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Rumbo a Australia 2027 (V): Lucien Richardis, talento bajo presión

 


Hay jugadores cuya llegada a una selección se produce casi de golpe y otros a los que se les va abriendo la puerta centímetro a centímetro. El caso de Lucien Richardis pertenece claramente al segundo grupo. Nacido en 2005 y formado desde muy joven en la estructura del Stade Toulousain, su aproximación a Los Leones ha sido paulatina y, vista con perspectiva, bastante medida. Primero llegaron las concentraciones y las semanas de trabajo con el grupo, incluso convocatorias en las que acababa quedándose fuera de los 23. Después apareció Suiza, en febrero de 2025, con España certificando su regreso a un Mundial después de 28 años. Richardis entró desde el banquillo con apenas 19 años: unos primeros minutos internacionales casi tímidos, más destinados a empezar a conocer aquel escenario que a asumir todavía responsabilidades. Un mes después ya estaba en Tiflis para la final europea ante Georgia y volvía a participar desde el banquillo. Bouza no parecía tener ninguna prisa. El jugador iba entrando poco a poco en el paisaje de la selección.

Pero Richardis no era precisamente un desconocido para quien hubiese seguido a las selecciones inferiores. Antes de asentarse alrededor de la absoluta había disputado dos Mundiales M20 y en ellos había dejado suficientes pistas. En 2024 todavía encontramos principalmente al Richardis zaguero. Y allí deja una de esas acciones que, con el paso del tiempo, adquieren bastante significado. España se juega la permanencia frente a Fiyi, el partido se marcha a la prórroga y cada error pesa una tonelada. Después de que los fijianos desperdicien una oportunidad al pie, España consigue un golpe lejísimos de la zona de marca y Richardis mete desde campo propio una patada extraordinaria para colocar la touch prácticamente a cinco metros. De aquel lanzamiento nace el maul que termina dando a España la victoria y la permanencia entre los doce mejores equipos M20 del mundo. Hay potencia de pierna, por supuesto, pero hay algo bastante más interesante: hay que elegir esa solución y ejecutarla en ese momento, cuando fallar significa muchísimo. Toulouse llevaba años formándolo tanto como zaguero como apertura, y probablemente ahí empezó a verse que detrás de aquel gran pie había también un jugador capaz de soportar decisiones importantes.

El Mundial de 2025 supone otro paso. Richardis ya no llega simplemente como uno de los jugadores destacados de aquella generación, sino como una de sus referencias. Empieza el campeonato frente a Francia como zaguero, pero Ricardo Martinena decide trasladarlo al 10 para enfrentarse a Argentina. No es un experimento improvisado: el propio seleccionador explica antes del partido que Richardis llevaba toda la temporada jugando como apertura. A partir de ahí se convierte en el 10 de referencia en los encuentros principales: titular frente a Argentina y Gales, vuelve a llevar el 10 en el espectacular último partido frente a Irlanda y sólo sale desde el banquillo ante Georgia, en una alineación muy modificada. Es decir, aquel Mundial es realmente el momento en el que empezamos a dejar de mirar a Richardis como un zaguero capaz de jugar de apertura y comenzamos a contemplarlo como un apertura internacional que además puede jugar de zaguero.

Y entonces llega Argentina. Probablemente uno de los mejores partidos de aquella España M20 y, durante cincuenta minutos, una exhibición ofensiva ante una de las grandes potencias de la categoría. Richardis juega con el 10 y marca un ensayo que merece detenerse porque explica muchísimo mejor su talento que cualquier definición abstracta. España tiene una touch en zona ofensiva que sale mal. La torreta argentina se anticipa, el balón sobrevuela el alineamiento, bota y queda suelto. El guion de la jugada acaba de desaparecer. La solución conservadora habría sido recoger, asegurar posesión, ir al suelo y reconstruir desde un ruck. Richardis ve otra cosa. Ataca el balón, lanza inmediatamente una pequeña patada bombeada por encima de la defensa, la persigue, vuelve a recogerla y termina entrando en marca. España se coloca 7-23 y poco después llegará incluso al 7-30. Las estadísticas describen aquello como un ensayo de esfuerzo individual y una ruptura limpia, pero lo importante está antes: Richardis identifica una ventaja precisamente donde la jugada parece haberse roto.

Ahí está seguramente la mejor definición del jugador. No hablamos necesariamente de un apertura que esté buscando constantemente una genialidad. Richardis puede jugar perfectamente dentro de una estructura. De hecho, aquel mismo partido contra Argentina está lleno de ataques magníficamente organizados donde ocupa segunda cortina, conecta con los movimientos de Pichardie, Marsinyac o Beltrán Ortega y ejecuta exactamente lo que exige el sistema. Pero cuando el sistema deja de ofrecer una respuesta, tiene esa capacidad para saltarse el guion. No necesita recomponer primero la fotografía original. Acepta muy deprisa que aquella jugada ya no existe y empieza a resolver la siguiente. Puede ser aquella patada ante Argentina, un pase de dos metros, dos pasos hacia dentro, una modificación mínima en la carrera o un balón al espacio. Ésa es probablemente su gran virtud: decisiones rápidas y sencillas bajo presión. Al finalizar aquel año la Federación terminaría reconociéndolo como mejor jugador español M20 de 2025 y Rookie masculino del año.

De la escuela de Toulouse a la prueba de Agen

Para entender de dónde sale buena parte de ese repertorio hay que detenerse también en la carrera de Lucien Richardis fuera de las selecciones españolas. Richardis llega al Stade Toulousain en 2017, con apenas doce años, procedente del RC St-Jory Bruguières, y a partir de ahí recorre prácticamente entero el camino de una de las estructuras de formación más prestigiosas del rugby francés y, probablemente, del rugby mundial. Gana dos campeonatos de Francia Crabos, se proclama campeón de Francia Espoirs en 2024 y va creciendo dentro de una generación de enorme nivel hasta integrarse oficialmente en el Centro de Formación del club. En la temporada 2023/24 juega 13 partidos con los Espoirs, doce como titular, y anota cuatro ensayos. Ya no estamos, por tanto, ante un jugador al que Toulouse simplemente tiene registrado dentro de su cantera, sino ante uno al que va colocando paulatinamente cada vez más cerca del rugby profesional.

El paso definitivo llega al final de la temporada 2024/25. Ugo Mola y su cuerpo técnico deciden incorporarlo a la dinámica profesional y, en la última jornada del Top 14, lo hacen debutar directamente como titular en el 15 en Perpiñán. No es un lugar precisamente neutro para estrenar a un chico de veinte años: Aimé-Giral, última jornada y un Perpiñán que se está jugando la permanencia. Toulouse ya tenía asegurada su clasificación, pero la decisión de colocar allí a Richardis dejaba una primera señal de confianza.

Durante la 2025/26 vuelve a aparecer con el primer equipo. No juega muchísimo —la competencia en Toulouse hace que prácticamente cualquier joven tres cuartos necesite aprovechar ventanas muy concretas—, pero termina la etapa con cuatro partidos de Top 14 en total: uno en 2024/25 y tres en 2025/26. Y en esos pocos minutos deja alguna muestra bastante reconocible de lo que venimos contando. Su primera aparición en Ernest-Wallon llega en febrero de 2026 frente a Montauban. Entra en el minuto 45 y en apenas 35 minutos marca dos ensayos. Era solamente su tercer partido como profesional con Toulouse y su primera actuación delante de su público. Incluso en un encuentro claramente favorable, vuelve a aparecer esa mezcla de atrevimiento, capacidad para atacar oportunidades y una cierta despreocupación propia del jugador que todavía está descubriendo hasta dónde puede llegar.

Y aquí hay un contexto que tampoco conviene olvidar cuando miramos sus minutos. Richardis se está intentando abrir paso precisamente en una de las plantillas donde más difícil resulta encontrar espacio siendo 10 o 15. En la apertura está Romain Ntamack y detrás aparecen jugadores capaces de ocupar varios de esos puestos, como Kalvin Gourgues. En el fondo del campo Toulouse dispone de Thomas Ramos, Blair Kinghorn ,Juan Cruz Mallía e incluso otra de las joyas emergentes del Tier2 europeo, el belga Matías Remue, además de toda la habitual polivalencia que exige Mola a sus tres cuartos. Gourgues, por ejemplo, puede jugar de 10, 12 o 15; Kinghorn puede hacerlo de apertura, zaguero o ala. No estamos hablando simplemente de cantidad, sino de internacionales de primerísimo nivel compitiendo por los mismos espacios en los que Richardis tiene que desarrollarse.

Por eso la salida hacia Agen para la temporada 2026/27 hay que leerla con cuidado. Toulouse no se ha desprendido de Richardis. Lo ha cedido. Continúa formando parte de la estructura tolosana y el propio club lo mantiene oficialmente dentro de su relación de jugadores prestados. El mensaje no parece el de un jugador al que se le abre la puerta para que busque su carrera lejos, sino el de un activo al que se quiere enfrentar a algo que Toulouse, por su enorme competencia interna, difícilmente podía garantizarle: minutos, responsabilidad y rugby profesional cada semana.

Y Agen es un lugar magnífico para realizar esa prueba. No hablamos de bajar a un contexto menor, sino de entrar en un histórico del rugby francés y vivir la Pro D2, una competición durísima, territorial, física y especialmente exigente para un apertura. Allí Richardis va a tener que hacer algo diferente a aparecer durante treinta minutos rodeado de internacionales de Toulouse: tendrá que dirigir, equivocarse, volver a dirigir, gestionar partidos cerrados, recibir balones malos, jugar detrás de una delantera que no siempre va a dominar y aprender a ser útil también aquellos días en los que su talento no produzca inmediatamente una ventaja. Él mismo ha reconocido además que, dentro de su polivalencia, su preferencia está en el puesto de apertura.

La cesión tiene incluso un detalle interesante pensando a medio plazo. Richardis regresará teóricamente a Toulouse después de una temporada 2026/27 que será la última de Thomas Ramos en el club, ya que el propio Stade ha confirmado que el internacional francés se marchará al Racing 92 al acabar el curso. Sería excesivo a todas luces afirmar que Toulouse haya diseñado la operación Richardis pensando específicamente en esa sucesión, porque no tenemos elementos para asegurarlo, pero sí existe una fotografía evidente: mientras uno de los grandes referentes del 10/15 entra en su última temporada, Toulouse manda a uno de sus jóvenes talentos a acumular minutos profesionales y conserva sus derechos sobre él.

Eso tampoco significa que Richardis tenga reservado un sitio futuro en Toulouse. En un club así nadie lo tiene. Tendrá que ganárselo. Pero la diferencia es importante: Toulouse no ha decidido que Richardis no le sirve; ha decidido que necesita verlo jugar. Y ésa es otra pista sobre la dimensión potencial del jugador.

Agen será, en ese sentido, mucho más que un cambio de camiseta. Será probablemente la temporada en la que empecemos a descubrir si todas esas cosas que hemos visto a ráfagas —el pie, la lectura, la capacidad para salirse del guion, la defensa y esa facilidad para encontrar soluciones bajo presión— pueden mantenerse cuando dejan de ser destellos y pasan a exigírsele durante ochenta minutos, semana tras semana.


 

Su camino en los Leones: De proyecto de futuro a presente en apenas tiempo

Richardis debuta con el XV del León en  Suiza, un partido en el que entra con el marcador decantado faltando apenas veinte minutos y en el que la suma de un partido flojo por parte del equipo y la certificación de la clasificación mundialista tras años y años de intentos eclipsan por completo la efeméride y cualquier valoración sustancial.

Tras jugar 30 minutos en la derrota en Leganés contra Irlanda A, en la que no obstante deja alguna acción de mérito, su auténtico bautismo de fuego con la absoluta llega en su tercer encuentro, curiosamente, su segundo seguido sin cap de por medio.

Inglaterra A, Valladolid, noviembre de 2025. Ahí ya no hay minutos protegidos desde el banquillo. España le entrega el 10 y Richardis responde con 20 de los 25 puntos del equipo, seis golpes de castigo y una transformación, manteniendo a Los Leones por delante hasta prácticamente el final. Pero quedarse en aquello sería quedarse únicamente con lo visible. Lo interesante fue verlo cuando Inglaterra empezó a comprimir el tiempo del primer receptor. Hubo momentos en los que utilizó el pie con precisión quirúrgica para trasladar la presión al otro campo; otros en los que modificó la orientación del ataque mediante su propia carrera y obligó a la defensa inglesa a reajustarse; y otros en los que encontró una salida corta antes de que desapareciera la ventana. Richardis tiene un pie magnífico en juego abierto, tanto corto como largo, pero no lo utiliza sólo para desprenderse del balón. Puede utilizarlo para decidir dónde quiere que continúe el partido.

Y después llegó Georgia. Esta vez ya no había selección A ni entrada desde el banquillo. Era Tiflis y Richardis llevaba el 10 de España desde el principio. Hay pocos lugares mejores para examinar a un apertura: una delantera que presiona continuamente el canal interior, reduce el espacio y convierte en obsoleta una decisión tomada apenas medio segundo antes. Richardis realiza allí uno de sus mejores partidos con Los Leones. España llega incluso a colocarse 21-23 y él participa decisivamente en esa reacción. Y otra vez aparece la misma cualidad. Cuando la fotografía inicial desaparece, sigue siendo capaz de jugar. Eso no significa que siempre encuentre la respuesta. Portugal, en la semifinal del REC de 2026, dejó exactamente el contrapunto necesario. España colapsó colectivamente, perdió claridad y durante muchos minutos no consiguió salir del partido que proponían los portugueses. Richardis tampoco logró hacerse con las riendas. No encontró la solución individual capaz de desbloquear aquello. Pero sería injusto convertir ese encuentro en un suspenso personal suyo: el balón llegaba peor, la continuidad había desaparecido y prácticamente todo el equipo había quedado atrapado. Richardis formó parte de aquel atasco, como corresponde también al 10, pero no fue su causa única. Y eso sirve además para colocarlo en una dimensión razonable: hablamos de un jugador de muchísimo talento, no todavía de un apertura capaz de gobernar por sí solo cualquier escenario.

Hay además otra virtud menos vistosa que merece aparecer cuando hablamos de él. Richardis es un muy buen defensor frontal. No simplemente uno de esos aperturas voluntariosos que ponen el cuerpo, sino un jugador técnicamente bueno en el placaje. Flexiona bien las piernas, baja el centro de gravedad, coloca el hombro y transmite la fuerza desde abajo en lugar de intentar absorber al portador únicamente con el tren superior. Eso le permite solucionar contactos contra jugadores mayores y evita un problema importante: España no necesita esconder permanentemente a su 10. Un apertura vulnerable obliga a desplazar piezas, preparar protecciones y modificar toda una estructura defensiva. Richardis, en principio, no genera esa necesidad.

La comparación con Gonzalo Vinuesa ayuda a entenderlo, aunque sería un error construir una oposición demasiado rígida entre ambos. Vinuesa representa quizá mejor al apertura que hace funcionar la estructura: rápido, sencillo, ordenado, recibe y coloca el balón allí donde el sistema necesita que esté para llegar cuanto antes a la siguiente situación. Richardis puede hacer eso mismo. No es un jugador anárquico ni necesita convertir el partido en una sucesión de improvisaciones para sentirse importante. Lo que parece añadir es una capa posterior. Cuando la solución prevista desaparece, tiene más recursos para fabricar otra. Ahí aparece una cualidad que España tuvo también, de manera diferente, con Manu Ordás: esa sensación de que el apertura conserva todavía una décima de segundo cuando la defensa ya está prácticamente encima. El buen 10 no es sólo el que ve mucho cuando dispone de tiempo. Es el que sigue viendo algo cuando deja de tenerlo.

Y el Richardis que puede llegar al Mundial será además muy distinto del chico que empezó a entrar en las concentraciones de España. Hasta ahora hemos hablado muchas veces del “jugador de Toulouse”. En Australia 2027 esa etiqueta se habrá quedado vieja. Como hemos glosado anteriormente,Toulouse lo ha cedido esta temporada al SU Agen, uno de los grandes históricos del rugby francés, precisamente para darle continuidad en rugby profesional. Ya está jugando Pro D2 y el pasado 11 de septiembre fue titular con el 10 en Grenoble en una victoria de Agen por 33-39, anotando dos transformaciones y un golpe antes de ser sustituido en el minuto 52. No es un detalle menor. Richardis va a convivir semana tras semana con la velocidad, la presión territorial, la violencia del contacto y la responsabilidad táctica del rugby profesional francés. Si acumula continuidad, el jugador que llegue a Australia ya no será un joven talento al que España intenta introducir en el rugby adulto. Llevará ese ritmo en las piernas, en la cabeza y en el cuerpo.

Por eso, a día de hoy, parece razonable ir un paso más allá: Lucien Richardis parte como principal candidato a ser el apertura titular de España en Australia 2027. Eso no significa cerrar la competencia ni ignorar lo que pueda aportar una recuperación completa de Gonzalo Vinuesa. Tampoco sabemos todavía hasta dónde llegará Richardis después de uno o dos años respirando rugby profesional. Pero la jerarquía reciente habla bastante claro. Cuando Bouza afrontó en 2026 tres partidos consecutivos de máxima exigencia —Georgia, Portugal y Rumanía—, entregó el 10 a Richardis. Y si esa tendencia continúa, una vez liberados para el Mundial los condicionantes habituales de disponibilidad de los clubes franceses, resultaría extraño que no partiera en primera posición.

España, como es lógico, quiere  caminar hacia un sistema ofensivo cada vez más engrasado, con estructuras reconocibles y jugadores que entienden mejor dónde deben aparecer. Richardis no viene a sustituir aquello por inspiración individual. Ésa sería una lectura equivocada de su juego. Puede ejecutar perfectamente el sistema. La diferencia es que añade una última posibilidad cuando éste deja de funcionar. Y quizá aquella pelota perdida a la salida de una touch contra Argentina sea todavía la mejor imagen para explicarlo: todo lo previsto había desaparecido, todos podían haber dado la jugada por terminada y empezar otra desde cero. Richardis vio una ventaja. Esa es la clase de talento que puede convertir un buen sistema en uno mucho más difícil de defender.


 

 No pedirle todavía lo que aún no puede dar

Con Lucien Richardis conviene evitar dos errores bastante habituales. El primero es convertir todo lo que ya ha demostrado en la prueba de que estamos ante un apertura completamente hecho. No lo está. Tiene talento, tiene pie, defiende bien, placa con muy buena técnica, ha demostrado que puede encontrar soluciones cuando el partido parece bloquearse y ha dejado actuaciones de muchísimo nivel tanto con la M20 como con la absoluta. Pero todavía está construyéndose como 10 internacional y como jugador plenamente asentado en el rugby profesional. Le queda aprender a gobernar partidos durante ochenta minutos, a reconocer mejor cuándo acelerar y cuándo enfriar, cuándo tiene que asumir él la responsabilidad y cuándo tiene simplemente que dejar que el sistema siga funcionando. Georgia nos enseñó hasta dónde puede llegar cuando todo exige rapidez de decisión; Inglaterra A mostró su capacidad para encontrar salidas cuando el partido se comprime; Portugal dejó ver que todavía puede quedar atrapado dentro de un atasco colectivo, y Rumanía también dejó momentos en los que el control no fue siempre limpio. Eso no es una contradicción, es aprendizaje.

El segundo error sería exactamente el contrario: exigirle más de la cuenta o incluso buscarle todas las costuras precisamente porque viene de Francia y porque se ha formado en Toulouse. Existe cierta tendencia a pensar que un jugador procedente de una gran estructura profesional tiene que llegar a la selección y resolver inmediatamente cualquier problema. Si no domina un partido, aparece enseguida el “ para esto viene de Francia??”. Pero también ocurre a veces lo contrario: se le somete a un escrutinio casi excesivo, como si hubiese que demostrar que su procedencia no garantiza nada. Ninguna de las dos cosas tiene demasiado sentido. Richardis hay que juzgarlo por el jugador que es ahora y por el jugador que puede llegar a ser, sin regalarle nada por su formación y sin pedirle que rinda como si ya estuviera en el punto máximo de su carrera.

Porque todavía no estamos viendo al Lucien Richardis definitivo. Estamos viendo una versión en construcción. Una versión que ya tiene herramientas muy poco comunes, que ya ha mostrado jerarquía en la M20, capacidad para soportar presión con la absoluta y una facilidad especial para encontrar soluciones fuera del guion, pero que todavía tiene margen para crecer muchísimo en el gobierno global del partido. Su paso por Agen y la exposición semanal a la Pro D2 deberían darle precisamente eso: más dureza, más lectura, más oficio y más experiencia acumulada en situaciones donde no siempre va a disponer de tiempo ni de un contexto favorable.

Por eso, quizá la valoración más justa sea ésta: Richardis ya es un jugador importante para España, pero todavía no es su versión prime. Y ahí está precisamente lo ilusionante. Si con lo que todavía le falta por hacer ya ha dejado este nivel de señales, su techo puede estar bastante más arriba.

 

Texto: Víctor García / Fotografía: Domingo Torres

 

 

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