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El duro despertar mundialista de Los Leones sub-20 (Australia 90-22 España)

 


El estreno de España en el Mundial Sub-20 dejó un resultado tan contundente como doloroso, pero cuyo desenlace final deja cierta puerta abierta a la esperanza. El 90-22 refleja con crudeza la enorme superioridad australiana y supone, probablemente, el debut más severo de las tres participaciones mundialistas consecutivas de los Leones M20. Sin embargo, el partido también dejó unas sensaciones más complejas de lo que indica el marcador.

España se vio ampliamente superada por la potencia en el contacto, la velocidad de reciclaje y la simplicidad con la que Australia fue capaz de mover el balón y atacar los espacios. El conjunto oceánico impuso un ritmo que el equipo español no pudo sostener, evidenciando una diferencia física, técnica y de toma de decisiones enorme.

Pero, lejos de bajar los brazos, España encontró un motivo para el optimismo en la segunda mitad. Pese a seguir sufriendo defensivamente, el equipo mantuvo la ambición de jugar, se rehízo anímicamente y logró anotar cuatro ensayos para sumar un valioso punto bonus ofensivo. Un premio que habla del carácter del grupo y de su voluntad de seguir construyendo su identidad incluso cuando el marcador era completamente adverso.

Quizá esa sea la principal lectura del encuentro. Llegaba una selección todavía por ensamblar, como ya había advertido Ricardo Martinena en la previa, con muy poco tiempo de preparación y con una generación que inicia un nuevo ciclo tras el relevo de los principales gestores del juego de los dos últimos Mundiales. La derrota era dolorosa, pero también, en buena medida, previsible dadas las circunstancias. El verdadero reto comienza ahora: utilizar este golpe como punto de partida para acelerar el crecimiento competitivo del equipo durante el resto del campeonato. 

Una defensa desbordada por la velocidad de ejecución

Paradójicamente, España comenzó el partido dejando buenas sensaciones. En la primera posesión australiana la presión fue coordinada, la subida defensiva ajustada y los espacios exteriores quedaron bien cerrados. De hecho, Australia tuvo que recurrir a varios dummy runners y pequeños recursos de manipulación para encontrar continuidad. Durante esos primeros compases, el plan defensivo español parecía responder.

Sin embargo, aquella fue prácticamente la única ocasión en la que los oceánicos necesitaron recurrir a ese tipo de herramientas. Los dos ensayos encajados en los ocho primeros minutos cambiaron por completo el escenario y desarbolaron a un equipo que ya no fue capaz de frenar el principal argumento australiano: el dominio absoluto de los fundamentos del juego.

Australia no construyó su superioridad sobre un ataque especialmente elaborado. Su ocupación de espacios fue bastante clásica. Los delanteros permanecieron muy juntos, trabajando alrededor del punto de encuentro y de los carriles interiores, sin necesidad de abrirse constantemente hacia zonas exteriores. Pero ejecutaron cada acción con una precisión extraordinaria. Ganaban metros en el contacto, mantenían la continuidad mediante descargas y ofrecían apoyos permanentes al portador, generando una sucesión constante de plataformas limpias que impedía a la defensa española reorganizarse.

A ello se sumó una de las herramientas de manipulación que mejor dominan los delanteros  del hemisferio sur: el pullback. El objetivo era sencillo, pero ejecutado con una calidad extraordinaria. El portador atacaba con total decisión la primera cortina defensiva, con los apoyos bien coordinados escenificando una evidente plataforma de impacto, fijando a los delanteros españoles, y descargaba en el último instante mediante pases muy tensos hacia atrás para sacar inmediatamente el balón del punto de presión. Australia repitió esta acción en varias ocasiones con una sincronización magnífica, demostrando que no hacen falta estructuras especialmente complejas cuando se dominan los tiempos, la técnica del pase y la lectura de los espacios.

Un dato explica por sí solo el sufrimiento español: el 64 % de los rucks australianos se resolvieron en menos de tres segundos. Una cifra extraordinaria que condenó a España a defender permanentemente hacia atrás y a reorganizarse una y otra vez.

Las estadísticas ayudan a entender dónde estuvo realmente la diferencia. La efectividad española en el placaje fue del 74 %, un porcentaje mejorable, pero que por sí solo no explica un marcador de estas dimensiones. La clave estuvo mucho antes del contacto. Australia construyó su ataque para contactar cerca y correr lejos. Ganó sistemáticamente la línea de ventaja en los carriles interiores y, a partir de esas plataformas limpias, liberó a sus tres cuartos para atacar con espacios y velocidad.

El resultado fue demoledor: 14 rupturas limpias (clean breaks), alrededor de 20 defensores batidos, 709 metros ganados con balón en las manos y 196 pases completados. Este último dato resulta especialmente significativo. Completar casi doscientos pases no solo habla de posesión, sino de la enorme continuidad que tuvo el ataque australiano. El balón circuló con una velocidad extraordinaria, enlazando fases sin perder inercia y encontrando siempre a un receptor en mejores condiciones que el defensor que debía frenarlo.

A partir de esas plataformas, la pareja de medios pudo dirigir el partido con absoluta comodidad. Y desde ahí apareció el verdadero desequilibrio. Los tres cuartos australianos jugaron con total libertad, dominando el pase corto, el pase largo, los saltos de balón, el step, los cambios de dirección y las fintas. Todo ello ejecutado a una velocidad altísima y con una determinación constante para atacar el intervalo.

No fue un rugby de grandes artificios tácticos. Fue un rugby construido sobre la excelencia en los fundamentos. Australia dominó el contacto, la evasión, la descarga y el pase con una suficiencia abrumadora. Los básicos, ejecutados a un nivel extraordinario, bastaron para romper una y otra vez la estructura defensiva española.

La consecuencia fue que prácticamente todas las zonas del campo terminaron quedando expuestas. No porque España defendiera mal desde el punto de vista conceptual, sino porque simplemente no llegaba. Los pies del ruck, los intervalos interiores y los espacios exteriores iban apareciendo de forma sucesiva a medida que el balón circulaba con una velocidad imposible de contener. La exigencia física del contacto, de la recolocación y de los desplazamientos estuvo muy por encima de las posibilidades actuales de este equipo español.

Y ese es un matiz importante. No se trata de una limitación definitiva, sino del punto de partida de una generación que apenas ha tenido tiempo para ensamblarse. Como ya advirtió Ricardo Martinena en la previa del campeonato, España afrontaba este Mundial todavía en pleno proceso de construcción. Australia expuso esa realidad con enorme crudeza, pero también marcó el nivel físico, técnico y de ejecución al que deberá aspirar esta generación a lo largo del torneo

Del atasco ofensivo a las primeras señales

Si la defensa española estuvo condicionada por la velocidad del ataque australiano, el ataque de los Leones Sub20 quedó lastrado desde el primer minuto por la imposibilidad de generar plataformas limpias desde el contacto.

Durante la primera mitad prácticamente no existió continuidad ofensiva. La escasa posesión española llegó, en su mayor parte, tras errores de manejo australianos o recuperaciones aisladas, ya que el dominio territorial y de balón perteneció claramente al conjunto oceánico.

Y cuando España conseguía disponer de la posesión aparecía el principal problema del encuentro. Mientras los delanteros australianos ganaban la línea de ventaja con claridad y caían al suelo generando balones rápidos, los delanteros españoles se veían obligados a disputar cada contacto al límite. Rara vez pudieron atacar de forma frontal y dominante. La mayoría de las veces tuvieron que fajarse para ganar apenas unos centímetros y, en no pocas ocasiones, fueron levantados o empujados hacia atrás antes incluso de poder presentar el balón.

Esa diferencia condicionó por completo el ritmo ofensivo. Sin contactos dominantes no hubo reciclajes rápidos y, sin velocidad de balón, resultó imposible poner en apuros a una defensa australiana perfectamente organizada.

Aun así, España no renunció a proponer. Se apreciaron varias situaciones en las que intentó manipular la primera línea defensiva utilizando señuelos en torno al canal del 12 para habilitar una segunda cortina de ataque. La intención era correcta, pero la enorme presión australiana hacía que esas acciones terminaran casi siempre en una pérdida de balón o en la obligación de retroceder varios metros para conservar la posesión.

Ni siquiera las touches permitieron cambiar la dinámica. España dispuso de varios lanzamientos en campo contrario que no consiguió transformar en situaciones de peligro, desperdiciando algunas de las escasas ocasiones que tuvo para instalarse en territorio australiano.

En definitiva, el ataque español durante la primera mitad fue más voluntarioso que productivo. No faltó intención de jugar ni de mantener la identidad propuesta por Ricardo Martinena. Lo que faltó fue la materia prima indispensable para hacerlo: contactos ganados, balones rápidos y continuidad.

La mejor versión ofensiva de España apareció a partir del ecuador de la segunda mitad. Superado el impacto del inicio y con el marcador ya muy adverso, el equipo se soltó, ganó confianza y comenzó, por fin, a desarrollar el rugby que había intentado proponer desde el comienzo del encuentro.

Los cambios aportaron energía y elevaron el nivel competitivo del equipo, pero la mejoría fue, sobre todo, colectiva. España empezó a ganar metros tras contacto, las presentaciones de balón fueron mucho más limpias y las limpiezas llegaron con mayor velocidad y eficacia. Por primera vez en el encuentro aparecieron plataformas de calidad sobre las que construir un volumen de juego reconocible.

En ese contexto destacó especialmente Oriol Marsinyac. Sus carreras marcaron un punto de inflexión. Con una excelente posición corporal en el contacto, un magnífico trabajo de piernas y una enorme determinación para atacar el intervalo, consiguió generar una inercia que España apenas había encontrado hasta entonces. Dos de los ensayos españoles nacieron directamente de sus acciones, ganando el contacto y permitiendo que el equipo jugara siempre avanzando.

Sin embargo, la reacción no fue únicamente obra de Marsinyac. Fue el crecimiento colectivo el que permitió que esas acciones encontraran continuidad. La mejora en el contacto, la calidad de las limpiezas y la velocidad de los reciclajes hicieron posible, por primera vez en el partido, construir un volumen de juego mínimamente consistente sobre el que desarrollar el modelo ofensivo del equipo.

También la touch dio un paso adelante. España aseguró sus lanzamientos y dos de los ensayos llegaron prácticamente de manera directa desde esa conquista. Se aseguró la touch, se construyó correctamente la plataforma y la salida del maul estuvo muy bien ejecutada. Sin necesidad de enlazar un gran número de fases, el equipo fue capaz de transformar una buena conquista en ensayo.

Fue entonces cuando empezaron a verse las señas de identidad que pretende desarrollar esta generación. España volvió a buscar situaciones de manipulación sobre el canal del 12 y del 13 para jugar en segunda cortina, esta vez con plataformas estables y una velocidad de ejecución que permitieron que esas herramientas encontraran continuidad.

Es cierto que Australia redujo inevitablemente su intensidad con el encuentro prácticamente resuelto. Pero sería injusto atribuir únicamente a ese factor la mejoría española. Los Leones M20 consiguieron discutir durante muchos más minutos la posesión, conservar el balón y jugar, por fin, en condiciones favorables. Aún concediendo demasiadas rupturas limpias y demasiados metros tras contacto, el equipo mostró una estructura ofensiva reconocible.

La gran enseñanza del partido fue precisamente esa. Cuando España consiguió generar inercia en el contacto y asegurar buenos reciclajes, apareció de forma inmediata el rugby que pretende implantar Ricardo Martinena. No es únicamente una cuestión de sistema o de talento, sino de construir plataformas de calidad desde el contacto para que ese sistema pueda desarrollarse. Los cuatro ensayos y el punto bonus ofensivo no maquillan la enorme superioridad australiana, pero sí dejan una conclusión esperanzadora: esta generación ya ha mostrado el camino por el que puede crecer durante el resto del Mundial. 

Un partido que llegó demasiado pronto

El estreno de España deja una derrota muy dura. El 90-22 es un resultado contundente y, probablemente, el más severo de las tres participaciones mundialistas consecutivas de los Leones M20. Sin embargo, sería un error interpretar este marcador y reducirlo a un paso atrás del rugby español. El contexto importa, y mucho.

Enfrente había una Australia de un nivel extraordinario. Si mantiene el nivel mostrado en este debut, tiene argumentos más que suficientes para discutirle a Francia el liderato del grupo y una plaza en las semifinales. Fue un rival de enorme potencia física, excelente técnica individual y una velocidad de ejecución que hoy por hoy muy pocos equipos del mundo pueden sostener.

También conviene recordar las circunstancias con las que llegaba España. Ricardo Martinena ya había advertido que el equipo aterrizaba en el Mundial con muy poco tiempo de preparación, con una generación completamente renovada en los puestos de dirección y todavía inmersa en un proceso de ensamblaje. Las brújulas del juego han cambiado respecto a los dos Mundiales anteriores y eso exige tiempo para construir nuevos automatismos, nuevas conexiones y nuevas referencias sobre el campo.

La derrota, por tanto, era esperable. Quizá no en una dimensión tan amplia ni con una primera mitad en la que el equipo se vio completamente desbordado, pero sí en las sensaciones generales que podía dejar un rival de este nivel ante una selección todavía en construcción.

Ahora el reto es otro. España necesita crecer deprisa. No tanto pensando ya en la clasificación final, sino en adquirir el empaque competitivo que exige un Mundial Sub-20. Francia volverá a plantear un ritmo altísimo y Fiyi, por características, tampoco permitirá bajar las revoluciones. Cada partido debe servir para ganar automatismos, mejorar el contacto, acelerar los reciclajes y consolidar una identidad colectiva que apenas ha comenzado a construirse.

La segunda mitad dejó, precisamente, la principal razón para el optimismo. Cuando España consiguió generar inercia en el contacto, asegurar mejores plataformas y jugar con algo más de continuidad, aparecieron las primeras señales del rugby que pretende desarrollar este grupo. No fue suficiente para competir el encuentro, pero sí para comprobar que existe una base sobre la que trabajar.

No conviene caer en la desazón tras un solo partido. Esta generación reúne a jugadores que han brillado en los dos últimos Festivales del Seis Naciones Sub-18 ganando a Escocia y Gales y que conquistaron el Campeonato de Europa Sub-18 derrotando a una selección tan exigente como Georgia. Hay talento. Lo que necesita ahora es tiempo, experiencia y partidos de esta exigencia para acelerar su crecimiento.

La derrota duele y obliga a una profunda reflexión. Pero, más que un punto de llegada, debe entenderse como el punto de partida de una selección que todavía tiene mucho margen de mejora. Ese crecimiento, más que el marcador de este primer partido, será el verdadero indicador del recorrido que pueda tener España en este Mundial. 

 

Texto: Víctor García /  Foto: FERugby / WR

 

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