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Desglosando el grupo C: Argentina, de 2011 a nuestros días (2/2)


Este contenido es continuación de
Desglosando el grupo C: Argentina, desde los inicios mundialistas a 2007 (1/2)

2011: Digno final del viejo rugby argentino

La Selección Argentina de Rugby llega a la Copa del Mundo de Rugby 2011 en un punto muy concreto de su evolución histórica. Ya no es la sorpresa irreverente de 2007 ni un invitado incómodo, sino un equipo plenamente asentado en el escalafón internacional, respetado por todos y con una identidad clara y reconocible. El torneo confirma que Argentina ha dado el salto competitivo definitivo, pero también expone con nitidez el límite estructural de su modelo en un momento en que el rugby mundial está cambiando de paradigma.

Al 2011 el equipo llegaba bajo la batuta del Tati Phelan, que en 2008 había relevado a Marcelo Loffreda con la dificilísima labor de sostener el status competitivo alcanzado en 2007. Con claroscuros en rendimiento y resultados, pero apoyado en el crecimiento estructural de la UAR, Phelan no tuvo una labor fácil, pues entre retiradas y lesiones se presentaba en Nueva Zelanda con un equipo sin mucha parte de la identidad que lo había llevado al podio en 2007. La fase de grupos, desarrollada en un contexto claramente europeo, sirve para fijar ese estatus. Argentina vence con solvencia funcional a la  Rumanía de Tincu, Tonita, Dumbrava o Vlaicu y a una pujante  Georgia liderada por Gorgodze, Kubriashvili, Giorgiadze o Kacharava, en la que ya destacaba un clásico muy conocido por nosotros y todavía en activo como Sandro Todua. Partidos sin excesivo brillo ofensivo pero muy significativos por la fiabilidad estructural que muestran: control del ritmo, defensa sólida, disciplina y gestión del marcador sin sobresaltos. Son triunfos que no deslumbran, pero que hablan de un equipo maduro, capaz de ganar cuando debe ganar. 

El verdadero punto de validación llega ante la Escocia de Paterson, Parks, Sean Lamont, Nathan Hines o Ross Ford, en un partido durísimo, físico y de desgaste, donde Argentina logra una victoria de enorme mérito que vuelve a certificar su ascenso definitivo en la jerarquía del rugby mundial. Frente a una Inglaterra aún guiada por Wilkinson en su despedida mundialista, y con jugadores de la talla de Tindall, un joven Manu Tuilagi, Courtney Lawes, un ya veterano Mike Tindall o Richard Wigglesworth, en uno de los encuentros más cerrados y ásperos del torneo, decidido por un ensayo de Ben Youngs en la segunda mitad, los Pumas compiten de tú a tú hasta el final, poniendo en enormes dificultades a una selección histórica del Tier 1 y cayendo por un margen mínimo en un duelo decidido por detalles. 

Sin ganar, pero sin romperse, Argentina confirma que su presencia en la élite no es circunstancial, sino estructural. En 2010 se produce un suceso clave en el devenir futuro del rugby argentino. Se crea la franquicia Pampas XV, embrión del posterior proyecto Jaguares, y que compite desde 2010 hasta 2013 en la Vodacom Cup, segunda competición en jerarquía en Sudáfrica tras la Currie Cup. En 2011 logra el titulo de esta competición acabando invicto. Posteriormente, Pampas dará el salto a la Pacific Rugby Cup, competición que englobaba a los segundos equipos de Fiyi, Samoa, Tonga , Japón y otros seleccionados del Hemisferio Sur. En ese título de 2011 Pampas alinea a jugadores que luego marcarán época, encabezados Por Creevy, Imhoff, Senatore, Nicolas Sánchez, Landajo, Cubelli o Tuculet

En el plano de la plantilla, el Mundial 2011 representa también un momento de transición generacional muy visible, especialmente en la delantera. Conviven todavía los últimos grandes referentes del ciclo anterior con jugadores que enlazarán directamente con el siguiente gran éxito mundialista. Es el último gran escenario para perfiles emblemáticos del rugby argentino como Mario Ledesma y Rodrigo Roncero, pilares del pack durante más de una década, y para un Patricio Albacete o Un Marcos Ayerza ya plenamente consolidados en el máximo nivel europeo. Junto a ellos se asientan jugadores que serán estructurales en el siguiente ciclo, como Juan Martín Fernández Lobbe y Juan Manuel Leguizamón, que aportan dinamismo y continuidad al juego de contacto. 

En ese contexto empieza a ganar visibilidad un perfil que será capital en los años posteriores, Agustín Creevy, con una larguísima carrera con momentos cumbre en los Jaguares finalistas del Super Rugby y en Inglaterra, en Worcester y en London Irish principalmente , todavía sin galones en 2011 pero ya reconocible como relevo natural en la primera línea. Aparece además con fuerza un tipo de tercera línea más moderno personalizado en Leonardo Senatore, una magnífico tercera con poca fortuna en su carrera europea pero  con mayor capacidad para jugar en campo abierto y enlazar fases, anticipando el cambio de perfil que exigirá el rugby que viene. La delantera argentina de 2011 es, así, una mezcla clara entre el oficio del viejo modelo y los primeros indicios de una evolución aún incompleta.

En la línea de tres cuartos se aprecia un fenómeno similar. En el último baile mundialista de la leyenda Felipe Contepomi, Argentina dispone de jugadores fiables, bien formados y con recorrido internacional, pero carece del desequilibrio diferencial que había marcado el salto en 2007. Desde el fondo del campo, Martín Rodríguez Gurruchaga , que tuvo un correcto desempeño en su periplo en Stade Francais ofrece seguridad, criterio y una lectura táctica muy sólida como zaguero, siendo una pieza importante en el control territorial y defensivo del equipo. En la bisagra y los centros, Santiago Fernández, con una carrera consolidada en Francia, con buenas actuaciones en Montpelier o bayona, aporta versatilidad y conocimiento del juego europeo, pudiendo actuar tanto de apertura como de primer centro, aunque sin llegar a ejercer como generador dominante. A su lado, Marcelo Bosch se presenta como un tres cuartos muy asentado, fiable en defensa y ordenado en ataque, más orientado a sostener la estructura que a romperla. Bosch es un jugador capital en el ciclo exitoso que se abre luego. Siempre alejado de los focos, es una pieza clave tanto en los pumas como en el ciclo triunfal de los Saracens de Mark McCall y Owen Farrell, siendo una pieza clave del famoso engranaje defensivo que dominó Europa a mediados de la década del 2010. 

También asoman en 2011 dos jugadores capitales en el futuro como Juan Imhoff, leyenda del Racing 92 y de los pumas, con una carrera larguísima y en la que es protagonista de principio a fin por rendimiento y jerarquía , y uno de los guías del equipo durante los siguientes años, Nicolás Sánchez, que tras lograr un impacto muy alto en Pampas, comenzaba tras su primera participación mundialista, su carrera profesional en Europa, primero en Burdeos, luego en Toulon, y posteriormente, tras su paso por Jaguares y ya en algo lejos de su cénit, en Stade Francais y posteriormente en Brive. 104 partidos y 13 años después, Sánchez pasará a la historia como uno de los mejores aperturas argentinos de siempre. En general, se puede decir que en 2011 hay calidad y oficio, pero falta ese punto de desequilibrio capaz de transformar intención en amenaza real frente a las grandes potencias.

Ese límite se explica en buena medida por la ausencia de los grandes reguladores del juego argentino del mundial anterior. La retirada de Agustín Pichot y la baja por lesión de Juan Martín Hernández, por motivos distintos pero con un impacto similar, dejan al equipo sin sus dos grandes controladores de tempo, creatividad y toma de decisiones. Argentina quiere jugar más que antes, quiere ampliar su registro ofensivo, pero lo hace todavía con ejecutores pensados para el control más que para el desequilibrio, lo que limita su capacidad para sostener continuidad y amenaza real. Con Alfredo Lalanne y Vergallo en el 9 y Fernandez y Sánchez en el 10, Argentina, pese a rendir a un buen nivel, no termina de alcanzar la excelencia de 2007. Felipe Contepomi tiene que acabar jugando de apertura muchos minutos y el entramado de los pumas acaba resintiéndose.

Ese recorrido sólido desemboca en los cuartos de final, donde Argentina se topa con una realidad completamente distinta: la Nueva Zelanda dirigida por Graham Henry, en el primer gran capítulo de lo que será la época más dominante de la historia del rugby mundial. La derrota es clara y contundente, no tanto por un mal partido argentino como por la magnitud del rival, una selección que ha aprendido del trauma del Mundial 2007 y que empieza a ejecutar un rugby colectivo de una perfección desconocida hasta entonces. El camino iniciado por Henry y continuado intelectual y metodológicamente por Steve Hansen y Wayne Smith no consiste en cambiar el ADN del equipo, sino en perfeccionarlo hasta niveles inéditos. El equipo que elimina a Argentina combina liderazgo, experiencia y talento con una estructura táctica muy avanzada, basada en automatismos colectivos, lectura compartida del espacio y toma de decisiones constante, con jugadores legendarios como Richie McCaw, Kieran Read Conrad Smith, Ma'a Nonu, Sonny Bill Williams, Kevin Mealamu, Tony Woodcock, Owen Franks Brad Thorn, Sam Whitelock o Ali Williams, conformando un bloque que ya no depende de la genialidad puntual, sino de una inteligencia colectiva superior. 


 

El torneo queda además marcado por la plaga de lesiones en la posición de apertura, que deja fuera primero a Dan Carter y después a Aaron Cruden, obligando a Nueva Zelanda a resolver el Mundial desde la resiliencia, con Piri Weepu manejando el tempo y Colin Slade y Stephen Donald cerrando el torneo de manera inesperada cono directores de la orquesta tras las lesiones de Carter y Aaron Cruden. Es en ese punto donde aparece el verdadero choque de modelos. Argentina llega todavía apoyada en el patrón del viejo rugby, ligeramente evolucionado, ya intentando explorar nuevas vías de competición fuera de sus fronteras, con más intención de jugar, pero sin los ejecutores necesarios para sostener ese salto. Frente a ella se impone por primera vez de forma nítida la gran revolución táctica del rugby moderno: el sistema 1-3-3-1, una distribución de delanteros que optimiza el espacio, multiplica las opciones de pase y carrera y enlaza de forma constante con una línea de tres cuartos preparada para jugar en continuidad. 

De ese modelo derivarán posteriormente estructuras como el 2-4-2 u otros sistemas híbridos, pero el salto estratégico ya está ahí: el rugby deja de ser una sucesión de fases cerradas para convertirse en un juego de decisiones encadenadas, con delanteros capaces de actuar como enlaces y amenazas permanentes en cada canal. Frente a ese patrón, Argentina se estrella en 2011 no por falta de carácter ni de solidez, sino porque su modelo todavía no está preparado para sostener ese ritmo, esa ocupación del espacio y esa riqueza de opciones. Es un choque revelador y casi pedagógico, porque ese mismo sistema al que se enfrenta por primera vez será el que Argentina acabará adoptando y adaptando en los años siguientes, incorporando progresivamente matices propios. El Mundial 2011 no invalida el camino argentino ni su crecimiento; al contrario, fija con claridad su posición en el mapa. Argentina ha dejado definitivamente de ser una excepción y se ha instalado en la élite, pero el torneo deja claro que el viejo rugby, incluso mejorado, ya no basta. El siguiente salto no será solo físico o competitivo, sino profundamente táctico y estructural, y ese diagnóstico será el punto de partida de todo lo que vendrá después, desde la entrada en el Rugby Championship hasta el gran salto que se materializará en 2015.

2015, el mundial de la confirmación

El camino de Argentina hacia el Mundial de 2015 no empieza en Inglaterra, sino varios años antes, con un cambio claro de rumbo en la selección. Tras el ciclo de Santiago Phelan, la Unión Argentina de Rugby decide dar un paso más y apuesta por Daniel Hourcade, que asume el cargo en 2013 con la idea de modernizar el juego sin perder la identidad histórica del equipo. Hourcade es un hombre de la UAR, pues había estado al frente del proyecto Pampas-Jaguares en su periplo Sudafricano-oceánico tras haber acumulado experiencia profesional en Portugal y Francia(Rouen)

Ese cambio coincide con el mayor salto competitivo del rugby argentino: la entrada en el Rugby Championship en 2012. A partir de ese momento, Argentina se mide todos los años, y de forma regular, a Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia. El impacto es inmediato. Más allá de los resultados, el equipo se ve obligado a jugar a mayor ritmo, a sostener la intensidad durante 80 minutos y a tomar decisiones bajo una presión constante que hasta entonces solo aparecía en Mundiales o giras puntuales.

En paralelo, el trabajo previo realizado con Pampas XV había dejado una base importante: jugadores acostumbrados a entrenar más, a convivir en concentraciones largas y a manejar un lenguaje común. Pampas no fue un proyecto pensado para ganar títulos, sino para preparar al jugador argentino para un entorno cada vez más profesional y exigente. Cuando ese bloque empieza a mezclarse con jugadores consolidados en Europa, el equipo gana coherencia.

Así, Argentina llega al Mundial de 2015 con menos ruido mediático que otros aspirantes, pero con una base sólida: años de competición al máximo nivel, una idea clara y un grupo que entiende cómo quiere jugar. No es todavía un modelo plenamente profesionalizado a nivel de clubes, pero sí una selección curtida, incómoda y preparada para competir.

La Argentina que alcanza el Mundial de 2015 es el resultado de un proceso largo, costoso y profundamente transformador. Desde su incorporación al Rugby Championship en 2012, los Pumas aceptan una verdad incómoda: competir de manera estable contra las potencias del hemisferio sur implica abandonar definitivamente muchas de las fórmulas tradicionales que habían permitido a Argentina sobrevivir en el rugby internacional durante años. El balance de resultados en esos primeros ciclos es duro —una sola victoria en tres ediciones—, pero el aprendizaje es enorme. Argentina entiende que el rugby del sur exige menos acumulación de delanteros, menos dependencia del juego al pie defensivo y más jugadores disponibles en el campo, más circulación, más continuidad y un ritmo alto sostenido durante ochenta minutos.

Con Hourcade al frente, liderando un staff en el que aparecen Aspirina Pérez, Bouza y Felipe Contepomi entre otros-presencias estas que explican su origen en los banquillos y su posterior recorrido- Argentina empieza a ajustar su forma de jugar. Sin renunciar al contacto ni a la dureza, el equipo reduce el número de jugadores comprometidos en el ruck, libera hombres para el ancho del campo y apuesta por un juego más continuo. Aparecen con más frecuencia las cortinas, los cambios rápidos de orientación y los apoyos interiores, lo que permite mantener el balón vivo y jugar más tiempo en campo rival. No es un giro estético, sino una adaptación lógica a la exigencia del Rugby Championship.

El verano de 2015 es clave para entender muchas cosas. Jugadores capitales con contratos importantes en Europa, como Nicolás Sánchez, Creevy, Juan Martin hernandez, Lavanini, Tetaz Chaparro o Tuculet abandonan el viejo continente tras el final de la temporada para integrarse en el combinado que disputa el Rugby Championship y ya posteriormente inician su andadura en la aventura de Jaguares en Super Rugby, quizá el proyecto más ambicioso de la historia de la UAR.

La suma del aprendizaje acumulado en Pampas-jaguares y la experiencia al alto nivel europeo de los jugadores cristaliza en 2015. El debut mundialista frente a Nueva Zelanda, saldado con derrota por 26–16, sirve para medir hasta dónde ha llegado el proceso. Argentina pierde, pero no se esconde ante la que posiblemente es la mejor selección de la historia, no se encierra ni intenta sobrevivir desde la trinchera. Juega, compite y sostiene fases ante una selección que no solo acabaría ganando el torneo, sino que probablemente representa la mejor versión colectiva del rugby moderno. El partido deja claro que la distancia ya no es conceptual, sino de excelencia absoluta. Aquellos All Blacks saltan al verde con su inolvidable alineación titular, que se puede recitar casi de seguido, con leyendas absolutas como Carter, Nonu, Conrad Smith, Julian Savea, el fugaz pero deslumbrante Milner Skuder, McCaw, Read, Retallick, Whitelock, Aaron Smith, Owen Franks, Dan Coles, Woodcock o Ben Smith. Un equipo legendario en nombres y desempeño al que Argentina le puso las cosas muy difíciles gracias al gran trabajo colectivo y a los puntos al pie de Nicolás Sánchez y al ensayo de Guido Petti

A partir de ahí, la fase de grupos confirma que Argentina ha cambiado de estatus. Frente a Georgia, a la que derrota 54–9, los Pumas no aceptan un intercambio de choque frontal, sino que imponen ritmo, velocidad y amplitud, castigando los límites de un modelo basado en el contacto y la acumulación.  Aquella versión georgiana, quizá la más solvente de siempre, contaba con Mamuka Gorgodze en su prime, con uno de los mejores 3 del siglo XXI, el jugador de Clermont Zirakashvili, con quizá el mejor segunda que han tenido nunca, Konstantin Mikautadze, un clásico Top14, o con el que quizá es el 9 más destacado que han producido nunca, Vasil Lobzhanidze, por aquel entonces un casi imberbe chico de 19 años que posteriormente desarrollaría una sólida carrera en Brive. 


 

Ante una Tonga liderada por Siale Piutau, ex de Hoghlanders, Bristol y con destacada presencia en la J-League japonesa, el gigante ex de Nothampton Tonga`Uiha, el durísimo Nili Latu, un clásico de la liga Japonesa, o el ex de Ciencias de Sevilla Kurth Morath en el puesto de apertura , y que es claramente  superada por 45–16, Argentina demuestra que puede aceptar el impacto físico sin renunciar a su plan, utilizando la circulación y el desgaste por repetición para marcar la diferencia. El cierre frente a la Namibia de Jacques Burguer, emblema del rugby namibio y de Saracens, con un claro 64–19, sirve para consolidar sensaciones y confirmar una identidad ofensiva fluida, con delanteros participando activamente en el juego y una ocupación constante del ancho del campo.

El verdadero punto de inflexión llega en los cuartos de final frente a Irlanda. Irlanda alcanza el cruce muy castigada físicamente tras una fase de grupos exigente y con bajas estructurales que afectan directamente a su columna vertebral: no puede contar con su apertura titular Jonathan Sexton, ni con líderes fundamentales del pack como Paul O'Connell, Sean O'Brien o Peter O'Mahony, y tampoco dispone de dos jugadores absolutamente claves, uno, su guía, Sexton, y otro Jared Payne, uno de sus bastiones defensivos. Sin todos ellos, el conjunto de Joe Schmidt naufraga ante una Argentina liderada por Nicolás Sánchez, Hérnandez, Tuculet, Moroni , Imhoff y matera, con una delantera inconmensurable. Ese contexto condiciona el partido, pero no lo explica por completo. Argentina no solo aprovecha las ausencias: domina el encuentro de principio a fin y se impone con un contundente 43–20, pasando por encima de una potencia europea desde el ritmo, la continuidad y la agresividad ofensiva. Es, probablemente, el partido más completo de Argentina en la era profesional y el momento en el que el proceso iniciado años atrás se manifiesta sin discusión.

La semifinal frente a Australia marca el límite del recorrido. Los Wallabies, dirigidos por Michael Cheika, plantean un partido de máxima intensidad defensiva y castigo en el contacto, y se imponen por 29–15 pero en ningún momento dan a los Pumas opciones de pelear el partido. El ritmo impuesto por Will Genia , Foley y Giteau y la capacidad de definición de Adam Ashley Cooper, junto con la superioridad en el juego en el suelo de Pocock, Scott Fardy y Hooper suponen un escollo insalvable. Argentina compite durante fases del encuentro, pero acusa el desgaste físico acumulado y no logra sostener el mismo nivel de frescura ni continuidad. Resulta significativo que el entrenador de delanteros de aquella Australia fuera Mario Ledesma, en una batalla en las fases de contacto y la estructura del pack que favorece claramente al conjunto australiano. 

Luego, en el partido por el tercer y cuarto puesto, Argentina cae frente a una Sudáfrica que sale con todo al campo. En la despedida de leyendas como Ruan Pienaar, Burguer o Victor Matfield, una mala primera parte condena a los Pumas, que caen por 24-13 en los que supone el último gran baile mundialista de quizá el tres cuartos más icónico desde Hugo Porta, Juan Martín Hérnandez, que no es alineado en este partido aunque seguirá un tiempo más, así como del pequeño de los Fernandez Lobbe, Juan Martín, Horacio Agulla, de todo un bastión de la vieja delantera como Marcos Ayerza, o un hombre siempre lejos de los focos pero sumamente importante como Marcelo Bosch, pilar importante de aquellos Saracens de Mark McCall que dominaron Europa e Inglaterra.

El mundial de 2015 deja la base del futuro de los Pumas para los dos próximos ciclos mundialistas. Jugadores como Nicolás Sánchez, Creevy, Julian Montoya, Petti, Alemanno, Lavanini, Matera, Isa(este con menos continuidad por salir pronto de jaguares buscando la aventura Europea), Santiago Cordero(explosión rutilante pero poca continuidad también por buscar la aventura europea)Cubelli, Tuculet o el Tute Moroni serán la base del futuro

Más allá del desenlace, el Mundial 2015 supone un cambio definitivo de estatus para Argentina. No es una selección que avance por sorpresa ni por épica puntual, sino un equipo que ha interiorizado el rugby del hemisferio sur, que sabe competir desde el ritmo y la circulación y que puede eliminar con autoridad a una potencia europea en un cruce directo. El proceso iniciado en el Rugby Championship no produce resultados inmediatos, pero sí una identidad clara y sostenible. En 2015, los Pumas dejan de ser aspirantes y se consolidan, por primera vez, como una potencia plenamente reconocida del rugby mundial.

La semifinal de 2015 carece de la épica romántica de 2007 porque no nace de la sorpresa ni de la insurgencia, sino de la normalización competitiva: la Argentina de 2015 ya no irrumpe en el orden establecido, lo confirma, llega desde el sistema, desde el trabajo acumulado y desde su integración en el  Rugby Championship, y por eso el camino hasta semifinales se explica mejor por proceso que por milagro; el cruce de cuartos ante Irlanda es probablemente el partido más completo de los Pumas en un Mundial, ejecutado con una precisión impecable que combina una lectura táctica extraordinaria con una Irlanda agotada y castigada por las bajas, y ahí no hay épica sino madurez, la capacidad de detectar debilidades y explotarlas sin concesiones; en semifinales, frente a Australia, aparece el límite natural del proceso, no por colapso emocional ni por miedo escénico, sino por una diferencia de nivel aún existente, y ese contraste termina de definir el significado histórico de 2015: menos mito que 2007, menos sorpresa, pero mucha más legitimidad, una Argentina que ya sabe competir y que alcanza la semifinal no como excepción heroica, sino como consecuencia lógica de un trabajo bien construido y del saber dar su mejor versión en cuartos ante un rival mermado pero de tremendo nivel.

2019: De las grandes aspiraciones a la decepción

Argentina llega al Mundial de 2019 en un contexto que, por primera vez en su historia reciente, invita a pensar en un torneo ambicioso. Tras varios años plenamente integrada en el Rugby Championship, la selección ya no es un equipo en aprendizaje ni un invitado estructural del hemisferio sur, sino un conjunto acostumbrado al ritmo, al contacto y a la exigencia constante de competir contra las grandes potencias. Ese crecimiento se ve reforzado por el momento histórico vivido por Jaguares, que bajo la dirección de Gonzalo Quesada alcanza la final del Super Rugby en 2019, en el punto álgido de una competición que todavía se encuentra en su prime competitivo y sigue siendo, probablemente, el torneo de franquicias más exigente del mundo. 

Aunque Quesada no forma parte del staff de la selección, Argentina hereda de manera casi directa los automatismos, las jerarquías y el lenguaje colectivo construidos en Jaguares, lo que consolida la sensación de continuidad y madurez estructural. Bajo la dirección de Mario Ledesma, los Pumas llegan a Japón no solo con experiencia acumulada, sino con la impresión de ser un equipo hecho, reconocible y legitimado para aspirar a algo más que a sobrevivir en la fase de grupos y merodear los cuartos de final.

Sin embargo, el Mundial pronto revela una paradoja profunda. Argentina llega con continuidad, pero decide romperla en los puntos clave. El torneo se abre con una derrota ajustada ante Francia por 23–21, un partido que Argentina controla durante largos tramos y que se le escapa en los minutos finales, dejando una sensación de desconcierto que va más allá del marcador. No es una derrota traumática, pero sí una señal temprana de que el equipo no termina de gobernar los momentos decisivos. Esa Francia aparece ya comandada por la bisagra tolosana Dupont-Ntamack, con nombres todavía en el candelero y capitales para les Bleus como el eterno Gael Fickou, Damien Penaud, o los hoy aún bastiones de la delantera Greg Aldritt, quizá el mejor 8 francés de la era profesional, emblema de los del gallo y del Stade Rochelais, o el también incombustible flanker de Toulon Charles Ollivon. Es una Francia de transición a la era Galthie, en la que aún está Francia inmersa y que está rodeada de más ruido que resultados, y que por aquel entonces estaba comandada desde el banquillo por un clásico como Jacques Brunel. 

Desde ese primer encuentro se percibe ya una falta de claridad en la gestión del juego, especialmente en el puesto de apertura, el eje del sistema. Si el discurso era trasladar Jaguares al Mundial, Joaquín Díaz Bonilla representaba la continuidad natural de ese modelo, el gestor que había hecho funcionar al equipo con precisión y fiabilidad, sin alardes pero con una coherencia interna incuestionable. La decisión de prescindir de él y apostar por Nicolás Sánchez, por aquel entonces en Stade Francais, lejos de su mejor momento de forma, y por Benjamín Urdapilleta, un apertura de mucho caché en Francia liderando a Castres pero completamente ajeno a la dinámica del grupo tras años fuera del circuito, rompe el principio básico del proyecto: ya no es el sistema el que sostiene a los jugadores, sino el equipo el que debe adaptarse a perfiles desconectados del proceso previo.

Argentina logra recomponerse parcialmente ante la Tonga del mito Ben Tameifuna, una suerte de jugador-seleccionador-directivo, y de Siale Piutau con una victoria por 28–12, un partido serio pero sin brillo, más trabajado que dominante, que no despeja las dudas de fondo. El tercer encuentro, ante Inglaterra, supone el golpe definitivo. La derrota por 39–10 no solo es amplia en el marcador, sino reveladora en lo conceptual. Inglaterra expone a una Argentina imprecisa, desordenada y sin capacidad para imponer su ritmo, muy lejos del equipo que había aprendido a competir en el Rugby Championship y del Jaguares que había alcanzado la final del Super Rugby. 

La bisagra no ordena, los automatismos desaparecen y el equipo entra en una dinámica reactiva que parecía superada. Hay que decir que aquella Inglaterra de Eddie Jones no era un rival cualquiera, ni siquiera un potente rival. Era un torbellino de rugby comandado por una tres cuartos demoledora en la que Ben Youngs alimentaba una línea descomunal comandada por el doble apertura formado por Ford-Farrell y que contaba con unos ejecutores casi inabordables como Johnny May, Eliott Daly, Henr Slade, Jonathan Joseph o Anthony Watson, respaldados por el martillo de Manu Tuilagi para ganar metros cuando no se podía correr. 

Todo ese caudal de talento estaba respaldado por una delantera en la que  sobresalían dos segundas de tremendo despliegue como Itoje o Lawes o una tercera en la que ya aparecían dos de los mejores jugadores del mundo en el arte del placaje y del juego en el suelo como Tom Curry y Sam Underhill. Esa Inglaterra deslumbró en el mundial, con especial mención a la primera parte de la semifinal, en la que borraron del mapa a los All Blacks. El último partido de la fase de grupos se cerró con  una victoria clara ante la  Estados Unidos  de Titi Lamositele, AJ McGinty, Blaine Scully y Mike Teo`o por 47–17, llegó con la eliminación ya consumada y no alteró la lectura global: Argentina cae en la fase de grupos del Mundial 2019, un desenlace llamativo no tanto por los resultados aislados como por el contraste con el contexto previo.

La explicación que ofrecen muchos analistas es coincidente y apunta directamente a la gestión del modelo de juego. Bajo Ledesma, Argentina simplifica de forma excesiva su propuesta, tratando de ordenar y controlar un equipo que había crecido precisamente gracias a su complejidad y riqueza colectiva. Los delanteros, que en Jaguares habían adquirido un rol activo como pasadores, fijadores y generadores de continuidad, quedan reducidos a funciones básicas de choque y limpieza, perdiendo la capacidad de enlazar fases y sostener secuencias largas. Se empobrece así uno de los grandes avances del rugby argentino reciente: la delantera deja de ser un elemento dinámico para convertirse en un bloque funcional y previsible. Esa simplificación se traslada también a los tres cuartos, que pasan de moverse sobre múltiples capas de decisión a ejecutar patrones más planos y directos, con menos lectura del espacio y menor capacidad de adaptación.

 


 

El resultado es un equipo encorsetado, con menos autonomía en el campo y con miedo al error, justo lo contrario de lo que había definido al Jaguares de Quesada. En lugar de potenciar aquello que había funcionado, el staff opta por reducirlo, y en esa reducción se pierde la identidad que había permitido a Argentina competir de tú a tú en el hemisferio sur. Japón 2019 no representa, por tanto, el agotamiento del crecimiento argentino ni del modelo construido en torno a Jaguares, sino una mala traducción de ese proceso en el escenario mundialista. La continuidad existía, pero fue traicionada por decisiones que simplificaron el juego, empobrecieron el rol de los delanteros y rompieron la riqueza de movimientos tanto en la delantera como en los tres cuartos. Argentina llegó más preparada que nunca, pero decidió tocar precisamente las piezas que daban estabilidad y sentido al sistema, convirtiendo el Mundial en una oportunidad perdida más por cómo se gestionó el modelo que por las limitaciones reales del equipo.

En aquel equipo, con un 90% de jugadores de Jaguares, con las excepciones de los ya comentados Sánchez y Urdapilleta y del pilier de Saracens Figallo, destacaban los ya asentados como base en 2015. Gente como Creevy, Montoya, Cubelli, Petti, Lavanini, Matera, Moroni o Alemanno  conviven con la nueva hornada crecida en el Super Rugby y encabezada por Delguy, Boffelli,Marcos Kremer, Bruni, Malia o Santi Carreras. El cierre del mundial viene seguido de la Pandemi del Covid-19 y la anulación del Super Rugby tal como se conocía, sustituido por torneos locales En Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. Este hecho deja colgado al proyecto argentino e invita a su salida, no tanto por decisión de la UAR como de la SANZAR, en parte por su inviabilidad económica, por lo que Argentina se ve obligada a reinventarse tras perder el paraguas competitivo bajo el que había crecido en las últimas temporadas. Los Pumas seguirían, y siguen hoy día, jugando el Rugby Championship, pero se veían obligados a volver al modelo tradicional de gestionar la diáspora de los jugadores que tras la clausura de su franquicia de cabecera, se vieron obligados a hacer las maletas y desperdigarse de nuevo por el mundo.

2023 La vuelta silenciosa a la élite

La Argentina que alcanza las semifinales del 2023 lo hace tras un relevo significativo en el banquillo y desde una lógica muy distinta a la de ciclos anteriores. En 2022, la Unión Argentina de Rugby decide cerrar el ciclo de Mario Ledesma y apostar por Michael Cheika, un entrenador con un perfil muy definido: experto en torneos cortos, gestor de contextos de crisis y técnico pragmático, más orientado a competir que a construir procesos largos. El nombramiento no busca una revolución estética ni un proyecto estructural a largo plazo, sino recuperar competitividad inmediata en un ecosistema dañado tras la desaparición de Jaguares y la pérdida del Super Rugby como entorno de alto rendimiento.

Cheika llega a Los Pumas con un currículum tan contrastado como ambivalente. Es el responsable de la Australia subcampeona del mundo en 2015, un equipo sólido y competitivo, pero también el técnico que conduce a los Wallabies al fracaso del Mundial 2019, donde caen en cuartos de final y cierran un ciclo agotado. Cheika es un entrenador con mucha experiencia en clubs europeos de alto nivel como Lainster, con el que conquista un buen número de logros en la liga celta y un salto cualitativo muy grande en la Heineken Cup o  Stade Francais, con el que logra la Challengue Cup en 2011. Es un entrenador capaz de maximizar rendimientos a corto plazo y de estabilizar equipos titubeantes.


 

Bajo su mando, Argentina llega al Mundial de 2023 sin ruido, sin vitola de favorita y con expectativas contenidas, pero con una identidad clara y un objetivo nítido: competir. La fase de grupos refleja bien esa lógica. Los Pumas caen en el debut ante Ingaleterra(27–10), en un encuentro en el que caen ajusticiados por el pie de George Ford. Esa Inglaterra está lejos del brillo de 2019, pero es una selección muy sólida, que alcanza las semifinales tras acabar invictoa la fase de grupos y sufrir lo indecible en cuartos ante Fiyi,. Tras la ruidosa salida de Eddie Jones, Borthwick asume el mando de los de la Rosa y les devuelve estabilidad. En aquel equipo todavía sobreviven Ford, Youngs, Daly Itoje, Curry, Farrell , May o Tuilagi, pero ya asoman jugadores hoy claves como Henry Arundell, que sale del sistema inglés tras la quiebra de London irish rumbo a Racing 92 pero regresa triunfalmente al radar en Bath, Ben Earl, Alex Michell el 9 de Northampton, la roca de Bath Ollie Lawrence o el talentoso apertura de Harlequins Marcus Smith,. Tras la derrota, reaccionan con victorias sólidas frente a la Samoa (19–10) de Ben Lam, Mcfarland o Fritz Lee, reforzada por el cambio de reglas de elegibilidad que le permite contar con ex Wallabies como Leali`ifano o ex All Blacks como el talentoso Lima Sopoaga.

Tras un cómodo triunfo en el emotivo duelo regional frente a la debutante Chile (59–5) de Videla, Rodrigo Férnandez o Matías Garafulic, los Pumas se imponen no sin dificultad a una Japón(39-27) que pese a estar dirigida por todavía por Jamie Joseph, ya sin Tony Brown, reemplazado por Stephen Jones, no es aquella Japón que asombró al mundo del oval en 2019 con un juego de ataque frenético. De aquella Ja´pon apenas quedan supervivientes del anterior mundial. Shota Horie, el tryman Matsushima ,Leitch, o Lemeki no cuentan con ya con Tatekawa, Tamura, Fukuoka o Fumiuki Tanaka para volar sobre el césped. Son un equipo mucho más lento y previsible y pese a ponerle las cosas difíciles a los Pumas, no pueden confirmar y sostener el gran salto dado en el anterior mundial.

En cuartos, Argentina supera con autoridad a Gales (29–17), probablemente su mejor partido del torneo, combinando solidez defensiva, pragmatismo ofensivo y una lectura muy madura del contexto. Favorecida por el sorprendente desenlace del grupo con el que se cruzaba, en el que la debacle Australiana, la agónica victoria contra Fiyi y la posterior anomalía de la derrota isleña contra Portugal coloca a la ya en declive Gales de la segunda etapa de Warren Gatland ante la oportunidad de pelear por las semifinales. En un partido muy sobrio, guiado por el pie del ala de Edimburgh Emiliano Boffelli y en el que un placaje providencial del Tute Moroni a Rees Zammit en puerta de ensayo condiciona el marcador final abortando la posibilidad de victoria galesa. Aquella Gales es una selección que ya asoma al precipicio, pero en la que aún destacan George North, ya jugando de 13, Liam Williams en el zaguero, los últimos coletazos de Dan Biggar o el buen hacer de Gareth Davies en el 9, amén del ya citado rees Zammit, jugador de gran rendimiento que acaba de retornar a Bristol tras su fallida experiencia en la NFL

La semifinal ante Nueva Zelanda marca el límite del proceso: derrota clara (44–6) ante un rival de un escalón superior, sin colapso emocional pero también sin capacidad real de discusión. Aquella Nueva Zelanda viene de unos cuartos épicos en los que derrota a la favorita irlanda de Andy Farrell, y es un equipo muy potente pero ya crepuscular, en el que Ian Foster intenta estirar el chicle de la etapa más exitosa de la historia amparado en un rugby sencillo, basado en una defensa inteligente más que contundente y en las prestaciones ofensivas que aún son capaces de ofrecer e imponer a las del resto de equipos leyendas como Aaron Smith, Barrett desde el 15, Retallick o Whitelock, secundados por astros como Mo`unga, Ardie Savea, Rieko Ioane, Cody Taylor o Will Jordan. Una selección que mezcla los últimos supervivientes del ciclo dorado con nuevos talentos y otros jugadores con ganas de resarcirse del fracaso de semifinales de 2019. Un equipo, que curiosamente, no parte como favorito al título al comenzar el mundial, pero que, lejos ya de la excelencia, suple con calidad y oficio sus limitaciones(benditas limitaciones) y se planta en la final con todo merecimiento frente al muro sudafricano.

En el partido por el tercer puesto, Los Pumas vuelven a caer ante Inglaterra (26–23), cerrando el torneo en cuarta posición pero con la enorme satisfacción de haber cumplido con creces sus objetivos. Este mundial supone el adiós de mitos como Tomás Cubelli, Juan Imhoff, Nicolas Sánchez o Agustín Creevy del escenario mundialista. Argentina es un bloque heterogéneo en el que destacan AÚN Tute Moroni, hoy viviendo en Bristol una segunda juventud, Pablo Matera, que tras salir de Jaguares pasa por Stade Francais y Crusaders para luego recalar en Japón, Marcos Kremer, uno de los mejores jugadores del mundo en el set piece y plenamente consolidado en Clermont tras pasar por Stade Francais tras su salida de Super Rugby, el versátil Santiago Carreras, hoy en el dominante Bath tras su paso por Gloucester, el tryman Mateo Carreras, hoy en Bayona tras su gran papel en Newcastle, los dos talentos de Toulouse, Mallia y Chocobares, el polivalente tres cuartos de Saracens Lucio Cinti, Julian Montoya o el completísimo flanker, también jugador de Saracens, Juan Martín Gonzalez Samso ,o el potentísimo pillier de Benetton Thomas Gallo. El modelo Jaguares es el vivero original de la gran mayoría de estos jugadore. Unido a la prolífica cantera argentina de clubs posterior a la franquicia, y al hoy aún ligero, pero previsiblemente en el futuro mayor impacto del aporte de las franquicias de Super Rugby América, garantiza un flujo casi inagotable de jugadores de primerísimo nivel.

El balance final define con precisión el significado del ciclo Cheika: Argentina no regresa a la élite desde la épica ni desde la sorpresa, sino desde el orden, el pragmatismo y la competitividad. No es un equipo dominante ni revolucionario, pero sí uno que vuelve a estar preparado para discutir partidos grandes y para instalarse, aunque sea sin estridencias, entre las mejores selecciones del mundo. Una vuelta silenciosa, más funcional que romántica, que confirma que el proceso posterior a 2019 no estaba muerto, sino simplemente a la espera de un gestor capaz de recomponerlo.

El recorrido histórico de estos dos artículos por su periplo en los  Mundiales sirve también para contextualizar a Argentina como rival de España y para asumir, con naturalidad, que estamos ante una selección que queda fuera de nuestro alcance por historia, por estructura y por la calidad y la cantidad de jugadores de los que dispone. No es una cuestión de resultados concretos ni de partidos aislados, sino de peso específico acumulado a lo largo de décadas. 

Frente a Argentina, España no competirá por dominar, sino por  momentos, por tramos de partido y por sensaciones, y cuando logre, si lo hace, incomodar o discutir fases del juego, ese ya será  un éxito relativo. Lejos de desanimar, esta comparación ayuda a entender qué es lo que construye una historia mundialista: no solo victorias, sino presencia, aprendizaje y la capacidad de medirnos con selecciones que han sabido convertir sus apariciones en los Mundiales en una sucesión de hitos reconocibles. Ese es el camino que explica por qué Argentina ha sido capaz de firmar actuaciones de éxito en la Copa del Mundo y el horizonte al que, con paciencia y realismo, España aspira a acercarse en el futuro a largo plazo.

 

Texto: Víctor García / Fotografías: J. Beausejour (portada y 1), A. Massie (2), NaBUru38 (3) y LTiR (4)

 

 

 

 


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