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España aub-20 mejora pero cae con claridad (Francia 57-32 España)

 


El combinado de Ricardo Martinena muestra una clara mejoría respecto al debut pese a encajar su segunda derrota y muestra evidentes avances de cara al tramo decisivo de la competición

España comenzó el partido de la peor manera posible, encajando un ensayo en el primer minuto. Los ingredientes que lo hicieron posible invitaban a un cromo repetido del partido anterior. Sin embargo, hubo una diferencia fundamental: Francia no consiguió imprimir el ritmo vertiginoso que sí había logrado Australia, y eso permitió a España asentarse en el partido.

La primera gran mejora estuvo en el contacto. Aunque España siguió sufriendo cuando Francia encontraba espacios o atacaba los intervalos más abiertos, el placaje frontal fue mucho más sólido. El equipo protegió mucho mejor los alrededores del ruck y consiguió frenar la inercia de las plataformas francesas desde el primer contacto.

Esa contundencia tuvo un efecto todavía más importante: permitió a España ordenarse defensivamente. Al detener el avance francés en el punto de impacto, la línea ganaba tiempo para reorganizarse, llegaban más jugadores al siguiente esfuerzo y los posibles errores individuales en el placaje encontraban una segunda o tercera ayuda para corregirlos. Francia seguía generando problemas cuando conseguía abrir el campo, pero ya no encontraba una defensa descompuesta, sino un equipo mucho más conectado y capaz de llegar con superioridad a los siguientes contactos.

En ataque también hubo una evolución muy evidente. España contactó mucho más abajo, con una coordinación mucho mejor entre la carrera del portador y la llegada de los apoyos. Eso permitió asegurar los rucks con mayor facilidad y, sobre todo, mantener la continuidad del juego sin perder inercia.

Pero quizá la clave estuvo en otra cuestión: España evitó en gran medida los puntos de encuentro innecesarios. Una vez superado el primer defensor francés, la prioridad fue mantener el balón vivo mediante pases cortos y continuidad, desordenando constantemente la estructura defensiva rival. España gobernó el caos en lugar de sufrirlo. Lejos de intentar un partido excesivamente estructurado frente a un rival físicamente superior, apostó por un rugby dinámico, de muchas fases y mucha velocidad de ejecución.

Ese planteamiento también tuvo su peaje. En algunos momentos hubo cierta precipitación. Se jugaron al pie balones recuperados en situaciones donde quizá era preferible montar una plataforma rápida para seguir atacando sobre una defensa desorganizada. Además, ese mismo frenesí privó al equipo de dos ensayos prácticamente hechos: uno tras un golpe de castigo jugado con rapidez sobre la línea de cinco metros y otro después de una touch en zona de ensayo.

Aun así, el balance de la primera mitad fue excelente. Los contactos fueron contundentes y ganadores y la gestión de los puntos de encuentro  que los seguían fue muy solvente, con Ibeoba, Pujana, Farace, Salvador o Marsinyac liderando el trabajo físico de contacto y despliegue, permitiendo que España jugara continuamente hacia delante y sostuviera el ritmo del partido.

También fue significativa la apuesta por un 15 de perfil más distribuidor, con mayor capacidad asociativa y un pie más largo. Un ajuste que favoreció la continuidad del juego y reforzó la propuesta ofensiva española.Probablemente España perdió algo de desequilibrio individual desde el 15 y cierta capacidad para resolver situaciones de uno contra uno, pero ganó mucho más en fluidez colectiva. Con Hafoka como segundo distribuidor, el equipo encontró una salida más limpia desde el fondo y una mayor capacidad para romper las defensas a través de la continuidad, las fases y los pases, en lugar de depender de acciones individuales.

En definitiva, España encontró un camino muy distinto al esperado. En lugar de intentar igualar a Francia en un rugby de confrontación y estructura, gobernó un contexto de partido más descosido, más de ida y vuelta. Mejoró el contacto, protegió el ruck, aceleró la continuidad y convirtió el dinamismo en su principal herramienta para competir de tú a tú con una de las favoritas a disputar el título. 

La segunda mitad respondió, en buena medida, a uno de los escenarios previsibles. El enorme esfuerzo físico realizado por España durante los primeros cuarenta minutos terminó pasando factura. El equipo perdió parte de la intensidad y del oxígeno que le habían permitido gobernar el partido desde el descontrol organizado

Francia, además, leyó muy bien lo que estaba ocurriendo. Comprobó que el partido no le estaba favoreciendo desde su intento de un rugby más estructurado y decidió cambiar de registro. Abandonó parte de ese juego de plataforma y acumulación de fases para aceptar el escenario que había propuesto España durante la primera mitad: un rugby mucho más directo, atacando los intervalos desde el primer contacto y priorizando la continuidad sobre la estructura. En definitiva, Francia decidió jugar el caos… y, a partir de ahí, comenzó a asumir el control del encuentro.

España siguió desenvolviéndose con personalidad en ese contexto. Ya no disponía del mismo ritmo ni del mismo oxígeno para sostener continuamente el esfuerzo, pero continuó adaptándose bien a un partido abierto, de mucha velocidad de ejecución y poca acumulación de fases. Eso evitó que Francia rompiera el encuentro de forma inmediata, pero no pudo comenzar frenar el cambio de inercia del mismo.

Con el paso de los minutos, sin embargo, el desgaste físico comenzó a hacerse evidente. Empezaron a aparecer más espacios defensivos, se comenzaron a escapar una mayor cantidad de placajes y Francia  castigó con inteligencia, lanzando continuamente a sus jugadores sobre los intervalos y enlazando fases con una continuidad que España ya no podía igualar con la misma eficacia. Más que una cuestión táctica, fue una cuestión de energía y capacidad para repetir esfuerzos.

Pese a ello, España volvió a demostrar capacidad de reacción. En torno al minuto 60, cuando parecía que el partido podía romperse definitivamente, consiguió recuperar parcialmente el control. El ensayo de Unax Salvador, nacido de una magnífica salida lateral después de que Francia hubiera contenido el primer empuje del maul español, permitió asegurar el punto bonus ofensivo y mantener vivo al equipo en el marcador.

Precisamente en ese tramo central llegó uno de los momentos más interesantes desde el punto de vista táctico. Durante varios minutos, España consiguió frenar la sangría y ralentizar el ritmo ofensivo francés. Ensució los puntos de encuentro, redujo la velocidad de liberación del balón, aumentó la presión sobre el portador y, sobre todo, cerró mucho mejor los espacios interiores, negando el pase corto que tanto daño había hecho hasta entonces. Fue probablemente la mejor secuencia defensiva de la segunda mitad, y quizá de todo el encuentro, y tuvo un enorme mérito por producirse en un partido cuya principal característica fue el juego abierto y la continuidad constante.

A partir del minuto 70, sin embargo, el factor físico terminó imponiéndose como una losa insalvable. Los cambios franceses, ya calientes y adaptados al ritmo de partido, elevaron nuevamente las revoluciones al encuentro, mientras que el banquillo español no consiguió aportar el mismo impacto que había ofrecido frente a Australia. Francia volvió a dominar los contactos, el ritmo y a casi jugar a placer corriendo de lado a lado de la cancha. Encontró cada vez más metros tras el primer impacto y terminó ampliando la diferencia hasta un marcador que probablemente resulta más amplio de lo que reflejó el desarrollo real del partido,
España, eso sí, no dejó de competir. Con el punto bonus ofensivo ya asegurado gracias al ensayo de Unax Salvador, cerró el encuentro atacando en campo francés y encontró el premio con un quinto ensayo, obra de Oriol Marsinyac, culminando una acción de contacto y avance que resumió perfectamente la identidad mostrada por el equipo durante todo el encuentro.

Más allá del resultado final, el partido deja una conclusión muy interesante. España fue capaz de competir durante bastantes  minutos en un escenario extremadamente exigente, obligando incluso a Francia a modificar su planteamiento inicial para adaptarse al tipo de partido que proponían los españoles. Solo cuando el desgaste físico hizo mella y la profundidad del banquillo francés empezó a marcar diferencias, el encuentro terminó decantándose de manera definitiva. El marcador final puede resultar severo, pero las sensaciones competitivas fueron muy superiores a lo que refleja el resultado. 

Diseccionando la mejoría

Ataque: Contacto y Movilidad

La selección española interpretó el contexto del partido de manera sobresaliente. Entendió muy pronto que intentar igualar a Francia en un rugby estructurado, de acumulación de fases y confrontación física constante suponía jugar exactamente el partido que más convenía al rival. La respuesta no fue evitar el contacto —algo imposible frente a una selección de este nivel—, sino escoger cuidadosamente dónde, cuándo y para qué producirlo.

España no rehuyó los duelos físicos; al contrario, necesitaba igualarlos para poder lanzar su modelo ofensivo. La diferencia estuvo en la selección de esos contactos. Priorizó aquellos impactos que permitían ganar metros, fijar defensores y generar una plataforma de continuidad, evitando en la medida de lo posible los puntos de encuentro estáticos que daban tiempo a Francia para reorganizar su defensa.

Todo nació en esa mejora. España multiplicó el número de contactos útiles y de acciones con ganancia de metros, lideradas principalmente por Salomón Ibeoba y Oriol Marsinyac. Esa capacidad para avanzar tras el primer impacto permitió disponer de mucho más balón y, sobre todo, generar confianza para enlazar secuencias de juego más largas.

A partir de ahí, el equipo tomó una decisión táctica brillante: descoser el partido. Cada vez que aparecía una mínima ganancia de metros, el balón salía inmediatamente hacia el siguiente apoyo, buscando el intervalo y la continuidad antes de que la defensa francesa pudiera reorganizarse.

Los contactos ganadores facilitaron las descargas, el juego desde el suelo y una coordinación mucho más eficaz entre el portador y los apoyos, que llegaron continuamente en tiempo y forma para mantener el balón vivo. España convirtió la continuidad en su principal herramienta ofensiva.

Ese planteamiento tenía todo el sentido frente a un rival físicamente superior. España eligió aumentar la velocidad de circulación, multiplicar los pases y obligar a Francia a desplazarse, reorganizarse y tomar decisiones. Es uno de los principios básicos del rugby: la inferioridad física puede compensarse haciendo que el balón viaje más rápido que los defensores.

Dentro de ese plan merece una mención especial la decisión de situar a Malakai Hafoka en el puesto de zaguero. Más que un cambio de nombres, fue un cambio de concepto. España ganó un segundo distribuidor, un jugador de perfil asociativo capaz de iniciar el juego desde atrás tanto en los contraataques como en situaciones de juego roto, aportando lectura, combinación y continuidad y un pie mucho más largo para devolver las patadas.

Al mismo tiempo, ese movimiento permitió desplazar a Telmo Fischer al ala, un entorno mucho más favorable para explotar sus virtudes como finalizador. España intercambió parte del desequilibrio individual que podía ofrecer el zaguero por una mayor capacidad colectiva para construir, enlazar fases y atacar los espacios.

La presencia de Hafoka fue especialmente determinante en el juego de fondo. Se mostró muy acertado en la recepción del juego aéreo y, sobre todo, en las salidas posteriores a esas recepciones, donde su capacidad para identificar espacios, combinar y activar rápidamente a los apoyos permitió transformar numerosas recuperaciones en excelentes situaciones para reiniciar el juego de ataque, aprovechando una defensa francesa todavía en proceso de reorganización.

Otro aspecto decisivo fue la labor de las tres bisagras con las que España construyó su ataque: Bernat Fernández desde el 9, Mateo Antem en el 10 y Malakai Hafoka desde el zaguero. Especialmente durante la primera mitad, los tres fueron los auténticos gestores del caos controlado. Interpretaron con enorme acierto cuándo acelerar, cuándo combinar, cuándo dar una descarga inmediata y cuándo conservar unas décimas más el balón para atraer defensores antes de volver a imprimir velocidad al juego.

Ese trabajo encontró el complemento perfecto en los principales ejecutores de la tres cuartos. Oriol Marsinyac, Marcos López, Pelayo Serrano y Telmo Fischer fueron los grandes portadores de balón en carrera, los jugadores encargados de transformar las decisiones de los gestores en metros ganados y situaciones de ventaja, atacando los espacios que el sistema iba generando.

Todo ello estuvo respaldado por una magnífica labor colectiva de la delantera. En ese apartado sobresalieron especialmente Salomón Ibeoba y Unax Salvador. El primero fue una referencia constante por su contundencia en la ganancia de metros, su capacidad para estabilizar los puntos de encuentro y su enorme aportación en las fases estáticas. El segundo resultó inconmensurable por su capacidad para aparecer continuamente como apoyo, asegurar los rucks, ofrecer líneas de carrera y dar continuidad a las acciones. Entre ambos simbolizaron el extraordinario trabajo invisible de un paquete de delanteros que sostuvo durante muchos minutos todo el plan ofensivo de España.

La mejora en el contacto también tuvo un reflejo inmediato en la conquista. La touch volvió a convertirse en un arma tremendamente productiva, proporcionando plataformas de calidad que terminaron transformándose en ensayos, como los anotados por Unax Salvador y Salomón Ibeoba. Disponer de lanzamientos limpios y bien ejecutados permitió a España trasladar su superioridad en la continuidad también a las fases estáticas.

Las estadísticas oficiales ayudan a interpretar con mayor precisión el tipo de partido que planteó España. A simple vista puede llamar la atención que Francia terminara con cifras muy superiores en metros ganados, defensores batidos y volumen de pase. Sin embargo, esos datos necesitan contexto. Buena parte de esa producción llegó conforme avanzó la segunda mitad y, especialmente, en el tramo final, cuando el desgaste físico español permitió a los franceses enlazar rupturas de línea, carreras de gran recorrido, acumular pases  y sostener secuencias de posesión más largas.

España construyó su ataque de una manera distinta. No buscó romper defensores desde el uno contra uno —apenas registró seis defensores batidos—, sino generar ventajas colectivas mediante la calidad del contacto, la continuidad y el movimiento constante del balón. Más que un equipo de grandes rupturas individuales, fue un equipo de pequeñas ventajas consecutivas.

En ese sentido, resulta especialmente revelador que España completara cerca de un centenar de pases. Sin alcanzar el volumen final de Francia, esa cifra refleja la apuesta por un rugby de circulación constante, pase extra y continuidad. El objetivo no era acumular posesión de manera estéril, sino mover el balón antes de que la defensa francesa pudiera reorganizarse y convertir cada contacto ganador en una nueva oportunidad para atacar el espacio.

La estadística que mejor resume esa propuesta es, probablemente, el 99 % de eficacia en los rucks.  Y de ese 99% de efectividad, nada menos que un 58% fueron resueltos en menos de 3 segundos. Para una selección como la nuestra, es un porcentaje de bolas rápidas muy muy alto. España realizó un trabajo extraordinario en los puntos de encuentro, asegurando prácticamente la totalidad de sus posesiones y permitiendo que el balón saliera una y otra vez con rapidez. Los contactos no se entendieron como el final de la jugada, sino como el punto de partida de la siguiente fase ofensiva.

Precisamente por eso, los 284 metros ganados por España adquieren un enorme valor. No fueron metros nacidos de acciones individuales espectaculares, sino de una sucesión de contactos ganadores, apoyos cercanos, rucks perfectamente asegurados y una circulación constante que obligó a Francia a defender durante muchos minutos fuera de su zona de confort.

Puede quedar la sensación de que España llegó al descanso por delante en el marcador porque el partido entró en un escenario caótico y menos controlado. En parte es cierto, pero conviene hacer un matiz importante. No sabemos si ese contexto formaba parte del plan de partido desde el inicio o si fue una adaptación fruto de la excelente lectura que hizo España conforme avanzaban los minutos. Probablemente hubo algo de ambas cosas.

Lo que sí parece evidente es que los Leones Sub-20 entendieron antes que Francia cuál era el tipo de encuentro que les permitía competir de tú a tú. Lejos de intentar ordenar en exceso el juego, supieron interpretar que el balón debía permanecer vivo, que había que acelerar la continuidad y convertir el partido en un intercambio constante de decisiones. Ese escenario terminó siendo una herramienta táctica para equilibrar la diferencia física entre ambos equipos y explica, en buena medida, el 20-17 con el que se llegó al descanso. Luego, el peso de los minutos acumulados a ese nivel de exigencia y el despertar de un rival que interpretó correctamente lo que el partido pedía decantaron la balanza definitivamente, pero no borraron la huella de una primera parte de un muy buen nivel de juego español.

Hubo momentos de cierta precipitación, especialmente en algunos lanzamientos rápidos y golpes de castigo donde quizá se dejaron escapar dos o tres oportunidades claras de ensayo. Sin embargo, incluso ese riesgo ayudó a fijar el tono del partido e impidió que Francia pudiera imponer un contexto más estructurado, especialmente en la primera mitad

Hay un aspecto que me parece reseñable indicar, y es que en mi opinión, la mejor defensa de España durante todo el partido fue su ataque, y en particular el tipo de ataque que propuso. Y esa es una idea que conviene tener presente antes de entrar a analizar el rendimiento defensivo. La posesión no fue un fin en sí mismo, sino el principal mecanismo para protegerse de una selección muy superior físicamente.

El plan de partido apostó por un encuentro de continuidad, con mucho balón en juego, circulación constante y un ritmo alto que España no solo aceptó, sino que consiguió imponer durante buena parte del encuentro. Mientras tuvo energía para sostener esa propuesta, obligó a Francia a defender más de lo previsto, forzó numerosas situaciones de indisciplina —19 golpes de castigo para los galos por 17 para España— y evitó que monopolizara el partido, como reflejan también el equilibrio final en la posesión (52-48) y el territorio (53-47).

Más allá de las cifras, estos datos evidencian que España fue capaz de llevar el encuentro al escenario competitivo que más le convenía: un partido abierto, de continuidad y mucho balón vivo, un contexto en el que la selección pudo discutir el dominio del juego y del marcador frente a una de las grandes favoritas del campeonato. Mientras las fuerzas acompañaron, el ataque español no solo generó peligro; fue también la mejor forma de defenderse

La mayor conclusión es probablemente la más ilusionante. España empieza a demostrar que puede competir con selecciones físicamente superiores a través de una identidad ofensiva reconocible: contactos ganadores, balón siempre vivo, velocidad de circulación, apoyos constantes y una extraordinaria capacidad para interpretar el contexto del partido. Intentar estructurar en exceso el juego a base de acumulación de fases y manipulación de la defensa puede valer en determinados contextos y ante determinados equipos. Ante otros, cuyo nivel está varios peldaños por encima, hay que buscar otras alternativas sin dejar de lado el plan original. Más allá del resultado, que al final acaba siendo relativamente contundente, esa evolución conceptual supone uno de los mayores avances del equipo en este Mundial. 


 

Defensa: Un paso adelante en el punto de choque, un reto pendiente en la defensa del espacio

La evolución defensiva de España puede resumirse en una idea muy clara: los Leones Sub-20 dieron un paso adelante en la defensa del punto de choque, pero siguen teniendo dificultades en la defensa del espacio. Frente a Australia el equipo había sufrido enormemente para contener el impacto físico rival. Ante Francia, sin embargo, se vio una selección mucho más preparada para sostener la confrontación directa, más contundente en los primeros contactos y mucho más competitiva en los impactos frontales.

Esa mejora permitió contener con mayor eficacia las plataformas de lanzamiento francesas e, incluso, generar varios placajes ganadores que frenaron la inercia rival. España mostró un tono físico superior, una mayor agresividad y una capacidad mucho más consistente para competir en los duelos directos, uno de los principales déficits detectados en el encuentro inaugural.

Sin embargo, el gran debe continúa apareciendo cuando el rival consigue superar esa primera confrontación y atacar los intervalos con jugadores lanzados, continuidad y circulación. Ahí España sigue mostrando dificultades para defender el espacio. Cuando Francia lograba fijar, descargar y volver a jugar sobre la brecha, la eficacia del placaje disminuía considerablemente y aparecían las rupturas que terminaron condicionando el desarrollo del encuentro.

También resultó apreciable una mejora en la defensa de cobertura. Especialmente durante la primera mitad y en varios tramos de la segunda, España recompuso mucho mejor su estructura cuando Francia conseguía romper la primera cortina defensiva. Las ayudas llegaron con mayor rapidez, las coberturas interiores cerraron mejor los espacios y, aunque en muchas acciones se concedieron metros, el equipo evitó durante muchos minutos que esas rupturas se tradujeran en situaciones claras de ensayo.

Otro aspecto que todavía debe seguir evolucionando es la capacidad para ralentizar el balón rival en los rucks. España no fue especialmente agresiva en la disputa de los puntos de encuentro, aunque esa decisión también puede entenderse desde una perspectiva táctica. Frente a dos selecciones del nivel físico de Australia y Francia, probablemente resultaba más rentable priorizar una ocupación racional de los espacios y proteger las inmediaciones del ruck que comprometer efectivos en disputas con pocas opciones reales de éxito.

En ese sentido, el simple hecho de haber dado un paso adelante en la confrontación física ya constituye un avance muy reseñable. España soportó mucho mejor los impactos directos, defendió con mayor contundencia las zonas cercanas al punto de encuentro y logró competir durante muchos minutos en un terreno donde había sufrido enormemente apenas unos días antes.

Hubo además un tramo especialmente esperanzador en la segunda mitad, con el partido todavía completamente abierto. Durante varios minutos España ajustó muy bien la presión defensiva, ralentizó la circulación francesa, detuvo sus plataformas de lanzamiento y consiguió negar tanto el pase corto como las líneas de descarga. Más que una sucesión de buenos placajes, fue un ejercicio colectivo de organización, ocupación del espacio y lectura defensiva que permitió mantener vivo el partido.

Las cifras de placaje continúan reflejando margen de mejora. El volumen de errores sigue siendo elevado y demuestra que la defensa española todavía sufre cuando debe sostener esfuerzos continuados frente a selecciones de primer nivel. Sin embargo, conviene contextualizar esos datos. Buena parte de ese deterioro llegó en el tramo final del encuentro, cuando el desgaste físico comenzó a pasar factura y Francia incrementó todavía más el ritmo con la entrada de sus relevos.

Fue precisamente entonces cuando el partido terminó por romperse. La tercera línea francesa empezó a atacar con enorme eficacia los intervalos, mientras incluso sus primeras líneas encontraron carreras de muchos metros prácticamente sin oposición. Las ayudas dejaron de llegar con la misma velocidad, los espacios crecieron y las rupturas comenzaron a sucederse con mucha mayor frecuencia.

Conviene también contextualizar los errores más groseros que terminó reflejando el marcador. No fueron una constante durante los ochenta minutos, sino la consecuencia de un equipo que había sostenido una exigencia física extraordinaria frente a una de las selecciones más potentes del campeonato. Mientras hubo energía, España defendió con orden, ocupó bien los espacios cercanos al ruck y mantuvo a Francia en tan solo 17 puntos al descanso.

La lectura defensiva, por tanto, es claramente positiva dentro del contexto competitivo. España sigue teniendo un importante margen de mejora en la defensa del espacio y en la eficacia del placaje cuando el rival consigue jugar con continuidad. Sin embargo, la evolución en la confrontación física, la organización colectiva, las coberturas y la capacidad para competir durante buena parte del encuentro frente a dos de los rivales más exigentes del torneo constituyen un paso adelante evidente sobre el que seguir construyendo. 

Fases estáticas: una plataforma de confianza

Las fases estáticas volvieron a convertirse en uno de los principales apoyos sobre los que España construyó su crecimiento durante el encuentro. Tanto la melé como la touch ofrecieron al equipo una base de seguridad que permitió afrontar el resto del juego con mucha mayor confianza.

En melé, los Leones Sub-20 se mostraron solventes. Frente a un paquete francés de enorme potencial físico, España consiguió sostener la confrontación con estabilidad, evitando ser arrastrada y ofreciendo plataformas suficientemente limpias para dar continuidad al juego.

La touch, por su parte, volvió a ser uno de los grandes argumentos ofensivos del equipo. Su porcentaje de acierto fue muy elevado y, además de asegurar la posesión, terminó transformándose en una fuente directa de puntos. España obtuvo un magnífico rendimiento de la ingeniería del touch-maul, ya fuera culminando la acción desde la propia plataforma o explotando las salidas de los portadores desde el agrupamiento para sorprender a la defensa francesa.

Quizá todavía quede margen para enriquecer el repertorio de lanzamientos y añadir variantes más elaboradas a partir de la touch. Sin embargo, el contexto del partido aconsejaba priorizar la seguridad. La enorme presión francesa sobre los saltadores y la vigilancia permanente sobre las salidas al juego abierto hacían recomendable asegurar primero la posesión antes que asumir riesgos innecesarios.

En ese sentido, la relativa solvencia mostrada por España en las fases estáticas fue uno de los pilares sobre los que se sostuvo la mejora global del equipo. Disponer de balones propios de calidad permitió competir en mejores condiciones, ganar confianza y trasladar al juego abierto muchas de las virtudes que los Leones exhibieron durante buena parte del encuentro. 

Conclusión: una derrota que deja motivos para creer

El marcador final refleja una derrota amplia, pero el desarrollo del encuentro invita a una lectura mucho más optimista. España volvió a competir contra una de las grandes potencias del rugby mundial y, durante muchos minutos, fue capaz de imponer un contexto de partido que le permitió discutirle el encuentro de tú a tú.

Los dos primeros compromisos del campeonato representaban el escenario más exigente posible. Australia y Francia han sometido a los Leones Sub-20 a un nivel de contacto, ritmo y exigencia física extraordinario. En ese contexto, el escaso tiempo de preparación y el déficit físico con el que llegaba el equipo han pesado de forma evidente, aunque de manera diferente en ambos encuentros. Frente a Australia, España sufrió especialmente en el arranque del partido, incapaz de adaptarse desde el primer minuto a la velocidad que imponía el rival. Ante Francia, en cambio, el equipo sostuvo un nivel competitivo muy alto durante buena parte del encuentro y solo terminó cediendo con claridad en el último tramo, cuando el desgaste físico acabó pasando una factura demasiado elevada.

Sin embargo, la evolución entre un encuentro y otro resulta evidente. España dio un paso adelante muy importante en la confrontación física, encontró una identidad ofensiva mucho más reconocible y también mostró una organización defensiva sensiblemente superior. El equipo empieza a adaptarse al ritmo que exige un Mundial Sub-20 y a interpretar mejor qué tipo de rugby necesita para competir contra selecciones físicamente superiores.

Ahora el foco se traslada hacia Fiyi. Será un desafío muy diferente. Probablemente no se trate de un rival tan estructurado ni con la capacidad de mantener un ritmo alto y sostenido como Australia o Francia, pero sí de una selección extremadamente peligrosa en aquello que más ha castigado hasta ahora a España: el ataque en movimiento, la continuidad tras el contacto, los offloads y la capacidad para convertir una mínima desorganización defensiva en una ocasión manifiesta de ensayo. También, y hay que ser justos al señalarlo, es un rival que previsiblemente tiene una alta capacidad para desorganizarse y por ahí vendrán nuestras oportunidades.

Más que un partido de grandes automatismos, será un encuentro de decisiones, disciplina defensiva y capacidad para cerrar espacios alrededor del punto de contacto. Si España consigue trasladar la mejora mostrada frente a Francia al control de esas situaciones de juego abierto, tendrá argumentos para competir y pelear el triunfo.

Las sensaciones, en cualquier caso, son mucho mejores que las del debut. La progresión anunciada por Ricardo Martinena empieza a hacerse visible. Los Leones Sub-20 parecen comprender cada vez mejor el nivel de exigencia que demanda el torneo y comienzan a responder con soluciones más eficaces tanto en ataque como en defensa.

Superados, previsiblemente, los dos partidos de mayor dificultad del grupo, el equipo afronta ahora una semana de trabajo decisiva. Si mantiene esta línea de crecimiento y consigue dar un paso más en la defensa del espacio y en la capacidad para sostener el esfuerzo durante los ochenta minutos, llegará al encuentro frente a Fiyi en las mejores condiciones desde que comenzó el campeonato. Ahí espera, probablemente, el partido más importante de toda la fase de grupos. 

 

Texto: Víctor García / Fotos: Vakho Chikvaidze / World Rugby

 

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