de equipos.
Pensar algún día en escenarios como el United Rugby Championship puede resultar atractivo, pero antes de llegar ahí probablemente el escalón que Iberians necesita visitar con regularidad está mucho más cerca de partidos como éste: equipos profesionales, muy buenos, acostumbrados a jugar a un ritmo superior al nuestro y que nos obliguen continuamente a resolver problemas que en nuestra competición doméstica aparecen con mucha menos frecuencia.
Quedan además dos partidos durísimos en muy poco tiempo y seguramente será la acumulación de los tres la que permita medir mejor el verdadero estado del proyecto. Se ha hablado mucho de una pretemporada muy exigente físicamente y de una carga de trabajo importante. Quizá enfrentarse de entrada a un rival como Pumas no sea el mejor baremo para juzgar todo ese trabajo. Tres partidos consecutivos a esta intensidad sí empezarán a ofrecer una fotografía bastante más fiable, tanto desde el punto de vista físico como táctico y estratégico.
Pero el primer encuentro ya deja apuntes interesantes. Sirve para saber dónde estamos y, sobre todo, para recordar dónde necesitamos jugar si realmente queremos crecer.
Porque éste es probablemente el camino inevitable: competir por encima de nuestro nivel habitual y aprender. Algunas veces será suficiente para discutir el partido hasta el final y otras, como ocurrió ante Pumas, la diferencia será mucho más evidente. Pero si Iberians pretende acortar esa distancia, necesita precisamente esto: enfrentarse regularmente a equipos que le obliguen a hacer mejor, más rápido y durante más tiempo todo aquello que ya sabemos hacer.
Texto: Víctor García / Fotografía:





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