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Rumbo a Australia 2027 (IX): Iñaki Mateu, nuestro hombre para todo

 


Una trayectoria entre el XV y el seven

Nacido en Tucumán en 1997, Iñaki Mateu llegó a España con ocho años y se formó en la escuela del CD Hercesa, actual Rugby Alcalá. Comparte así sus primeros pasos con Gonzalo López Bontempo: cantera alcalaína y paso a Alcobendas con 16 años. Allí debutó con el primer equipo a los 18 y comenzó a hacerse un sitio en el rugby sénior, mientras formaba parte de la selección española que alcanzó la final del World Rugby Trophy sub-20 de 2016.

Santiago Santos le dio la primera oportunidad con la absoluta en la Nations Cup de 2017, frente a Argentina XV. Entraba en escena durante el ciclo hacia Japón 2019, en un equipo que abría espacio a jugadores jóvenes, aunque su siguiente paso le llevaría al seven. Entre 2018 y 2020 compitió con España en las Series Mundiales, dos temporadas de dedicación profesional y de enfrentarse a algunos de los mejores jugadores del circuito.

Con la pandemia y la incertidumbre sobre la competición, decidió regresar al XV. En octubre de 2020 fichó por Viadana, donde pasó dos temporadas en la máxima categoría italiana. En 2022 volvió a España para sumarse al ambicioso proyecto del Ciencias y compartir equipo con su hermano Guillo. Un año después, los dos se incorporaron a Burgos.

En ese tiempo también había recuperado su sitio en las convocatorias de Santos. Reapareció en el tramo final del clasificatorio para Francia 2023 y fue ganando continuidad en una selección que pronto tendría que comenzar de nuevo. En el arranque de esa nueva etapa queda un dato curioso: Mateu fue el apertura titular ante Canadá y Estados Unidos en La Vila International Cup de noviembre de 2023. Bouza ya había sido presentado, aunque todavía observaba desde un segundo plano y eran Miguel Velasco y Valentín Telleriarte quienes dirigían al equipo.

Desde su llegada a Burgos, se ha terminado de consolidar como un habitual tanto en Iberians como en la selección española. A sus 29 años, Mateu lleva ya mucho rugby encima: la liga española, dos temporadas en Italia, el circuito mundial de seven y la experiencia internacional con el XV del León. Ha sido profesional fuera de España y ha competido en escenarios muy distintos. Ese bagaje ayuda a entender la madurez con la que juega, su relación con los compañeros y los recursos que tiene para responder allí donde el equipo lo necesita.

La polivalencia al servicio del equipo

Podemos decir sin miedo a equivocarnos que en la figura de Mateu tenenos a nuestro utility más destacado. Puede que, al buscar un titular para cada puesto, su nombre no sea el primero que se nos venga a la cabeza. Eso ya depende de la valoración de cada uno. Pero, cuando el partido se complica, has movido el banquillo y necesitas reorganizar la línea, Mateu te permite seguir compitiendo. Puedes situarlo en cualquiera de los dos centros, llevarlo al ala o al zaguero e incluso recurrir a él como apertura con la confianza de que va a responder.

Cada posición tiene sus exigencias y tampoco se trata de atribuirle todas las virtudes. Como zaguero, la disputa aérea no es su principal argumento; como apertura, tiene buen pie corto, aunque no destaque de la misma manera por un pie largo que permita sostener las salidas de campo. Aun así, dispone de recursos para desempeñar esas funciones con solvencia y evitar que una contingencia obligue a descomponer el equipo o provoque una caída sensible de su rendimiento.

Esa capacidad tiene mucho que ver con su disciplina táctica. En mi lectura, Mateu reconoce los patrones trabajados y toma buenas decisiones dentro de ellos. Cuando ocupa el primer centro, resulta interesante observar su intervención como primer receptor y su participación en la circulación del balón. Ahí se puede valorar qué aporta como organizador, además de su capacidad para resolver una emergencia.

Uno de los partidos en los que mejor pudimos apreciar las posibilidades de Iñaki Mateu como primer centro fue la victoria de España ante Países Bajos en Ámsterdam (33-51), en febrero de 2026. Aquel encuentro nos dejó una primera mitad española especialmente brillante en ataque, al amparo del dominio de su delantera, particularmente en la touch, y de una notable capacidad para construir el juego a partir de contactos favorables y una circulación extraordinariamente fluida.

Mateu, titular con el 12 junto a Samu Ezeala, fue una pieza importante de aquella propuesta ofensiva. Más allá del ensayo con el que abrió el marcador, destacó su participación en un sistema que alternaba diferentes planos de ataque, multiplicando las amenazas y las soluciones disponibles para el portador. En determinadas situaciones, Mateu asumía directamente las funciones de primer receptor, ofreciendo una amenaza vertical creíble y disponiendo de apoyos interiores y exteriores, mientras Gonzalo Vinuesa aparecía a su espalda, liberado de la primera presión defensiva y con mayor tiempo y espacio para organizar el juego.

En otras situaciones, Mateu intervenía como distribuidor desde posiciones más profundas, demostrando una notable capacidad para interpretar el movimiento de sus compañeros y dar continuidad al ataque. Buena muestra de ello fue su participación en el ensayo de Ezeala, con un pase por encima de la cabeza que liberó a Martiniano Cian antes de que este conectara con el segundo centro. También resultaron interesantes sus intervenciones en diferentes variantes de lanzamiento desde la touch, tanto como primer receptor como en asociaciones cortas con los delanteros.

Su actuación en Ámsterdam dejó claro que no solo puede jugar de primer centro cuando las circunstancias lo requieren, sino que conoce bien lo que exige la posición. Un 12 capaz de atacar la línea, fijar defensores, distribuir y participar activamente en la organización ofensiva sin necesidad de monopolizarla.

Y tampoco fue una experiencia aislada ni limitada a un rival de menor entidad. En noviembre de 2025, ante Inglaterra A en Valladolid, Mateu sustituyó a Álvar Gimeno al descanso y disputó toda la segunda mitad como primer centro. Fue aquel extraordinario encuentro bajo la lluvia en el José Zorrilla, en el que España rozó una victoria de enorme resonancia antes de terminar cediendo por 25-29. Mateu respondió con solvencia en un contexto de enorme exigencia física y táctica, integrándose con naturalidad en el funcionamiento colectivo y participando en el notable trabajo de presión y persecución del juego al pie que realizó el equipo español. Le tocó afrontar, además, los complicados minutos finales, cuando el desgaste comenzó a pasar factura a una España que había competido a un nivel altísimo durante prácticamente todo el encuentro.

Lo visto en Ámsterdam y Valladolid confirma que Mateu puede desenvolverse perfectamente como primer centro, tanto en un contexto favorable para el juego ofensivo como ante un rival de máxima exigencia. No estamos hablando de un parche para cubrir una ausencia, sino de un jugador que conoce la posición, entiende sus responsabilidades y puede aportar al funcionamiento colectivo desde ella.

Como apertura también tenemos un muy válido ejemplo reciente. Lo encontramos en la ventana internacional de julio de 2026, durante la victoria de España frente a Tonga (19-32). Mateu sustituyó a Gonzalo López Bontempo en el minuto 47 y asumió la dirección del juego desde el puesto de apertura, en un encuentro de máxima exigencia física y competitiva.

Su aportación fue notable. Sumó diez puntos, con un golpe de castigo, un ensayo y su posterior transformación, pero, más allá de su contribución al marcador, destacó su capacidad para interpretar las necesidades del partido. Su ensayo, nacido de un balón suelto tras una touch rival, fue una magnífica demostración de lectura del juego: identificó inmediatamente el espacio, superó la última cobertura con una patada a seguir y culminó él mismo la acción.

Una actuación que, sin convertirlo necesariamente en un apertura especialista, volvió a demostrar que Mateu es mucho más que una solución de emergencia. Incluso en una demarcación que no es la suya habitual, y ante un rival de considerable exigencia, es capaz de asumir responsabilidades, interpretar el juego y aportar soluciones de verdadero valor al equipo.

La versatilidad de Iñaki Mateu le ha llevado, y le puede llevar si el equipo y las circunstancias de partido lo requieren, a cubrir las posiciones más exteriores de la tres cuartos. En el ya lejano 2022, Santiago Santos llegó a utilizarlo como zaguero titular en la final del Rugby Europe Championship frente a Georgia, en Tiflis, un encuentro de máxima exigencia que constituye otro buen ejemplo de su capacidad para asumir responsabilidades lejos de su demarcación habitual.

Posteriormente, también lo hemos visto ocupar puntualmente la posición de ala, generalmente como consecuencia de sustituciones, lesiones o contingencias que obligaban a recomponer la estructura del equipo durante los partidos. No hablamos de una demarcación en la que haya tenido continuidad, sino de intervenciones circunstanciales en las que Mateu ha vuelto a poner su versatilidad al servicio de las necesidades colectivas.

De todo esto que hemos explicado podemos sacar la conclusión más valiosa. Mateu es nuestro verdadero chico para todo, pero no simplemente por su capacidad para desenvolverse en diferentes demarcaciones, sino porque su presencia permite resolver contratiempos sin necesidad de trastocar toda la organización de la línea de tres cuartos. Su capacidad para desplazarse a otra posición evita, en muchas ocasiones, una sucesión de cambios que acabarían obligando a otros jugadores, menos polivalentes, a abandonar sus puestos naturales.

En definitiva, disponer de un jugador como Iñaki Mateu permite improvisar lo mínimo posible incluso cuando las circunstancias obligan a improvisar. Porque su verdadero valor no reside únicamente en la cantidad de posiciones que puede ocupar, sino también en la cantidad de compañeros que, gracias a él, pueden seguir jugando donde mejor rinden. Una cualidad extraordinariamente valiosa en el rugby internacional y que convierte a Mateu en una pieza de enorme utilidad tanto para un quince inicial como para la composición del banquillo.


 

Un segundo centro con recursos para dar continuidad

Para mí, donde mejor expresa su repertorio es en el 13. Mateu es un centro «jugón». Tiene buenas manos, una técnica de pase depurada y facilidad para combinar en corto. Destaca por su aceleración en pocos metros y por los cambios de ritmo y dirección con los que puede aprovechar un intervalo o hacer dudar al defensor antes de pasar.

Me parece especialmente interesante cuando interviene cerca de la línea de quince metros, donde el segundo centro puede encontrar algo más de espacio. A veces vemos a un jugador recibir ahí y parece que la jugada resulta sencilla porque tiene metros por delante. Pero ahí empieza una decisión difícil: leer cómo llega la defensa, amenazar con la carrera y acercarse lo suficiente para fijar sin consumir el espacio del compañero. Hay que saber cuándo acelerar, cuándo aguantar y cuándo soltar el balón. Mateu tiene evasión y capacidad combinativa para resolver esas situaciones.

También sabe jugar cuando aparece el contacto. No es un jugador especialmente potente, pero tiene habilidad para entrar con control, mantener el balón disponible y encontrar una descarga. Su pase corto permite prolongar la acción cuando el defensor ya se ha comprometido y el apoyo tiene una oportunidad para avanzar. En un ataque que busca circulación, permutas y continuidad, ofrece muchas soluciones.

Y su aportación sigue después del pase. Mateu acompaña la ruptura, vuelve a ofrecerse en corto y busca otra intervención. Ese hábito resulta muy reconocible en su juego: dar el balón y seguir cerca para que el compañero tenga una salida. Genera continuidad con la descarga y también con el apoyo. Tiene, además, fondo físico para sostener ese desgaste, encadenar esfuerzos y mantenerse disponible durante el partido.

Su paso como profesional por el circuito mundial de seven ayuda a interpretar esas cualidades. La lectura del espacio, la evasión y la relación con los apoyos se ponen allí a prueba constantemente. Cuando recibe con campo por delante, puede atacar al primer defensor y decidir si busca superarlo o combina con quien lo acompaña.

Lectura y coordinación en el puesto más sensible de la defensa de tres cuartos

La posición de segundo centro es probablemente una de las más exigentes desde el punto de vista de la toma de decisiones defensivas. El 13 debe interpretar lo que sucede por dentro, controlar las amenazas que aparecen por fuera y mantener la conexión con sus compañeros mientras el ataque desplaza el balón. No siempre puede resolver esas situaciones mediante un placaje frontal que interrumpa la circulación. Muchas veces debe acompañar el movimiento, ajustar su trayectoria y decidir en muy poco tiempo si conviene cerrar sobre el portador, sostener la posición o continuar desplazándose hacia el exterior.

En el sistema defensivo español esta responsabilidad es todavía mayor. La presión selectiva, combinada con el frecuente recurso al barrido, conduce muchas secuencias hacia los canales exteriores, donde el ataque encuentra espacios para seguir desplazando el balón y acumula distintas amenazas. El segundo centro queda así expuesto a situaciones de una considerable complejidad, no necesariamente porque exista un problema en su actuación individual, sino porque el propio funcionamiento del sistema termina concentrando buena parte de las decisiones en esa zona. Es importante tenerlo presente al valorar su rendimiento, especialmente cuando el rival consigue progresar por el exterior.

Y es precisamente en esta forma de defender donde Mateu tiene mucho que aportar. No es un placador frontal particularmente espectacular ni destaca por una contundencia que le permita imponerse sistemáticamente en el choque. Su fortaleza está en la lectura, la persecución, la capacidad para corregir trayectorias y el ajuste de su carrera a los movimientos del atacante hasta conseguir detenerlo. También aquí se reconoce su experiencia en el seven, donde los espacios son mayores y los defensores deben acostumbrarse a resolver duelos en los que el portador puede modificar su dirección prácticamente hasta el último instante.

Pero su aportación no se limita a esa capacidad para defender situaciones de uno contra uno en espacios abiertos. Mateu interpreta bien las relaciones entre los atacantes, reconoce cuándo debe mantener la conexión interior y cuándo necesita acompañar el desplazamiento del balón para evitar que se genere una superioridad exterior. Es un trabajo menos visible que un gran placaje, pero determinante para conservar la organización defensiva. En una posición como la suya, una decisión precipitada puede abrir un intervalo que comprometa a varios compañeros, mientras que una buena lectura permite sostener la estructura incluso cuando el ataque ha conseguido desplazar la defensa.

Además, en determinadas secuencias de la presión selectiva española lo vemos asumir una función especialmente relevante como punta de lanza. Es el primero en subir, establece una referencia para el resto de la línea y condiciona las posibilidades del ataque. Su colocación y la dirección de su carrera pueden enseñar un espacio, dificultar una línea de pase o precipitar la circulación del balón hacia una zona en la que sus compañeros puedan intervenir. No se trata simplemente de avanzar con agresividad, sino de hacerlo en el momento y con la trayectoria adecuados, entendiendo qué espacios quedan protegidos y cuáles necesitan la intervención de los jugadores que le acompañan.

Esa función exige una coordinación especialmente precisa. Cuando Mateu adelanta su posición, los compañeros deben interpretar su movimiento y ajustar sus propias trayectorias, pero él también necesita reconocer hasta dónde puede llevar la presión sin comprometer la conexión defensiva. La eficacia de esa intervención no depende únicamente de que consiga detener al portador, sino también de las opciones que consigue eliminar y de las condiciones en las que deja al ataque para la siguiente acción. Es una responsabilidad colectiva en la que el segundo centro tiene un protagonismo considerable.

Por eso considero a Mateu un buen defensor en el puesto de 13. Otros jugadores pueden ofrecer mayor contundencia en el placaje frontal, pero esa comparación, por sí sola, resulta insuficiente para valorar el rendimiento defensivo en una posición tan sensible. Antes del contacto hay que interpretar amenazas, gestionar espacios, coordinar movimientos y tomar decisiones que afectan al comportamiento de toda la línea. Mateu se desenvuelve bien en ese escenario y aporta una capacidad de lectura y corrección que adquiere todavía más valor dentro de una defensa como la española, en la que el segundo centro debe resolver con frecuencia algunas de las situaciones más comprometidas del sistema.


 

Rumbo a Australia 2027

Cuando pensamos en cómo mejorar la selección española, casi siempre acabamos buscando nombres nuevos, ya lo hemos desarrollado en artículos anteriores .Y me parece lógico. España debe seguir creciendo y explorando todas las alternativas a su alcance. Pero, en esa búsqueda, corremos el riesgo de perder de vista el valor de algunos jugadores que llevan tiempo ofreciendo un rendimiento más que notable y que han contribuido a consolidarnos en el escalón que hoy ocupamos dentro del rugby internacional.

Iñaki Mateu es uno de ellos. Ha estado ahí de manera casi permanente, atravesando diferentes etapas de la selección y respondiendo a lo que cada una de ellas le ha exigido. Y esto también merece ser valorado. Su disponibilidad, su conocimiento del equipo y su capacidad para adaptarse a distintas necesidades forman parte de un bagaje que no deberíamos despreciar.

Deportivamente, creo que ha demostrado nivel suficiente para competir por un puesto en cualquiera de los dos centros, especialmente en el 13, donde, a mi juicio, mejor expresa sus cualidades. Hemos visto cómo puede aportar continuidad y capacidad de asociación en ataque, pero también cómo responde a las exigentes responsabilidades defensivas de una posición particularmente delicada dentro del sistema español. Su candidatura puede sostenerse perfectamente desde ahí, sin necesidad de recurrir a su polivalencia para justificarla.

Pero es que, además, tenemos esa polivalencia.

Posiblemente nadie piense inicialmente en Mateu como el apertura, el ala o el zaguero de España para Australia. Aunque haya ocupado esas posiciones, incluso de inicio en algunas ocasiones, no son las demarcaciones en las que ha desarrollado la mayor parte de su carrera internacional. Sin embargo, cuando un partido se complica, cuando aparecen las lesiones, las expulsiones temporales o simplemente has agotado determinados recursos del banquillo, disponer de un jugador así puede resultar extraordinariamente útil.

Como apertura conoce los sistemas, interpreta las necesidades del equipo y tiene recursos suficientes para asumir la dirección del juego sin complicarse innecesariamente. Y si las circunstancias obligan a desplazarlo al ala o al zaguero, también puede ofrecer un rendimiento más que correcto. Evidentemente, tiene sus limitaciones en esas posiciones, como ya hemos señalado, pero lo importante es que puede responder sin que el equipo tenga que modificar sustancialmente su manera de jugar.

Y hay algo que me parece todavía más valioso. Mateu no solamente permite cubrir una posición que ha quedado desatendida; permite que otros compañeros continúen jugando donde mejor rinden. Evita que una lesión termine provocando una cadena de movimientos que desnaturalice buena parte de la tres cuartos. En definitiva, ayuda a improvisar lo mínimo posible precisamente cuando las circunstancias obligan a hacerlo.

En una Copa del Mundo, con una convocatoria limitada, partidos acumulados y situaciones difíciles de prever, este tipo de jugadores adquiere una importancia considerable. Podemos encontrar mejores especialistas para determinadas funciones, pero eso no significa necesariamente que todos ellos aporten más valor al conjunto de la plantilla. La cuestión no es únicamente elegir al mejor jugador para cada posición, también hay que pensar en cómo responderá el equipo cuando las cosas no salgan según lo previsto.

A todo ello añadiría su importancia dentro del grupo. Mateu conoce perfectamente a sus compañeros, lleva años compartiendo con muchos de ellos diferentes etapas de la selección y ha acompañado buena parte de su crecimiento competitivo. Hay un componente humano, de compromiso y pertenencia, que considero importante, aunque tampoco conviene exagerarlo ni convertirlo en el argumento principal. Su experiencia tiene también una aplicación deportiva evidente: conoce los movimientos, las asociaciones y las responsabilidades de quienes le rodean, algo que facilita enormemente su adaptación cuando debe cambiar de posición.

Por eso, para mí, Iñaki Mateu merece estar en Australia en 2027. No como reconocimiento a una trayectoria ni como premio por haber estado siempre disponible. Su rendimiento justifica perfectamente tanto su presencia en un quince inicial como su inclusión en un banquillo desde el que puede ofrecer soluciones muy diferentes.

Quizá haya jugadores con mayor potencial individual en determinadas posiciones, y seguramente seguiremos encontrando nombres que nos ilusionen más al imaginar el futuro de la selección. Pero hay algo que también deberíamos preguntarnos al confeccionar una convocatoria: ¿qué jugadores nos permiten afrontar más situaciones sin comprometer el rendimiento del conjunto? 

Y ahí Mateu tiene mucho que decir. Porque, al final, su verdadero valor no está únicamente en todo lo que sabe hacer, que es bastante, sino también en lo que permite hacer a los demás. Es uno de esos jugadores que quizá no siempre aparecen en el primer equipo que imaginamos, pero que resulta difícil dejar fuera cuando pensamos en todo lo que puede suceder durante un partido. Y, todavía más, durante una Copa del Mundo.

 

Texto: Víctor García / Fotografía: Domingo Torres 

 

 

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