Rumbo a Australia 2027 (VIII): Álvar Gimeno, una historia que continúa
Contar la carrera de Álvar Gimeno es contar también, en pequeño, bastante de lo que ha pasado en el rugby español durante los últimos diez años. Estuvo en aquella generación que empezó a enseñar que por abajo podíamos acercarnos a otro nivel, fue internacional muy joven, vivió los dos grandes golpes mundialistas de los Leones, se hizo un sitio como no-JIFF en Pro D2 y ha terminado siendo uno de los jugadores que mejor enlazan la etapa de Santiago Santos con la de Pablo Bouza. Por el camino ha cambiado casi todo: compañeros, entrenadores, sistemas y hasta la propia ambición de la selección. Gimeno sigue ahí.
Y por eso tiene sentido empezar por él cuando hablamos de los centros camino de Australia. No porque sea una novedad, más bien por lo contrario. Lleva prácticamente una década pasando por distintas versiones de España y siempre ha encontrado la manera de seguir siendo importante.
Formó parte de aquella Sub-20 que en 2016 dejó una de las primeras señales de que España podía aspirar a acercarse al primer nivel en categorías inferiores. No estábamos ahí, evidentemente, pero aquel equipo llegó a rozarlo y puso encima de la mesa una generación distinta. Allí estaban también Jon Zabala, Jordi Jorba, Iñaki Mateu o Vicente del Hoyo. Y hay un detalle que explica bastante del jugador que vino después: Álvar jugaba de apertura. Jugó de 10 aquella mítica final contra Samoa en la que estuvimos tocando con la punta de los dedos el ascenso al Mundial SUB20
No fue una cosa puntual. Se formó como 10 y llegó a jugar también ahí con la absoluta, incluso como titular. No fueron muchos partidos, pero sí los suficientes como para que se entienda bien de dónde salen algunas cosas de su juego: fue apertura de inicio ante Georgia y Hong Kong en 2019, y ya lo había sido antes frente a Argentina XV en la Nations Cup de 2017. También apareció alguna vez como solución desde el banquillo para cubrir el 10, por ejemplo ante Georgia y Alemania en 2017. De hecho, todavía en 2025 volvió a ejercer de recurso para el puesto de apertura saliendo ahí desde el banquillo en la final del REC ante Georgia.
Luego quedó fijado definitivamente en el centro y cada vez más asociado al choque y al juego directo. Pero de aquel apertura siguen vivas las manos, la lectura y los recursos para decidir, algo que muchas veces queda tapado por esa imagen de ariete con la que lo hemos terminado identificando.
Su carrera ha tenido prácticamente de todo. Formado en el CAU Valencia, pasó por Cisneros y VRAC antes de dar el salto a Béziers. Y allí jugó: 25 partidos de Pro D2 en dos temporadas, 22 como titular, siendo además no-JIFF. No es un detalle menor. Se hizo un hueco y tuvo continuidad.
Su salida tampoco parece explicarse porque dejara de dar el nivel. Tuvo algún problema físico y alguna ausencia, pero su regreso a Valladolid en 2021 tuvo más que ver con una mezcla de circunstancias personales, selección y la posibilidad de volver a un entorno conocido en pleno clasificatorio mundialista. Después llegarían Nueva Zelanda y el regreso a España con Ciencias. Ya en este último ciclo, con el nuevo formato Iberians, ha vuelto también a Valencia para completar los periodos de la temporada sin competición ni entrenamientos dentro del entorno federativo con el RC Valencia, el antiguo Tecnidex. Un recorrido largo y bastante variado.
Con España primero tuvo un periodo de entrada. Debutó en 2017 y participó en tres partidos del ciclo clasificatorio para Japón 2019, todos aquel mismo año. Para Francia 2023 la historia ya era otra: Gimeno era una pieza capital y junto a Fabián Perrin formó una pareja de centros tremendamente reconocible, diría incluso que una de las mejores que hemos tenido en la época moderna a nivel defensivo. No solo porque los dos placaran bien. Defendían bien juntos, cerraban mucho campo y permitían mantener una presión muy alta sin estar protegiendo continuamente la zona de los centros. Salvando todas las distancias, eran nuestros De Allende-Kriel, dos piezas muy bien engrasadas dentro de aquella defensa en blitz con la que Santos atacaba las plataformas de delantera rivales.
Seguramente la defensa sea una de las grandes razones que explican que Gimeno siga ahí. Es un gran defensor frontal, placador decidido, técnicamente muy bueno y, sobre todo, un magnífico presionador. Sabe cuándo acelerar, cuándo atacar al receptor y cómo prolongar hacia fuera una presión que empieza por dentro. Con Santos la defensa era mucho más agresiva, muy de ir a buscar arriba, bastante cercana en concepto al modelo sudafricano. Con Bouza hemos ido viendo más barrido, más basculación y mucha responsabilidad individual. Gimeno ha funcionado en las dos: puede vivir dentro de una defensa que sale a por el rival y puede también resolver espacios más amplios cuando tiene que esperar, leer y decidir. Incluso en épocas en las que ofensivamente no ha estado fino, esta parte de su juego casi nunca ha desaparecido.
Además lee muy bien las líneas de pase. Cuando ve un balón demasiado telegrafiado entre los centros, salta. Y salta de verdad. El ensayo contra Rumanía en 2022 lo explica bastante bien: lectura, decisión y una aceleración enorme para cortar la línea de pase.
Con el juego aéreo pasa algo parecido. John Wessel-Bell ha sido durante años, y sigue siendo, nuestro rey de la disputa por antonomasia. Gimeno es otra cosa. Es más grande, más pesado y no tiene ese salto, pero lee muy bien dónde va a caer la pelota y persigue con una convicción tremenda. Si no es él quien disputa, muchas veces es el primero que llega después, para cerrar la salida interior o exterior, limpiar, asegurar el balón o seguir la jugada. No domina tanto por elevación como por lectura y por todo lo que hace alrededor del receptor.
Con balón, su evolución ha ido por otro camino. Con los años se ha ido desprendiendo de aquel papel casi de segundo apertura, pero sigue siendo un muy buen distribuidor. Puede enlazar con la segunda cortina, tiene buenas manos y además un muy buen pase largo. Puede saltarse un receptor o cambiar el punto de ataque cuando la defensa se cierra demasiado. Lo que ha cambiado es el orden de las amenazas: hoy la defensa piensa primero en su carrera.
Cuando el juego viene lanzado es un atacante del intervalo espectacular. Sabe subir una marcha justo antes de entrar en la zona de impacto. No llega simplemente rápido: acelera cuando tiene que acelerar, ataca el espacio entre dos defensores y llega preparado para el contacto.
Pero seguramente lo más particular de Gimeno se ve cuando el juego deja de estar limpio. Cuando la circulación se desordena, la defensa está encima, faltan apoyos o simplemente no hay demasiada estructura alrededor, sabe fabricar avance sin necesitar que todo esté bien colocado. Recibe, se orienta muy rápido y empieza a jugar con la altura del cuerpo. Se encoge, vuelve a crecer si encuentra espacio y vuelve a bajar cuando llega el contacto. Mantiene los pies vivos hasta muy tarde y hace muy difícil que el defensor tenga claro dónde va a encontrarlo.
Y no recibe el contacto: lo ataca. Acelera muy fuerte justo antes del impacto y todavía tiene otra pequeña explosión cuando entra en él. No hablamos del uno contra uno fijiano, de grandes cambios de dirección ni de dejar sentado al defensor. Lo suyo pasa en dos o tres metros. Consigue colocarse justo antes del contacto y hacer que el defensor llegue demasiado alto, de lado o simplemente peor colocado de lo que esperaba. Más que romper placajes, en muchas acciones consigue que el placaje ni siquiera llegue a construirse bien.
Eso le hace especialmente útil cuando el partido se atasca. Puede recibir una situación bastante mala y dejar una pelota bastante mejor para la siguiente fase. Mantiene la verticalidad, gana metros, obliga a la defensa a recolocarse y permite volver a jugar. Maneja muy bien el cuerpo alrededor del contacto y suele conservar las manos bastante libres, de manera que puede ganar el duelo, seguir vivo un instante más y encontrar al apoyo. Muchas de sus mejores acciones no terminan en una ruptura limpia, sino en algo que según el momento del partido puede ser igual de útil: avanzar, desordenar y seguir jugando.
Esa voluntad de continuidad también tiene algún peaje. En Gimeno existe una intención casi permanente de mantener viva la pelota incluso cuando quizá lo más sencillo sería asegurarla. Busca las manos libres, al apoyo y llevar la acción hasta el último instante. Alguna vez eso le hace perder control sobre el balón, pero viene prácticamente de la misma virtud: su tendencia natural es continuar más que conservar.
Precisamente esa amenaza con balón hace tan productivo todo lo que España juega a su espalda. De todos los primeros centros que hemos tenido durante estos años, pocos han hecho funcionar tan bien ese segundo plano. No necesariamente porque Gimeno sea el mejor pasador que haya pasado por España, sino porque su carrera es muy creíble. Cuando ataca un intervalo, el defensor tiene que comprarlo. No puede empezar a flotar tranquilamente hacia la segunda capa porque sabe que Gimeno puede ir hasta el final, y entonces sale el distribuidor que conecta por detrás o saca directamente la pelota larga. Una amenaza alimenta a la otra.
España ha utilizado muchísimo esa característica y también ha utilizado a Gimeno cuando, sencillamente, había que avanzar. Especialmente contra Georgia y en aquellas épocas en las que acudíamos con mucho peso de División de Honor y menos recursos de los que nos hubiera gustado. Ha sido muchas veces un faro, un jugador al que darle la pelota cuando había que encontrar metros, generar una inercia que la delantera no había conseguido o simplemente dejar de ir hacia atrás. Es, en ese sentido, un jugador que mejora muchas situaciones que recibe peor de como deberían llegarle.
Y eso enlaza también con su carácter. Gimeno es un jugador decidido, de muchísimo ímpetu, de esos que sabes que se van a activar cuando el partido empieza a ponerse complicado. Cuando todo va de cara es fácil jugar y lucir; la cosa cambia cuando el rival empieza a llevarte hacia atrás, el ataque se atasca o el equipo baja medio punto la intensidad. En esos momentos sabes que va a pedir la pelota, va a salir a presionar o va a perseguir una patada hasta el final.
Esa energía contagia, aunque también explica algunos de sus peores momentos. Su trayectoria con España no ha sido completamente lineal y, cuando no está fino, el problema no suele ser que desaparezca. Más bien al contrario: sigue queriendo intervenir, sigue buscando la ruptura y alguna vez esa voluntad le ha llevado a tomar demasiadas decisiones individuales o a atacar situaciones que quizá pedían otra cosa. Pero incluso entonces mantiene un suelo competitivo alto. Puede perder claridad ofensiva, pero siguen estando la defensa, la presión, la persecución aérea, su amenaza con balón y esa carrera que obliga al rival a respetarle.
Si miramos al presente, además, la sensación es que vuelve a estar muy cerca de su mejor versión. El final de 2025 estuvo bastante condicionado por los problemas físicos y su participación en la Rugby Europe Super Cup fue limitada. El REC 2026 le sirvió para volver a coger ritmo: fue titular ante Suiza, Georgia, Portugal y Rumanía, y ya en Tiflis dejó un partido bastante reconocible antes de tener que salir por protocolo de conmoción.
El salto más claro llegó en julio: tres partidos, tres titularidades como 12 ante Canadá, Tonga y Estados Unidos y un nivel altísimo. Para mí, uno de los jugadores más destacados de España durante la gira. Y tampoco es menor el contexto. Ante las ausencias de los aperturas habituales, Gonzalo López-Bontempo tuvo que desplazarse al 10 durante toda la ventana, lo que obligaba a reorganizar una zona del campo en la que venía teniendo muchísimo peso como primer centro. Gimeno quedó fijado en el 12 durante los tres partidos y respondió. La Tbilisi Cup ha prolongado esa sensación: después de un final de 2025 complicado, su juego vuelve a tener continuidad y a aparecer a un nivel muy alto.
Y eso cambia bastante la fotografía camino de Australia, porque Gimeno ya no aparece solo como una figura simbólica, un veterano con peso dentro del grupo o uno de los grandes supervivientes del ciclo anterior. Su candidatura vuelve a sostenerse en algo mucho más sencillo: el rendimiento.
Pero con Gimeno hay además algo que va más allá del rendimiento. Estamos hablando de uno de los jugadores emblemáticos del XV del León de estos últimos años, no solo dentro del campo, también para los aficionados. Si pensamos en caras que representan a esta selección durante la última década, seguramente la suya sea una de las primeras que nos vienen a la cabeza.
Por eso hay también algo de justicia en que estuviera sobre el campo en Suiza el día que España certificó por fin la clasificación para Australia 2027. La justicia deportiva está ahí: por rendimiento, por estado de forma y por todo lo que todavía aporta al equipo. Pero hay otra parte, seguramente más emocional. Si no ocurre nada extraño por el camino y Gimeno termina debutando en un Mundial, creo que muchos sonreiremos un poco cuando lo veamos salir al campo. Después de dos ciclos que acabaron fuera del césped, quedará esa sensación de que, por fin, una historia que llevaba demasiado tiempo abierta se ha podido cerrar.
No porque el Mundial le deba nada a nadie, ni porque una convocatoria pueda construirse desde el sentimentalismo. Su sitio tendrá que ganárselo en el campo, como cualquiera. Pero si llega, quedará la sensación de que su historia con España se ha completado. La de un jugador que ha dado muchísimo a los Leones, que ha atravesado prácticamente toda esta última década y que, después de todo lo ocurrido, podrá cerrar por fin dentro de un Mundial una carrera internacional que explica como pocas todo lo que ha vivido España durante estos años.
Texto: Víctor García / Foto: Domingo Torres y Soraya Sanz

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