Análisis / España-Suiza (53-14): Victoria funcional para domar el caos
España se sobrepone a las circunstancias y a un principio de partido para olvidar y acaba imponiendo la lógica para certificar su presencia en Semifinales del REC 2026
El 53-14 final no debe engañar. España necesitó mucho más que talento para sacar adelante un partido que se torció desde antes de empezar. En apenas 24 horas, el encuentro pasó de disputarse el sábado 14 de febrero a las 20:00 en La Balastera (Palencia) a jugarse finalmente el mismo sábado pero a las 16:00 en los Campos de Pepe Rojo en Valladolid, después de que Rugby Europe decidiera no celebrar el partido en Palencia al quedar el campo impracticable. Un cambio de sede y horario exprés que alteró por completo el contexto del encuentro.
A ello se sumó una climatología muy adversa en Valladolid, con el lógico frío castellano y fuerte viento, configurando un escenario poco propicio para el juego fluido y que terminó trasladándose al rendimiento español. España salió al campo contagiada de esa vorágine, firmando una primera mitad muy deficiente en casi todos los registros: falta de concentración defensiva, falta de contundencia en los contactos y un ataque desordenado, sin estructura ni continuidad. Durante cuarenta minutos, el equipo vivió de impulsos aislados y chispazos individuales, sin control del ritmo ni del partido. El 21-14 al descanso reflejaba más dudas que dominio.
El primer ensayo español obra de Bay, ilustra a la perfección lo que fue esa primera mitad. Bay saca con rapidez un golpe de castigo dentro de la 22 de Suiza y anota, pero la acción, más allá de su eficacia puntual, resume con claridad el enfoque erróneo del equipo español: no hay construcción previa, ni acumulación de fases, ni trabajo colectivo. Hay decisión individual y la convicción de que basta con ser mejor para marcar. España intentó imponer una supuesta inercia ganadora basada en nada, olvidando que las inercias no se presuponen, se construyen en el campo.
Esa dinámica se vio, además, alimentada por una selección suiza limitada, con carencias evidentes en lo técnico, lo táctico y lo físico, pero muy voluntariosa y con una actitud inicial claramente superior. Suiza ya había demostrado el fin de semana anterior frente a Georgia que, aunque no le alcanza para competir durante 80 minutos, es un rival al que hay que bajar al barro antes de poder doblegarlo. España no le otorgó desde el inicio ese rango competitivo.
No se trataba de marcharse al descanso con el partido resuelto en el marcador —algo poco realista en los primeros compases—, sino de transmitir sensaciones: control, rigor, seriedad y compromiso desde el primer minuto. Nada de eso ocurrió. España quiso ganar el partido antes de jugarlo, desde la jerarquía individual y no desde el esfuerzo colectivo, y terminó pagando esa falta de foco inicial con una primera mitad incómoda, desordenada y claramente por debajo de lo exigible.
Tras el descanso llegaría la reacción, pero esa ya es otra historia. Antes, el partido dejó una advertencia clara: ni el talento, ni el escudo, ni el contexto ganan partidos si no hay concentración, orden y trabajo desde el inicio.
Ataque: Pragmatismo para escapar de la depresión
La valoración ofensiva del partido entre España y Suiza deja claro que el encuentro se divide en dos mitades muy diferenciadas, y dentro de la primera, incluso en dos partidos claramente identificables. El arranque del encuentro es, directamente, y siendo generosos, extremadamente pobre por parte de Los Leones. Durante los primeros 25 minutos el equipo está completamente ausente en términos ofensivos. No se trata solo de imprecisiones técnicas, que son constantes, sino de una desconexión general del juego. España cede posesión incluso ante un rival como Suiza, el partido se juega con demasiado aire, sin continuidad ni control, los contactos no generan ventaja y los balones se caen con demasiada facilidad.
Los pases no encuentran destinatario claro, las decisiones se toman sin ventaja previa y las pocas tentativas ofensivas claras nacen sin mucho criterio y más fruto de pretender hacer valer la presunta superioridad técnica, sin estructura ni un plan reconocible de progresión. No hay secuencias largas ni patrones claros: el ataque español simplemente no existe durante ese tramo inicial, ya que no nace de una construcción coherente del juego, sino de una especia de voluntad implícita de imponer una supuesta superioridad previa. Los leones parecen confiar en una inercia heredada de su condición de favoritos más que e intentar generar ventajas reales as través de estructuras ofensivas reconocibles.
El primer ensayo de España es muy ilustrativo de ese contexto caótico. Llega tras una recuperación en un saque de centro y se resuelve a partir de un golpe de castigo jugado rápido por Bay a menos de diez metros de la línea de ensayo, culminado con un saque rápido de medio melé. Es una acción individual, oportunista, que no nace de una construcción ofensiva ni de una secuencia elaborada, sino del aprovechamiento inmediato de una situación puntual. Más que señalar una mejora real del ataque, el ensayo refleja el desorden general del partido y la incapacidad de España para generar ventajas de forma sostenida durante ese primer tramo.
El segundo bloque de la primera mitad comienza tras el 7–14 favorable a Suiza. A partir de ahí, España reacciona, espoleada más por la necesidad que por una claridad estructural. El marcador actúa como detonante y el equipo empieza a acumular más posesión, a jugar más tiempo en campo rival y a elevar el nivel de intensidad. El ataque sigue sin ser fluido ni especialmente elaborado, y las imprecisiones continúan, pero al menos España comienza a asumir cierto control territorial y a castigar con mayor frecuencia las malas recolocaciones defensivas suizas.
El ensayo de Laforga nace de una larga secuencia de pick and go que va cerrando progresivamente el juego bajo palos y comprimiendo a la defensa suiza alrededor del eje. En ese contexto, Bay decide invertir el sentido del ataque con un pase a Güemes, que inicia una breve carrera diagonal y conecta rápidamente con un pase bombeado y largo hacia Laforga, que resuelve con solvencia el uno contra uno. El ensayo resulta además especialmente ilustrativo si se observa el comportamiento de los tres cuartos españoles sin balón durante la secuencia previa. Mientras la cadena de pick and go va fraguándose y el juego se comprime alrededor del eje, Bay se desmarca mentalmente de la vorágine, frena la aceleración del juego y lee con claridad el estado de la defensa rival.
Al mismo tiempo, se aprecia cómo Bell y Güemes se recolocan con calma, incluso andando, preparando la inversión del sentido del ataque. Esa imagen ofrece una lectura muy clara de lo que aporta un mínimo de serenidad y de comprensión de la facilidad con la que la defensa suiza se desordena: no hace falta forzar ni acelerar en exceso, basta con pausar, ordenar a los jugadores sin balón y atacar el espacio correcto. El ensayo demuestra hasta qué punto, con muy poco y con una lectura adecuada, el camino hacia el ensayo puede resultar aparentemente sencillo.
La segunda mitad arranca con una España claramente más centrada. No hay una transformación radical ni una explosión de brillantez ofensiva, sino una toma de conciencia evidente. Ya sea por la charla en el vestuario, por el susto que supone el desarrollo de la primera parte o por un contexto general caótico que es absolutamente contraproducente y que ofrece una lectura clara y rápido de que no hacer o de que no seguir haciendo, el equipo entiende que no puede aspirar a una segunda parte brillante, pero sí a una segunda mitad funcional. Y eso es exactamente lo que ofrece.
España sale fuerte, mejora su solidez en las fases estáticas y en el contacto y comienza a mover el balón con mayor coherencia. Aparecen los pullback pass para fijar la primera cortina y liberar el balón hacia atrás, con Urraza como ejecutor destacado, y los contactos, liderados por Álex Saleta, pasan a ser claramente ganadores. El ataque no es sofisticado ni especialmente variado, pero sí pragmático, eficaz y mejor ajustado a las necesidades del partido.
En ese contexto, la pareja de centros formada por Marsinyac y Álvar Gimeno se pone el mono de trabajo. Ambos comienzan a ofrecerse más en profundidad, aportando verticalidad y capacidad de avance de metros. Destaca especialmente Marsinyac, que confirma los buenos augurios mostrados en los Europeos sub-18 y en el Mundial Sub-20. En los análisis publicados en este blog sobre el juego español en el mundial Sub20 del pasado verano, el nombre del centro de la academia de Toulouse aparece recurrentemente y en los mismos apartados que lo hace en su desempeño en este partido. Aporta capacidad de ruptura, pero también una lectura táctica muy interesante como primer receptor, liberando a la apertura para aparecer en segundas y terceras acciones y dotando de mayor riqueza al ataque español. Es una lectura plenamente funcional del juego, muy útil y productiva el pasado verano y exactamente lo que se requería en el partido del sábado tras una primera mitad muy deficiente.
Ese cambio de actitud queda muy bien ilustrado en el tramo comprendido hasta alrededor del minuto 50, cuando España ya ha puesto tierra de por medio con tres ensayos en apenas unos minutos recurriendo, fundamentalmente, a los básicos. El primero llega tras una touch-maul cerca de la línea de cinco metros. Pese a que la plataforma no es especialmente dominante y la defensa suiza frena el primer empuje, España encuentra una buena salida lateral, un giro hacia el cerrado bien ejecutado y Ovejero acaba posando. Poco después, ya con el equipo plenamente al mando del ritmo del partido, llega un nuevo ensayo tras una salida de melé sobre la línea de 15 lateral. Saleta arranca desde el ocho, se producen un par de relances con jugadores que fijan y paran la defensa, y el propio Saleta vuelve a aparecer moviéndose hacia el cerrado, chocando bajo con contundencia y finalizando la acción en la zona de marca.
Apenas unos minutos más tarde, tras una buena acción que parte desde el centro del campo, en el que un señuelo de Foulds amenazando con su carrera vertical descolgado entre los tres cuartos libera el balón en buenas condiciones para la segunda cortina ofensiva, para que Bell aveance y descargue para Cian que penetra y descarga en continuación hacia Marsinyac que llega como apoyo interior. Tras frenar los suizos la acción ya cerca de ensayo, Bay relanza con rapidez sobre la carrera de los delanteros, que son frenados sobre marca. La siguiente apertura, ya con los suizos rotos, presenta hasta otras tres opciones de delanteros en carrera, entrando Saleta, el más alejado de todos, con una carrera contundente en diagonal y poniendo tierra definitiva de por medio. Una acción bien tirada, sin muchas florituras pero efectiva, que demuestra el plus de activación del equipo tras la reanudación.
A partir de ahí, con el partido ya encarrilado, España comienza incluso a soltarse y a ejecutar con mayor naturalidad la estrategia más básica a la salida de fases estáticas. En una acción desde touch, Saleta combina con Marsinyac repitiendo un patrón ya visto frente a Países Bajos: Marsinyac traza una carrera interior, rompe la primera cortina defensiva y, con la defensa suiza completamente desordenada y el ataque español bien colocado al abierto, detecta la llegada de Piñeiro por el canal cerrado, que culmina la acción muy cerca de la línea lateral . En otra jugada posterior, a la salida de melé, Marsinyac se coloca como primer receptor, Gimeno entra como señuelo al hombro interior de la primera cortina Suiza y el balón se libera con una colgada corta hacia Bautista Güemes, que encuentra a placer a Minguillón para anotar octavo ensayo. Una estrategia básica, ejecutada con el timing correcto y que denota que al menos la cabeza, las manos y las piernas están a lo que hay que estar.
El partido se cierra con una acción solvente y bien leída. A la salida de un ruck, Güemes dispone de varias opciones: un pase a delantero en carrera hacia Raúl Calzón, una opción al desplegado o una solución corta. Opta por el pase interior en tip-on a Pau Aira, que entra cortando cerca y conecta con Pepe Borraz, que llega apoyando en carrera para cerrar definitivamente el encuentro.
En definitiva, España se centra, ejecuta los básicos con suficiencia y solvencia y eso le permite recuperarse. No borra las malas sensaciones de una primera parte muy deficiente, pero sí estabiliza el partido, se vence a sí misma y a la dispersión con la que había comenzado el choque y acaba llevándoselo con claridad, confirmando que, incluso sin brillo, el equipo es capaz de ordenar el caos y responder cuando el contexto lo exige.
Hay un aspecto que me parece oportuno destacar, y es la utilización, en un porcentaje mucho mayor que el visto en el partido inaugural, de un recurso como el tantas veces mencionado pullback pass u otro como los señuelos más básicos. Frente a Países Bajos, España mantiene una inercia ofensiva alta desde fases muy tempranas del partido. El ritmo de ruck es más elevado, hay mayor continuidad tras contacto y el ataque consigue alternar planos de forma natural: juego frontal, segundas cortinas, apoyos interiores y amenaza exterior conviven sin necesidad de introducir un recurso corrector. En ese contexto, el pullback pass no es imprescindible, como tampoco lo son los falsos portadores que atacan el intervalo, porque el balón ya fluye y la defensa rival está constantemente reaccionando.
Ante Suiza ocurre lo contrario. España llega a la segunda mitad tras una fase clara de atasco ofensivo: poca continuidad, escasa alternancia de planos y una primera parte dominada por la precipitación o la inacción. En ese escenario, el pullback pass o los movimientos básicos al espacio sin balón aparecen menos como una herramienta para castigar directamente a la defensa y más como un mecanismo de reordenación y aliviadero para el ataque desplegado. Permiten ganar tiempo, volver a alinear a los atacantes o atraerlos a un punto concreto, fijar mínimamente a la primera cortina y, sobre todo, sacar el balón limpio hacia fuera cuando el ataque no está encontrando soluciones naturales.
Es decir, estos recursos no surgen únicamente porque la defensa suiza sea más simple o más desordenada, sino porque España necesita bajar una marcha y tirar de herramientas sencillas para volver a construir. El pullback actúa como válvula de escape en un ataque que viene de una fase de bloqueo y que necesita recuperar fluidez antes que sofisticación, y las falsas carreras ofrecen un punto extra de incertidumbre a la ya dubitativa acción defensiva.
A partir de ahí, el equipo puede volver a alternar el ataque al eje, la amenaza interior y la liberación exterior. Por eso, frente a defensas más ajustadas y con presión algo más alta en su primera cortina, estos movimientos pierden eficacia y pueden convertirse en un recurso más efectista que efectivo: no te regalan tiempo, ni espacio ni orden. Pero frente a un rival que concede recolocaciones lentas y, además, en un contexto en el que el propio ataque necesita rearmarse, se convierten en una herramienta especialmente útil para romper el atasco y devolver continuidad al juego.
Conviene matizar, además, que estos recursos no aparecen acompañados de una sofisticación extrema del ataque ni responden a una evolución brillante del juego ofensivo. El propio desarrollo del partido —con un inicio tan desordenado— convierte en casi una anomalía el hecho de conseguir revertir una primera parte tan mala, ya que romper la inercia de un encuentro que arranca de ese modo suele ser especialmente complejo. En ese contexto, el pase en retroceso, junto al resto de recursos y resortes, no actúan como una palanca para activar un ataque más rico y complejo, sino como unas herramientas que facilitas volver a jugar sencillo. Permiten ganar profundidad, ordenar mejor a los jugadores, disponer de más tiempo para la toma de decisiones y generar superioridad numérica por fuera, algo fundamental para estabilizar el juego tras una fase prolongada de atasco.
Conviene precisar también el marco desde el que se realiza este análisis de estos recursos en concreto. Más allá de un partido gris, de un arranque poco vistoso y de un ritmo claramente insuficiente en los primeros compases, el foco no está en la estética del juego ni en su valoración global, sino en identificar qué elementos tácticos y estratégicos utiliza España para salir del atolladero. El interés no reside únicamente en el aumento de la concentración o en una mayor presencia competitiva tras el descanso, sino en detectar qué mecanismos concretos se activan para reordenar el ataque y devolverle funcionalidad dentro del desarrollo del partido.
Defensa: Una cuestión de actitud y concentración más que estructural
En el plano defensivo hay, en realidad, poco que analizar en profundidad, porque los problemas de España se concentran casi exclusivamente en los primeros 25 minutos de partido. A partir de ahí, el encuentro entra en una dinámica distinta en los Leones pasan a dominar desde el ataque y la defensa queda prácticamente sin exposición real. El grueso del diagnóstico, por tanto, se explica en ese primer tramo inicial, que resulta tan breve como preocupante.
Los datos y las sensaciones coinciden. En el minuto 10, España ya había concedido cuatro golpes de castigo, una cifra muy elevada que habla de desconcierto, de llegadas tarde y de mala gestión del contacto. En la primera parte, además, el equipo sufre una tarjeta amarilla que lo deja en inferioridad numérica durante varios minutos, agravando todavía más un escenario defensivo ya inestable. Pero más allá de la indisciplina, lo que se percibe es una descoordinación evidente entre los placadores y los jugadores que acuden a disputar el ruck. No hay sincronía en la secuencia contacto–suelo, se llega tarde a pescar, se entra mal a las disputas y, en muchos casos, ni siquiera se decide bien cuándo competir y cuándo replegar.
A esto se suma un aspecto especialmente preocupante: la tendencia a absorber el impacto en lugar de golpear. Defender esperando al rival, sin agresividad ni iniciativa, es siempre peligroso, pero lo es todavía más cuando el equipo no está plenamente centrado en el partido. España concede dos ensayos directos a Suiza defendiendo de manera muy deficiente la zona roja, ambos nacidos del contacto, de placajes pasivos y de una permisividad excesiva para que el rival gane metros en situaciones que deberían ser controlables.
En ese sentido, el partido reincide en errores ya detectados frente a Países Bajos. Allí, el problema defensivo aparecía tras fases largas de ataque, cuando el equipo no cambiaba el chip ni reactivaba la concentración al pasar a defender. Aquí, en cambio, el origen es distinto pero el resultado es similar: un inicio de partido en el que el equipo está completamente fuera, con malas ayudas interiores, entradas laterales en el placaje, falta de agresividad en el punto de contacto y una facilidad alarmante para que el rival avance tras el choque.
El resultado es que Suiza, un equipo voluntarioso, intenso y bullicioso en los primeros minutos, pero claramente limitado en cuanto a recursos ofensivos, consigue “comerle la tostada” a España en el arranque del encuentro. No lo hace desde la sofisticación ni desde una gran elaboración, sino aprovechando un escenario de desconcierto, permisividad y baja concentración defensiva por parte del favorito.
A partir de ahí, hay poco más que añadir. Cuando España se centra, recupera el control del partido y comienza a atacar con continuidad, la defensa deja de estar sometida. No hay grandes ajustes ni una evolución defensiva reseñable, simplemente porque el partido ya no lo exige. El problema defensivo no es estructural ni sistémico en este encuentro, sino claramente actitudinal y contextual. De nuevo, todo remite a la concentración, a la agresividad en el contacto cuando toca defender y a no conceder ventajas gratuitas en los inicios de partido.
El diagnóstico, por tanto, es sencillo y limitado, como lo fue el propio problema: una defensa muy deficiente durante 25 minutos, que concede demasiado ante un rival inferior sobre el papel pero superior en actitud, y que luego apenas vuelve a ser puesta a prueba. No da para mucho más análisis, pero sí refuerza una idea que empieza a repetirse: cuando España no está plenamente conectada desde el inicio, la defensa sufre incluso ante rivales que, en condiciones normales, no deberían ponerla en apuros.
Fases estáticas: Un fiel reflejo del desarrollo del partido
En cuanto a las fases estáticas, también funcionan como un indicador bastante fiel del estado general del partido y de su desarrollo. Con mucha frecuencia, la solvencia en melé y en los saques de laterales va directamente ligada a la solvencia en el juego, no tanto desde la brillantez, sino desde la capacidad de ordenar el equipo cuando el partido se vuelve espeso. Cuando las cosas no salen pero el equipo está concentrado, las fases estáticas suelen convertirse en un refugio desde el que lanzar el juego y recuperar cierto control. En la primera mitad, sin embargo, no ocurre nada de eso.
Durante el arranque del partido, España no consigue apoyarse en las fases estáticas. Suiza logra frenar los touch mauls, la melé sale a trompicones y no se saca rédito de situaciones claras de anotación vía touch en veintidós rival. Más allá de la ejecución puntual, todo ello es reflejo directo del desconcierto con el que España empieza el encuentro: falta de tensión competitiva, poca claridad en las decisiones y ausencia de esa mínima solidez que suele permitir, al menos, construir desde lo básico. Las fases estáticas, lejos de ser un punto de apoyo, se convierten en una extensión más del problema general del equipo.
Es cierto que el día ventoso que salió en Valladolid condicionó especialmente los saques de lateral, añadiendo dificultad a la precisión en el lanzamiento y en el timing del salto. Pero ese factor ambiental no explica por sí solo lo ocurrido. De hecho, cuando el equipo se centra en la segunda mitad, se aprecia una adaptación clara: España tiende a asegurar los lanzamientos, optando por saltos más cercanos a la zona de lanzamiento y reduciendo el riesgo, lo que confirma que el problema inicial no era únicamente técnico ni climático, sino también de enfoque y de lectura del contexto.
La segunda mitad vuelve a ofrecer un contraste muy claro. Apenas dos minutos después de la reanudación, un touch maul bien gestionado se traduce en un ensayo. Poco después, la salida de una melé genera el ensayo de Álex Saleta, y más adelante, una acción de estrategia a la salida de una touch provoca el ensayo de Nacho Piñeiro. Sin necesidad de grandes alardes ni de plataformas dominantes, las fases estáticas pasan a cumplir su función: ofrecer una base solvente desde la que lanzar el juego y capitalizar situaciones favorables.
En ese sentido, la evolución de las fases estáticas durante el partido es prácticamente paralela a la evolución del propio equipo. Se pasa de un inicio desordenado, en el que no se saca rédito de ninguna situación clara, a una segunda mitad en la que, sin llegar a la brillantez, las fases estáticas son suficientemente fiables como para sostener el juego ofensivo y generar puntos. No hay excelencia ni dominio absoluto, pero sí funcionalidad, adaptación y una lectura más coherente del momento del partido.
Así, sin necesidad de hablar de brillantez en ningún momento, las fases estáticas acaban siendo un espejo bastante fiel del encuentro: reflejan el desconcierto inicial, la posterior activación del equipo y la capacidad de España para reencontrarse consigo misma a través de lo más básico.
Valoración final: Seguir aprendiendo de estos partidos y de estas situaciones
Puede parecer obligado —y en cierta manera lo es— pasar por encima de equipos que cargan con la etiqueta, a menudo injusta, de “inferiores”. Pero precisamente por eso, este tipo de partidos suelen ser mucho más complejos de lo que aparentan. Se tienden a considerar encuentros fáciles y, sin embargo, son partidos que dan miedo. No tanto por el resultado final, que salvo una hecatombe de proporciones extraordinarias rara vez desemboca en un desastre, sino por todo lo que generan alrededor. Porque estos partidos, cuando no se gestionan bien, alimentan una sensación difusa de pesimismo, de desidia y de incomodidad que acaba trasladándose a todos los estamentos del rugby español: jugadores, entrenadores y aficionados.
Son encuentros en los que es muy difícil salir reforzado. El escenario está construido de tal forma que el triunfo es casi una obligación y la victoria no se celebra, mientras que cualquier dificultad, cualquier tramo gris o cualquier error se magnifica. Es más fácil salir con la cornada que salir a hombros. Lo segundo roza lo imposible; lo primero está siempre al acecho, esperando cualquier fallo de concentración para instalarse en el relato. Por eso, la lectura de estos partidos exige un enfoque distinto, más funcional y menos emocional.
Esta valoración no se hace desde el triunfalismo, ni siquiera desde una dicotomía simple entre lo positivo y lo negativo. Se hace desde lo que se ve en el campo. ¿Hay aspectos preocupantes? Sí, claramente. Los errores de concentración y de actitud lo son, y no conviene minimizarlos. Porque el verdadero salto de nivel no consiste solo en jugar bien contra rivales exigentes, sino en elevar el suelo competitivo. Subir ese suelo de concentración mínima, de activación defensiva y de rigor mental. Cuanto más alto esté ese suelo, más fácil será alcanzar después el techo cuando el contexto lo exija. Si ese suelo no se mantiene, el equipo entra en una dinámica de valles y montañas que acaba afectando a su personalidad. Hoy se responde con solvencia ante un rival mayor, mañana se entra desconectado ante un partido aparentemente menor, y ese vaivén termina calando.
Limitar esas oscilaciones es uno de los grandes retos pendientes. No se trata de exigir excelencia constante, sino de evitar desconexiones profundas que condicionen partidos desde el primer minuto. En ese sentido, el valor de este encuentro no está tanto en el marcador como en la lectura que se haga de él. España consigue corregir el rumbo y sacar adelante un partido incómodo, pero el aviso queda ahí. Estos encuentros no se ganan solo con superioridad técnica ni con inercia competitiva. Se ganan, sobre todo, con una mentalización adecuada y con la capacidad de asumir que, aunque parezcan sencillos, son probablemente los partidos más difíciles de enfocar desde el punto de vista mental. Y ahí es donde, más allá del resultado, está el verdadero trabajo por hacer.
Texto: Víctor García / Fotos: FERugby


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