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Análisis / Georgia-España (42-30): Un poco más cerca (o menos lejos)


España cayó por 42-30 ante Georgia, pero lo hizo en un partido plenamente competido de principio a fin. Más allá del resultado, este encuentro explica menos dónde está Georgia y mucho más dónde empieza a estar España. El mejor indicador de lo ocurrido en Tiflis no está en el marcador final, sino en el minuto 53, cuando España se puso por delante 21-23, confirmando que el partido se mantuvo abierto y vivo hasta bien entrada la segunda mitad, y que el punto de ruptura no llegó hasta la tarjeta amarilla a Boronat, a partir de la cual Georgia sí supo castigar con solvencia y alejarse en el marcador lo justo para no ver peligrar la victoria.

La primera parte explica bien el tipo de encuentro que se dio. España supo fiscalizar las indisciplinas y errores georgianos, transformándolos en 9 puntos, mientras que Georgia, sin realizar un gran partido ni imponer un ritmo alto, penalizó con mucha mayor eficacia los errores españoles, especialmente los de placaje y presión en momentos puntuales, sumando 21 puntos. No fue un encuentro fluido ni especialmente dinámico, ni mucho menos un partido en el que Georgia desplegara su versión más reconocible. De hecho, el poco ritmo y la escasa circulación de balón favorecieron más a España, que cuando pudo mover el balón y jugar en continuidad generó problemas reales a la defensa local.

El arranque de la segunda parte es, probablemente, el tramo más interesante desde la perspectiva española. España supo gobernar el caos, interpretar bien los momentos de transición, mover el balón con criterio, penetrar con apoyos, competir bien los balones aéreos y estar muy atenta a los errores georgianos. En ese contexto desordenado, España encontró sus mejores momentos de rugby, tanto en juego desplegado como en situaciones de desorden, llegando incluso a imponerse en el marcador durante varios minutos.

Conviene ser honestos y precisos en la lectura. Georgia no logró imponer su ritmo habitual, ese que suele construirse a partir de la acumulación de cargas de delantera, la fijación sostenida y la posterior apertura hacia los tres cuartos con ventaja estructural. Esa incapacidad para mandar desde el contacto puede interpretarse tanto como demérito georgiano como acierto español, y probablemente sea una combinación de ambos factores. Georgia no dominó el partido desde la continuidad ni desde el ritmo, y solo castigó con verdadera contundencia aquellas situaciones en las que la superioridad era clara e incuestionable, muchas de ellos por mala lectura del momento por parte española: bien por superioridad numérica, como ocurrió en la segunda parte, cuando cerró el partido recurriendo a los básicos, o bien por su superioridad estructural dentro de la 22, donde su delantera, más potente, sigue marcando diferencias, y donde la estructura defensiva española, no solo el sábado sino durante todo el torneo, está encontrando problemas para presionar adecuadamente al portador del balón y a las carreras de los apoyos.

España estuvo, además, muy bien dirigida desde dentro del campo. Con Kerman Aurrekoetxea gestionando el ritmo y los tempos con acierto, y un Lucien Richardis especialmente lúcido en la toma de decisiones, el XV del León supo jugar un partido complejo desde la lectura y no desde el automatismo. No fue un ataque sofisticado ni excesivamente estructurado, sino un ataque basado en elegir la opción más adecuada en cada momento, incluso bajo una presión constante, algo que habla de madurez competitiva.

El contraste con Georgia fue evidente. Sus tres cuartos, más acostumbrados a correr con el campo cuesta abajo, con ventaja frontal y fijaciones claras de su delantera, tuvieron muchas más dificultades para elaborar juego en un contexto sin ritmo, sin continuidad y sin dominio sostenido del contacto. Una carencia explicable tanto por la falta de automatismos ofensivos como por el reciente cambio de staff técnico y la situación de interinidad en el puesto de seleccionador de su actual cabeza visible, el italiano Marco Bortolami, que todavía no ha permitido consolidar un modelo claro de ataque atrás. Modelo, que además, previsiblemente se pueda cambiar a partir de Junio con la llegada del nuevo entrenador principal, el francés Pierre Henry Broncan. 

Ahora bien, ese buen gobierno español del partido no estuvo exento de peajes. En determinados momentos, España concedió demasiado barrido en defensa, apretó poco en los canales exteriores y renunció a ejercer una presión más mordiente. La intención era proteger el eje y no desestructurarse fuera, pero esa contención acabó permitiendo a Georgia jugar con inercia, ganar metros limpios de carrera y avanzar sin oposición real en fases en las que quizá habría sido necesario asumir más riesgo defensivo. Paradójicamente, el riesgo asumido fue similar —porque los metros y los huecos se concedieron igual—, pero sin el beneficio potencial que habría aportado una defensa más agresiva.

Eso no invalida que España también mostrara sus límites. Al XV del León le faltó continuidad en el juego y, en determinados tramos, madurar un punto más la jugada por delante para atacar con posiciones más claras. Aun así, incluso sin esa maduración, la defensa georgiana de tres cuartos —muy presionante precisamente porque España no siempre lograba fijar previamente— sufrió más de lo que cabría esperar ante el juego desplegado español.

El partido deja una idea de fondo muy clara: España todavía no está en el punto de poder imponerse a Georgia desde un partido “bien jugado”, ni probablemente lo esté en el corto plazo. A día de hoy, para competirle —y pelearle— el partido a Georgia, España necesita que el encuentro no fluya, necesita vivir en el error rival, en el caos, en la lectura inteligente de los momentos y en la correcta gestión del riesgo. Ese sigue siendo el terreno en el que hoy puede discutirle los partidos a una selección estructuralmente superior y que domina plenamente su estilo de juego. 

El resultado final no invalida las sensaciones, pero sí señala con precisión los límites actuales del modelo. A partir de aquí, el análisis se centra en cómo España logró competir gobernando el caos y en qué detalles —todavía— le impiden sostener ese dominio durante 80 minutos y le penalizan tanto en el marcador, una frontera que marcará el siguiente escalón evolutivo del equipo. 

Un ataque valiente (y consciente) 

Si algo define el planteamiento ofensivo de España en Tiflis es que no fue un partido de supervivencia, cuando muchos —probablemente la mayoría, y yo entre ellos— lo esperábamos así. Contra Georgia, históricamente, España ha sobrevivido a la propuesta: aguantar, minimizar daños, jugar lejos y castigar errores. Esta vez no. España propuso un ataque valiente, incluso en un contexto claramente desfavorable para el juego desplegado.

El equipo salió jugando desde campo propio, con el juego al pie como herramienta interiorizada tanto por los jugadores como por el staff, pero sin abusar de él. Y este matiz es fundamental. Ante el atasco frontal y la dificultad para generar balones rápidos por parte de los delanteros —algo que efectivamente ocurrió—, muchos esperábamos una acumulación de patadas bombeadas en la zona central, explotando el recurso aéreo de Bell y el trabajo de la presión posterior a la caída, encabezado  por Álvar Gimeno. Bell volvió a estar magistral Y Álvar también mientras estuvo en el campo también, sí, pero España no convirtió ese recurso en una muleta. Fue decisivo también en la gestión del juego a la mano, en la continuidad y en la toma de decisiones.

España siguió un plan, y lo más interesante es que supo adaptarlo. Hay aquí un elemento estructural clave: el rendimiento de la tres cuartos georgiana está muy condicionado por lo que generan —o no— sus ocho delanteros. Tiene talento evidente, con jugadores de primer nivel como Davit Niniashvili, probablemente uno de los mayores, sino el mayor de todos, talentos individuales del torneo, pero no es una línea inexpugnable. Es una tres cuartos humana, con defectos, con errores y con espacios atacables. Y España decidió ir a por ella, no desde la épica, sino desde la lectura.

Aquí conviene introducir un matiz importante. A veces se tiende a pensar que el rendimiento colectivo se garantiza simplemente acumulando nombres y estrellas, y el caso de Niniashvili en este partido es ilustrativo. Nadie discute su talento, pero su presencia respondió más a una decisión puntual que a un proceso sostenido: no estaba incluido en la lista inicial de 34 jugadores con la que Georgia planificó el torneo, fue incorporado la semana previa, y llegó tras una temporada cargadísima de partidos con La Rochelle.

Más allá de que acabara fabricando un ensayo —una acción que conviene contextualizar, ya que llega más por un fallo de placaje clamoroso español que por un acierto estructural suyo—, su partido fue errático, impreciso y por momentos desubicado, lejos de la influencia continuada que cabría esperar de un jugador de su calibre. El mensaje es claro: no basta con traer talento puntual para un partido si no existe una continuidad previa, un encaje definido y una inercia colectiva que lo sostenga. Es una reflexión que, además, España haría bien en aplicarse a sí misma: el crecimiento no pasa solo por sumar nombres, sino por dar continuidad a los que ya están.

Uno de los rasgos más claros del ataque español fue amenazar a la defensa georgiana desde muy cerca, jugando a pocos metros de la línea, más que sacar el balón inmediatamente hacia atrás en busca de amplitud automática. No fue tanto una consigna rígida como una respuesta reactiva al contexto, pero el patrón fue evidente y, además, funcionó. España activó la amenaza en corto, obligando a la tres cuartos rival a decidir rápido, a reajustarse de manera constante y a defender sin la inercia que suele darle su delantera.

Como no dominó por delante ni pudo madurar las jugadas en condiciones óptimas, el ataque español se apoyó en recursos de manipulación defensiva y continuidad, priorizando mantener a la defensa en reajuste permanente más que construir fases largas. Cuando el ruck se perfilaba claramente desfavorable —bien por la ausencia de una carrera que avanzara, por la falta de apoyos cercanos que permitieran fijar y jugar después, o por la acumulación de defensores cerrando cualquier opción de progreso—, la decisión fue prolongar el juego vivo, aun a costa de renunciar a una estructura clara. Una elección basada en la lectura de que la defensa georgiana estaba desordenada y era vulnerable, y en la convicción de que insistir en ese desorden ofrecía más ventajas que forzar una fijación improductiva.

Este enfoque cobró todavía más relevancia en la segunda mitad, cuando la línea de tres cuartos española quedó completamente recompuesta por necesidad tras las salidas por aplicación del protocolo de conmoción cerebral (HIA) de Pau Aira y Álvar Gimeno. Lejos de descomponer al equipo, esa reorganización dio lugar a una tres cuartos improvisada, con jugadores actuando en posiciones poco habituales: Cian como segundo centro y Kerman Aurrecoetxea ocupando el ala. Paradójicamente, ese reajuste añadió mordiente ofensiva. Ambos son jugadores muy activos con y sin balón, con tendencia a cambiar de posición, a ofrecer líneas interiores y exteriores, a encarar y, sobre todo, a jugar en continuidad. En ese contexto, el pase en descarga funcionó especialmente bien. Nuestro volumen de offloads, 9, un número muy alto para un equipo Tier 2, ilustra a qué quisimos y pudimos jugar.

España puso así en muchísimos aprietos a la defensa georgiana y merodeó la zona de ensayo desde su capacidad para leer el desorden. El primer ensayo español nace precisamente de esa lectura: tras un saque de centro y varias acciones con el ataque georgiano mal estructurado, Tani Bay detecta la ausencia de cobertura profunda, ejecuta una patada larga desde campo propio y acaba superando a Akaki Tabutsadze para posar el balón. No es una genialidad aislada: es lectura del partido.

El segundo ensayo es una secuencia de claridad y valentía colectiva. Se juega al cerrado, con Tabarot como primer receptor, que toma una decisión clave: no chocar cuando no hay apoyos suficientes para fijar, ya que todo lo que tiene detrás son tres cuartos desplegados. Descarga hacia Lucien Richardis, que conecta con Bell; este penetra y descarga en continuidad sobre Beltrán Ortega, uno de los jugadores más atrevidos del encuentro. Ortega percute, fija y da continuidad, y en la siguiente acción Tani Bay ataca sobre la carrera de Richardis, con la defensa ya deshecha, para culminar un ensayo de gran nivel técnico y conceptual.

Ese ataque valiente, sin embargo, tuvo peajes. En varios momentos, España forzó pases tensos y planos ante una defensa muy presente y presionante, tanto en lanzamientos desde fases estáticas como en intentos de salir a la mano desde campo propio, asumiendo riesgos elevados en zonas donde el margen de error era mínimo. En ese marco se encuadran decisiones mejorables como transmisiones precipitadas cuando el contexto pedía guardar el balón y aceptar una fase más.

La acción más representativa de esa precipitación no llegó desde una jugada lanzada, sino a la salida de un golpe de castigo a cinco metros. En esa situación, España optó por jugar a la mano y montar una plataforma de delanteros frente a una defensa completamente organizada, con todos los delanteros georgianos esperándote sobre la línea de marca. Más que una expresión de valentía, la decisión puede interpretarse como un exceso de ambición, especialmente teniendo en cuenta que la touch estaba siendo fiable y ofrecía una opción mucho más coherente para construir una plataforma de lanzamiento del juego en mejores condiciones.

España consiguió, además, plantarse varias veces en zona de ensayo rival, y ese es un dato muy relevante. Sin embargo, fue precisamente ahí donde se diluyeron algunas de las virtudes mostradas en el resto del campo. En los metros finales se intentó atacar con señuelos, pero con los dos planos ofensivos excesivamente juntos, lo que redujo el espacio efectivo para decidir. La segunda cortina apareció demasiado cerca, sin la profundidad necesaria para ganar tiempo y ensanchar la defensa, permitiendo a Georgia cerrar con facilidad y obligando a resolver por acciones individuales. Con un ajuste sencillo —retrasar más esa segunda cortina—, no es exagerado pensar que al menos un par de ensayos estaban al alcance.

Conviene, además, reivindicar el papel del juego al pie dentro de este planteamiento ofensivo. No fue una herramienta utilizada para aliviar presión de forma reactiva, sino un recurso activamente integrado en el plan de partido. España identificó que Georgia no estuvo especialmente acertada en la recepción de balones, ni en la construcción de un juego en transición tras recuperarlos, ni en la capacidad de montar contraataques o recolocar con rapidez a sus piezas para acumular fases. En ese contexto, la patada cumplió un doble objetivo: por un lado, obligar a Georgia a iniciar sus ataques lo más lejos posible del campo español; pero, además, y esto es clave, impidió que el rival pudiera organizarse ofensivamente, negándole continuidad, ritmo y posibilidad de acumular fases con su estructura habitual. El juego al pie se convirtió así en un baluarte ofensivo y defensivo a partes iguales, no por abuso, sino por uso inteligente, perfectamente calibrado al contexto del partido.

Es evidente, en cualquier caso, que a este ataque todavía le falta ese punto de capacidad para plantear y sostener un desafío físico continuado, el que permite imponer condiciones de manera prolongada. Pero conviene contextualizarlo: ese tipo de dominio es extremadamente difícil de mantener incluso para las grandes potencias frente a Georgia, que suele obligar a sus rivales a pagar un peaje físico altísimo y que, en muchos casos, solo es realmente sometida en los tramos finales de los partidos.

España, consciente de esa realidad, no intentó ganar una batalla que ni siquiera los mejores ganan de inicio. En lugar de eso, compensó la falta de impacto sostenido con movilidad, lectura y gestión inteligente del contacto, huyendo en cuanto era posible de los puntos de encuentro más congestionados, de los rucks llenos de manos y de kilos georgianos, y buscando escenarios donde la defensa rival tuviera que desplazarse, reajustarse y decidir. No fue una renuncia al desafío físico, sino una administración consciente del mismo, acorde al contexto, al rival y al momento evolutivo del equipo.

En conjunto, el mensaje es claro: España ya no solo resiste; también propone. El siguiente paso será calibrar mejor el riesgo, especialmente en zona de marca, pero el camino ofensivo trazado en Tiflis es, sin duda, un paso adelante real. 

Defensa: orden, lectura y un error recurrente 

Para valorar con justicia el rendimiento defensivo de España es imprescindible separar dos planos distintos: cómo llegan los ensayos y qué tono defensivo sostiene el equipo durante el partido. Solo desde esa distinción se entiende por qué, pese a encajar 42 puntos, el desempeño defensivo deja sensaciones mejores de lo que sugiere el marcador, pero también pone de relieve una carencia muy concreta y reiterada que acaba siendo decisiva.

Cómo llegan los ensayos

El primer ensayo llega tras un touch maul a cinco metros y es, a efectos prácticos, muy difícil de evitar. España logra inicialmente neutralizar el avance frontal de la plataforma y convertirlo en diagonal, pero Georgia reajusta con rapidez, realinea efectivos y sale por el costado, venciendo el empuje en apalnca español. El ensayo lo posa Vano Krkadze, el talonador georgiano, uno de los delanteros más determinantes del partido, un talonador pesado, un ball carrier a todos los efectos. Aquí pesa más la superioridad física en estática que un error defensivo claro.

El segundo ensayo empieza a señalar un patrón. Tras una secuencia previa de delanteros, Georgia construye una acción muy simple: el primer receptor aparece prácticamente en parado. La defensa española no salta con decisión y se produce un intento de placaje poco dominante, sin impacto ni control del contacto.

El balón sale con un pase muy corto, mostrando la espalda a la defensa, hacia la apertura, que juega inmediatamente sobre la carrera del centro. Nadie sale rápido a cerrar: la línea defensiva avanza despacio y de pie, permitiendo la entrada por el canal del 13 y la rotura de dos placajes blandos antes de posar. No hay engaño ni complejidad: hay falta de tensión en un momento crítico. 

El tercer ensayo conviene personalizarlo con precisión porque ayuda a entender buena parte de lo que vendrá después. El zaguero georgiano no aparece en sorpresa, no llega desde segunda cortina ni irrumpe desde atrás sin ser detectado. Está colocado en abierto, en su canal, perfectamente visible para la defensa desde el inicio de la acción. Tras un punto de encuentro, Georgia abre sin artificios: pase-pase, sin señuelos ni doble opción real. Niniashvili recibe con tiempo y espacio, no porque el ataque haya generado una superioridad estructural, sino porque la defensa barre de forma excesivamente conservadora y no engancha con decisión el uno contra uno.

El dato es revelador: rompe hasta tres placajes consecutivos antes de posar el ensayo. No hay maniobra sofisticada; hay contactos mal resueltos, que permiten avanzar fácil sin que se le llegue a rozar siquiera. Este ensayo enlaza directamente con el segundo y anticipa el patrón que volverá a aparecer: no se concede por complejidad ofensiva, sino por falta de contundencia defensiva en los metros finales.

El cuarto ensayo es el único plenamente bien construido por Georgia. Llega tras el 21–23, con el partido abierto: acumulación de fases, choque, paciencia y fijación hasta mover el balón de lado a lado con continuidad. España resiste varias fases, pero acaba cediendo ante una secuencia bien ejecutada que sí genera desajustes reales.

El quinto ensayo vuelve a incidir en el mismo patrón que el segundo, más allá de la inferioridad numérica española. El error no se explica por la inferioridad, sino por la resolución defensiva. Tras una cadena de pick and go que comprime y desgasta, el primer centro georgiano se alinea como primer receptor, con la apertura en segundo plano. No hay amenaza real: el primer receptor recibe en parado y libera el balón hacia atrás, mostrando la espalda a la defensa. Nadie sale con rapidez a cortar al segundo receptor, que recibe sin presión y, con una carrera diagonal sencilla, encuentra el camino al ensayo. Lectura clara, ejecución insuficiente.

El sexto ensayo, último del partido, merece un matiz específico, porque no responde al patrón descrito anteriormente. Llega tras una secuencia de relanzamientos georgianos que acaba entrando en las inmediaciones de la zona de ensayo. En esta acción, España sí ajusta mejor la presión, barre con mayor coherencia y no concede un espacio claro por mala lectura o falta de tensión.

Sin embargo, la inferioridad numérica acaba siendo determinante. El medio melé georgiano opta por un pase bombeado, que se salta a los defensores más inmediatos y deja a Tapladze completamente solo en el ala, resolviendo la acción sin oposición real. Aquí el ensayo llega más por la desventaja numérica y la calidad del recurso individual que por una mala gestión colectiva de la defensa española.

Más allá de los ensayos, España sostuvo durante muchos minutos un tono defensivo reconocible y ordenado. El plan fue claro: no perder el dibujo, subir de forma coordinada, condicionar la salida corta hacia los pods de impacto y ralentizar balones echando hombres al suelo. En campo abierto, el desempeño fue mejor que en partidos anteriores. Se trabajó con insistencia en cortar la circulación a la altura del canal del 13 para negar la irrupción del zaguero por los exteriores, especialmente entrando lanzado entre segundo centro y ala. Esa lectura estuvo bien ejecutada en varios tramos.

Apareció además la llegada del ala del lado abierto desde fuera para atacar cortar la circulación  fuera y obligar al rival a reorganizarse. No fue una defensa brillante, pero sí leída y trabajada.

El juego al pie reforzó el plan: obligó a Georgia a atacar desde lejos y negó ataques estructurados tras la recuperación. El pie defendió territorio y estructura. 

El problema: zona roja, balón fuera, presión organizada y placaje 

Aquí aparece el punto sensible. España firma 100 placajes realizados y 20 placajes fallados. El dato, aislado, resulta duro; contextualizado, es revelador: una parte muy significativa de esos errores se concentra en zona roja.

España defiende mejor lejos de su línea de marca que cerca de ella. Todo lo que hace bien en campo abierto pierde eficacia cuando el espacio se reduce, especialmente cuando el balón sale fuera. Aparece una tendencia a no romper el dibujo, a llegar juntos pero sin la agresividad necesaria, generando zonas francas por dentro al enfrentar a un ataque decidido y vertical contra una primera cortina excesivamente pasiva

Paradójicamente, cuando el rival acumula pick and go y cargas cortas, España sí defiende con dureza. El problema aparece después, cuando el balón sale a la línea en espacio reducido y no se engancha la presión.

Y aquí el matiz clave: no hablamos de acciones complejas. En muchos ensayos ni siquiera se cumplen los principios básicos para generar superioridades. Son acciones simples, mal amenazadas, que España no está resolviendo con la contundencia necesaria en los metros finales.

Este patrón ya se vio ante Países Bajos, apareció de forma más tenue frente a Suiza y se repite con claridad ante Georgia. No apunta a un fallo estructural del sistema, sino a un problema específico de ajuste y ejecución en zona de peligro. 

Más que una carencia estructural, lo que dejan estos tres partidos es la identificación clara de un mismo déficit, que se repite siempre bajo condiciones muy concretas: en zona roja, cuando el balón sale fuera y ante errores de ejecución en el placaje y en la presión inmediata sobre el segundo receptor.

El hecho de que el problema sea localizado, reconocible y recurrente invita a pensar que puede focalizarse el trabajo defensivo en su corrección. No es una tanto de sistema ni de organización general, sino de ajuste fino, tensión competitiva y contundencia en escenarios muy específicos del campo. Precisamente por eso, el margen de mejora es real y alcanzable. Estamos ante un desajuste palpable y preocupante en la medida en la que el rédito que saca el rival es directo en forma de puntos, pero a la vez es relativamente sencillo de corregir porque está muy focalizado en un contexto concreto. 

Fases estáticas: dignidad competitiva y lanzamientos funcionales 

Uno de los grandes focos de atención del partido estaba, inevitablemente, en las fases estáticas, especialmente frente a una Georgia que basa buena parte de su identidad competitiva en el dominio del contacto, la melé y el juego de delantera. El riesgo era evidente: perder balones, ser penalizados o quedar sometidos psicológicamente. Nada de eso ocurrió. 

La melé: competir sufriendo, pero sin complejos 

En melé, España compitió con mucha dignidad. No solo no se perdieron balones, sino que se conservaron todas las introducciones, incluso permitiendo algún lanzamiento de juego que ganó metros importantes. El ejemplo más claro llega en la primera jugada del partido, desde melé en campo propio: un lanzamiento sencillo pero bien leído, en el Que Kerman abre a Richardis y este combina con Gimeno que ataca el espacio fijando defensores y combina con Richardis por detrás de la carrera falsa de Mateu para liberar a Bell, con tiempo y espacio y combinar con  Martiniano Cian en el ala para que el despliegue gane una cantidad considerable de metros, quedándose muy cerca del ensayo.

No fue una melé dominante —ni se pretendía—, pero sí solvente y funcional, lo suficientemente estable como para permitir lanzar juego. Frente a una delantera georgiana de primerísimo nivel, eso ya es un dato relevante. 

Saques de lateral: asegurar antes que inventar 

En touch, el enfoque fue todavía más pragmático. Georgia presiona muy bien con sus torretas, compite con agresividad en el salto y dificulta cualquier lanzamiento sofisticado. España lo leyó bien y renunció conscientemente a la complejidad: se optó por bajar balones, asegurar posesión y construir desde ahí, más que por buscar engaños o movimientos excesivamente elaborados que podían comprometer la continuidad.

Hubo pocos lanzamientos estratégicos para tratar de confundir al rival, pero sí una clara prioridad por asentar el timing de salto y levantamiento, algo fundamental frente a selecciones de este perfil. El touch maul georgiano logró un ensayo, pero no masacró a España, ni generó una sensación de sometimiento continuado. Se compitió bien, se defendió con orden y, sobre todo, no minó la moral del equipo, algo clave en este tipo de partidos. 

Otro aspecto destacable fue la defensa tras lanzamientos de juego del rival. España se mostró solvente defendiendo tras melé y touch georgianos, más allá de alguna acción puntual. No hubo una sangría continuada ni un castigo sistemático tras fase estática, lo que refuerza la idea de que, en ese plano, el equipo estuvo dentro del partido.

En conjunto, las fases estáticas españolas no fueron brillantes ni dominantes, pero sí funcionales, competitivas y coherentes con el plan de partido. Permitieron asegurar posesión, lanzar juego cuando se dio la oportunidad y, sobre todo, evitar que Georgia impusiera su ley desde ahí. Frente a un rival que suele construir sus partidos desde el dominio absoluto de melé y e touch, salir indemne y con lanzamientos útiles es un paso adelante que conviene subrayar. 

Valoración final: más cerca, pero aún no lo suficiente 

Probablemente sea la vez que más cerca ha estado España en los últimos años de competirle de verdad el partido a Georgia, pero conviene ser francos: la victoria se escapó por errores defensivos de bulto, muy concretos, que ya se han repetido a lo largo del torneo.

Los datos globales —posesión, eficacia en fases estáticas, volumen de juego, presencia en campo contrario— invitan claramente a pensar en un partido peleable hasta el final, incluso ganable. No fueron guarismos de supervivencia, sino de competencia real. Sin embargo, el partido se decide en los metros finales, y ahí España falló donde no hay margen. Le faltó algo de claridad extra en sus resoluciones y de mordiente en las del rival

Lo preocupante —y al mismo tiempo esperanzador— es que esos errores no parecen estructurales. El equipo se mueve bien defensivamente en rangos amplios del campo, mantiene el dibujo, circula con orden y entiende cuándo y cómo presionar. Pero en momentos clave, especialmente en zona roja, reaparecen déficits de actitud, tensión, agresividad o determinación en el placaje, que acaban penalizando de forma desproporcionada.

Es legítimo señalar que Georgia no realizó un buen partido, pero eso no debe leerse como demérito propio. Al contrario: Georgia no estuvo cómoda porque España no se lo permitió. El plan español —consciente de sus limitaciones en el contacto ante una de las delanteras más potentes del mundo— fue buscar los puntos débiles del rival, mover el balón, jugar con continuidad y obligar a Georgia a defender situaciones que no domina tanto. La idea fue buena. El planteamiento fue bueno.

El problema aparece cuando esa buena propuesta no se acompaña de contundencia defensiva en los metros finales. Ahí es donde el partido se rompe. Y da rabia, porque los errores están muy localizados, no dispersos: se identifican, se repiten y, por tanto, son corregibles.

De cara a Portugal, el aviso es claro. Portugal es una selección con mucho peligro por fuera, precisamente en los canales donde España ha mostrado más fragilidad en este torneo. Si no se corrigen esos ajustes defensivos en zona roja, el castigo puede volver a ser severo.

Con todo, las sensaciones son muy positivas. España ha estado cerca, sabe por qué se le ha escapado el partido y tiene localizados los errores. Y es razonable pensar que Pablo Bouza los tiene igualmente identificados y trabajará sobre ellos en estas semanas previas a las semifinales.

El equipo está un poco más cerca. Ahora toca cerrar mejor, corregir esos fallos defensivos muy concretos y seguir creciendo.

Porque el camino es el correcto. Y porque, esta vez, la distancia ya no parece tan insalvable.

 

Texto: Víctor García / Fotos: Rugby Europe

 

 

 

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