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Análisis: Iberians cumple y levanta el título


Castilla y León Iberians cumplió con el objetivo marcado a principio de temporada al proclamarse campeón de la Rugby Europe Super Cup y hacerlo, además, ganando todos los partidos con suma solvencia, con la excepción de la semifinal frente a Delta. Un desenlace que confirmaba la lógica competitiva del proyecto, pero que exigía ser refrendado en el campo.

Tras dejar atrás su partido más gris del torneo en semifinales ante el combinado neerlandés, los Iberians se impusieron con claridad a Lusitanos en una final en la que, sin alcanzar un nivel de brillo elevado, fueron dominadores en todos los registros relevantes del juego. No se trató de un ejercicio de inspiración puntual, sino de control, de buena lectura del juego del rival y de generación de ventajas a partir de sus errores y de la fortaleza española en el contacto en defensa y en ataque.

Desde el inicio, el equipo impuso el guion que le interesaba, apoyándose en una evidente superioridad física en los contactos, una defensa bien organizada que supo adelantar la línea y presionar alto en el instante en el que la circulación portuguesa hacia el exterior podía generar amenaza, y una muy buena presión de los balones aéreos, ya fueran en salidas desde campo propio en juego lanzado o desde saques de centro, donde el equipo fue especialmente efectivo

Fruto de ese guion tan bien aprendido y ejecutado desde el inicio, Castilla y León Iberians golpeó muy pronto en el marcador, anotando dos ensayos en los primeros minutos de partido que marcaron de forma clara el desarrollo de la final.

El primer ensayo llegó prácticamente desde el pitido inicial, cuando una excelente presión de  Cian y Triki provocó una pérdida inmediata del conjunto portugués. A partir de esa acción, Castilla y León dispuso de un saque lateral propio cerca de zona de marca y supo mover con criterio la defensa rival hasta encontrar el espacio para abrir el marcador.

El segundo ensayo fue consecuencia de un golpe de castigo a favor, generado tras forzar el error portugués en la recepción del saque de centro tras una rápida presión de un Triki muy activo en esta faceta durante todo el choque. La decisión de jugar a Touch permitió a los Iberians explotar de nuevo su dominio en el maul, confirmando la superioridad física que estaban imponiendo desde el contacto.

Dos acciones tempranas que no solo ampliaron la ventaja en el marcador, sino que reforzaron el control territorial y emocional del encuentro, obligando a Lusitanos a jugar desde una posición de clara desventaja desde los primeros compases.

A partir de ahí, el partido entró en una fase de control progresivo por parte de Castilla y León, que supo gestionar la ventaja sin necesidad de acelerar el juego. Sin un dominio abrumador de posesión ni continuidad ofensiva sostenida, el equipo español priorizó el territorio, la presión y la gestión del error rival, manteniendo al conjunto portugués lejos de zonas cómodas y obligándole a jugar de manera constante bajo presión.


 

La diferencia entre los primeros cuarenta minutos y el arranque de la segunda mitad, fue, sobre todo, la forma en la que se dominó el partido. En la primera mitad, Iberians construyó su ventaja desde un planteamiento extremadamente pragmático, basado en el aprovechamiento de los errores del rival, el control del territorio y la eficacia en las transiciones. No hubo un volumen abrumador de posesión en campo contrario ni una acumulación sostenida de fases, pero sí un dominio muy claro a partir de los balones aéreos en disputa, la presión posterior a la patada y la capacidad para convertir recuperaciones en puntos o en situaciones ventajosas, jugando muchas veces en campo rival sin necesidad de elaborar ataques largos.

Ese escenario cambió de forma evidente en los primeros veinte minutos de la segunda parte, donde el equipo español dio un paso más y pasó a dominar también desde la posesión. Con mayor control del ritmo, superioridad en el contacto y rucks más rápidos, los Iberians ganaron metros de manera continuada, pudieron montar plataformas ofensivas, acumular fases con fluidez y desplegar un juego mucho más lanzado y contundente, que terminó de romper el partido y reflejar la diferencia física y de automatismos entre ambos equipos.

Ya en los últimos compases del encuentro, la dinámica volvió a alterarse. La acumulación de infracciones por parte de ambos equipos, con constantes situaciones de superioridad e inferioridad numérica, borró de un plumazo el dominio sostenido que Castilla y León había impuesto tras el descanso y dio paso a un tramo final más desordenado y caótico. Ese contexto explica que, probablemente, el marcador final pudiera haber sido más contundente si no se hubiera resentido la concentración, sin que ello altere la lectura global de una final claramente dominada en los momentos decisivos.

Con este triunfo se cierra el primer episodio del proyecto profesionalizado de Castilla y León Iberians, pieza central del plan impulsado por la Federación Española de Rugby en el camino hacia el Mundial de 2027. Un resultado que, en términos estratégicos, podía esperarse, pero que había que competir, sostener y confirmar sobre el césped. El título cobra aún más valor si se pone en contexto con una semifinal muy exigente, resuelta solo tras el pitido final que puso fin al asedio de Delta sobre la zona de marca en busca de la victoria. Aquel partido dejó demasiadas dudas: por un exceso de confianza mal gestionado, por un planteamiento poco afinado, por el impacto de las bajas en la primera línea y, en general, por un rendimiento colectivo muy por debajo de lo esperado. Todo ello invitaba a afrontar la final con un pronóstico más incierto de lo previsto.

Sin embargo, el regreso, entre otros de Gonzalo Vinuesa, Aira o Martíniano Cian, jugadores que aportan mucho con y sin balón, junto a una mejor preparación mental y un ajuste claro del plan de partido, asentó al equipo, le devolvió claridad y mordiente ofensiva, y permitió construir una actuación mucho más coherente. A partir de ahí, el trabajo defensivo, la concentración y la gestión del contexto competitivo hicieron el resto, cerrando una final que disipó las dudas generadas en semifinales y confirmó la solidez del proyecto en su momento decisivo.

 

El plan defensivo: lectura, ajuste y dominio

La actuación defensiva de Castilla y León Iberians partió de una muy buena lectura de los puntos fuertes de Lusitanos, un equipo orientado a ensanchar el campo y construir ventajas desde el juego de tres cuartos, apoyándose en automatismos bien trabajados, pero también en la capacidad de evasión y en las buenas habilidades individuales de sus jugadores.

En los primeros minutos, ese planteamiento portugués encontró cierto margen de maniobra. Iberians mostró algo de nerviosismo inicial, concedió alguna carrera limpia y acumuló varios golpes de castigo evitables en el suelo, permitiendo a los jugadores lusos disponer de algo más de espacio del deseable para generar dudas, fijar por fuera o buscar soluciones individuales. Fue, no obstante, un tramo breve, más ligado al ajuste inicial que a un problema estructural de la defensa.


 

A partir de ahí, el equipo español ajustó muy bien lo que requería el partido y modificó su enfoque defensivo hacia un modelo en el que la distancia con respecto a la defensa y las decisiones del apertura rival eran el gatillo que activaba un tipo de presión u otra. La prioridad pasó a ser la solidez cerca  del eje para imponer el contacto, ralentizar el balón rival y, desde esa primera victoria defensiva, adelantar la línea de presión si Cabral se acercaba a la primera cortina para cortar la circulación portuguesa ya en el segundo pase, evitando que el ataque alcanzara su máximo ancho y pudiera desplegar todo su repertorio, o sostener una presión más uniforme y algo más leve si el 10 rival se alejaba, para llegar con más gente afuera o retornar mejor a reorganizarse si este salía al pie. En todo caso, Iberians nunca se descompuso y siempre trabajo rápido y bien el suelo para poder reorganizarse y cubrir mucho campo con un buen número de jugadores.

Ese ajuste fue clave en la primera mitad, no tanto por el volumen de fases defendidas como por la capacidad de condicionar el ataque rival, romper su ritmo y obligarle a jugar en escenarios incómodos. Lusitanos perdió continuidad, se vio forzado a decisiones precipitadas y fue incapaz de encadenar secuencias ofensivas limpias siempre que quiso acelerar el juego con sus tres cuartos, cometiendo muchos errores de manejo y concediendo mucha posesión a un Iberians que se manejó muy bien en transición, consiguiendo estructurar relativamente rápido sus ataques tras recuperación. El dominio en el contacto, unido a la capacidad de despliegue defensivo de delanteros como Foulds, Triki, Guirao o Boronat, provocó que en todo momento las dos primeras cortinas defensivas españolas estuvieran bien armadas, sin huecos y listas para lanzarse al portador del balón, hacerle retroceder y tener opciones francas de recuperar la posesión

A todo ello se sumó una gestión muy inteligente del juego al pie como arma de recuperación de la posesión y de negación de las contras portuguesas. Iberians renunció en muchísimas fases a salir jugando a la mano desde campo propio y optó por salidas al pie largas y bien dirigidas, acompañadas de una presión organizada y agresiva sobre el receptor. Cuando salió de campo propio a la mano, o bien lo hizo tras lanzamiento del juego desde lateral o bien en contrataques cuando el partido ya estaba roto y la defensa portuguesa agotada. La presión constante sobre las patadas forzó errores, generó pérdidas y dificultó de manera sistemática el contraataque portugués, alimentando además el juego en transición del conjunto español.

Es cierto que, en los últimos minutos, este dominio defensivo se diluyó parcialmente en un contexto de mayor desorden, acumulación de infracciones y constantes situaciones de superioridad e inferioridad numérica. Pero para entonces el partido ya estaba decidido. Más allá del peso que el ataque tuvo en el marcador final, la victoria se cimentó desde la defensa, y muy especialmente desde la presión, el control del territorio y la capacidad para anular a Lusitanos durante la primera mitad.

 

Planteamiento ofensivo: territorio, contacto y movilidad

En el apartado ofensivo, Castilla y León Iberians mostró un plan muy definido y coherente, con una prioridad clara: jugar la mayor parte del tiempo en campo contrario. Salvo en lanzamientos específicos desde fases estáticas —principalmente desde Touch— y en algunos tramos finales con el partido ya más abierto, el equipo evitó iniciar ataques profundos desde campo propio y optó por jugar, como mínimo, desde posiciones cercanas a la línea del 10 en mediocampo, reforzando siempre el control territorial. Incluso en situaciones relativamente favorables, Iberians no dudó en salir al pie cuando el contexto lo aconsejaba, manteniendo el partido lejos de su propia zona de riesgo.

Ese planteamiento tuvo un eje central: la superioridad en el primer contacto. Tanto jugando desde campo propio como, sobre todo, desde campo contrario, el ataque se construyó a partir de un primer pod de delanteros muy dominante, que condicionó el desarrollo del encuentro. La secuencia fue constante: bajada al suelo, contacto ganado, metros positivos —aunque fueran cortos— y defensa rival obligada a retroceder. Esa ventaja inicial permitió generar rucks en condiciones muy favorables y disponer de balones de calidad para correr, ordenar el ataque y mantener la iniciativa.

La superioridad sostenida en los contactos, especialmente cerca del eje, tuvo una consecuencia directa en la estructura ofensiva. Al ganar sistemáticamente la línea de ventaja y avanzar desde el origen, el equipo no necesitó sobrecargar el centro del campo con efectivos, lo que permitió liberar jugadores para otros roles. Ese dominio hizo posible ver con frecuencia a Guirao, Triki o incluso Urraza descolgados del eje, apareciendo en posiciones más abiertas y participando activamente en la generación de superioridades por los costados. No fue una desestructuración improvisada, sino una redistribución consciente de recursos, posible únicamente porque el avance inicial estaba garantizado.


 

El uso del pullback pass, tan habitual en los ñultimos meses, fue mucho más limitado de lo habitual, en buena medida porque el avance desde el origen fue, en la mayoría de las secuencias, claro y limpio, reduciendo la necesidad de recurrir a recursos de engaño profundo o de manipulación de la defensa. Aun así, cuando apareció, lo hizo en el momento justo y con máxima eficacia, como en la acción en la que Urraza fija la primera cortina defensiva y libera el balón hacia Gonzalo Vinuesa, explotando la diferencia de presión entre los delanteros que cerraban por dentro y los tres cuartos que llegaban tarde. La jugada permitió redistribuir apoyos por ambos costados y culminó con el ensayo de Beltrán Ortega, reflejando la capacidad del equipo para reordenar efectivos y generar sorpresa a partir de ventajas bien construidas.

En ese contexto, la aportación de Martíniano Cian fue, probablemente, el elemento ofensivo más determinante del partido. Ya en la primera parte estuvo cerca de encontrar una colada por el canal del 12, anticipando el impacto que tendría su movilidad. En la segunda mitad, ese protagonismo se tradujo en una acción decisiva: tras una cadena de avances que instala a Iberians en la 22 rival, Tani Bay abre el juego hacia Vinuesa, que forma una primera cortina muy plana, acompañada por varios apoyos exteriores. Con la defensa portuguesa amenazada por el contacto y por el posible despliegue hacia fuera, Cian aparece desde su ala en segunda cortina, atacando el canal del 12 y aprovechando el espacio generado por sus propios compañeros.

La lectura es perfecta: mientras la primera cortina fija y estira a la defensa, Cian recibe viniendo desde atrás, ataca el hueco generado con evasión y timing, y culmina la acción con un ensayo que ejemplifica su influencia constante en el juego. Una aparición más dentro de un partido en el que se descolgó de manera permanente, pidió balón, generó dudas defensivas y creó superioridades tanto con balón como sin él.

En conjunto, el ataque de Iberians no se apoyó en el volumen ni en la complejidad constante, sino en la claridad del plan, el dominio del contacto y la movilidad inteligente de sus jugadores. Un ataque funcional, flexible y profundamente colectivo, en el que la superioridad física permitió liberar talento y en el que la figura de Martíniano Cian simbolizó mejor que ninguna otra la capacidad del equipo para crear ventaja desde el movimiento y la lectura del espacio.

 

Fases estáticas: dominio funcional y bajo riesgo

En las fases estáticas, Castilla y León Iberians confirmó una tendencia clara: priorizar el control y la fiabilidad por encima de la sofisticación.

En melé, el dominio fue evidente. Iberians conservó todas sus introducciones, forzó varios golpes de castigo y, además, condicionó de forma clara la salida de balón del rival, obligando a Portugal a jugar balones sucios o a resolver en situaciones incómodas. Sin necesidad de lanzar salidas elaboradas ni estructuras complejas, la melé cumplió su función principal: generar ventaja territorial y situaciones favorables para el siguiente punto de contacto. Un dominio silencioso, pero muy eficaz.

En touch, la fiabilidad también fue alta. El equipo alternó touches reducidas con alineamientos completos, repitiendo patrones ya vistos tanto en Iberians como en la selección, con zonas de salto reconocibles y un planteamiento muy conservador. En esta ocasión, además, se priorizó claramente el uso del maul, mientras que los lanzamientos de juego fueron sencillos y poco variados.

Quizá ahí se echó en falta algo más de riqueza estratégica, especialmente en las inmediaciones de la 22 rival. No aparecieron con frecuencia recursos que habían funcionado bien en otros partidos, como la explotación del canal 1, los movimientos de jugadores desde dentro del alineamiento, las jugadas específicas para Bay, o los balones interiores al ala. Las plataformas fueron fiables, pero no especialmente ambiciosas.

Todo apunta a una decisión consciente: no asumir riesgos innecesarios en salida de alineamiento, evitar pérdidas en zonas sensibles y no ofrecer oportunidades de contraataque, especialmente en un rival peligroso cuando roba balón en canal 1 por su gran calidad en el contrataque. Así, pese al dominio, o precisamente por él, Iberians optó por minimizar el riesgo, incluso a costa de limitar la creatividad desde fases estáticas. 


 

 

Conclusión

Como ya se apuntaba en el preámbulo, más allá de cómo se formule —con mayor o menor cautela—, el objetivo real de Castilla y León Iberians en esta competición era ganarla. No tanto desde una ambición desmedida como desde un punto intermedio entre lo exigible y lo necesario. Y ese objetivo, finalmente, se ha cumplido.

Salvo el accidente de la semifinal —marcado por diversos condicionantes de planteamiento, ejecución y mentalización—, el recorrido del equipo en el torneo ha sido muy sólido. La continuidad en el trabajo, el salto en la preparación física y la profesionalización del día a día se han traducido en un campeonato controlado, sobrio y resuelto con suficiencia, más allá de momentos puntuales. Todo ello refuerza la sensación de que el camino elegido es el correcto.

La ausencia de Black Lion convertía el torneo en una mezcla incómoda de reto y obligación. Un contexto en el que no bastaba con competir bien: había que imponerse. Tras el mal sabor de boca de unas semifinales en las que Delta estuvo cerca de frustrar el objetivo, el equipo respondió con inteligencia, apostando por un plan de juego sencillo, reduciendo al mínimo los errores y cimentando el rendimiento, sobre todo, en la superioridad física y en el dominio de los contactos como principal baluarte desde el que controlar el ritmo del partido y la posesión.

En ese sentido, Iberians recuperó parte de la esencia original del proyecto, que parecía haberse diluido en algunos encuentros recientes: un equipo reconocible, disciplinado y con una identidad clara. Por eso, más allá del resultado —que también—, la valoración global debe ser positiva, aunque inevitablemente quede la mancha de las lesiones, que obligaron en determinados momentos a recurrir a jugadores fuera del radar habitual.

El sabor final no es el de la euforia, pero sí el de la satisfacción. Una base firme desde la que afrontar ahora la verdadera piedra de toque del año, el gran reto competitivo del calendario.

En ese proceso, es justo destacar la irrupción de jóvenes como Yago Fernández, Beltrán Ortega o Pablo Guirao; la consolidación de jugadores como Tití o Urraza; la aparición de Infer como alternativa en el medio melé; la versatilidad que ofrece Mateu, el gran nivel de nuestros alas Cian y Aira; y el crecimiento evidente de Gonzalo Vinuesa, tanto en el plano físico como en el defensivo y en la lectura del juego.

Es cierto que la ausencia del referente georgiano invita a una lectura algo melancólica del torneo. Pero también lo es que Iberians ha hecho, por fin, lo que debía hacerse desde hace tiempo. Se ha trabajado con método, continuidad y un nivel de exigencia desconocido hasta ahora. El resultado, como mínimo, es satisfactorio en un grado medio/alto.

Pese a las dificultades y a las bajas, el equipo llega al REC en un buen tono físico, con una base sólida y, lo que es más importante, con una serie de automatismos, hábitos de trabajo y bagaje competitivo jugando juntos que nunca antes había tenido. Una base que no se agota en Iberians, sino que alimenta directamente a la selección, aportando continuidad, entendimientos previos y un nivel de preparación física, técnica, táctica y mental que no se había tenido hasta ahora y que aún hay que pulir mucho. En ese contexto, el siguiente paso inmediato no es mirar más arriba, sino consolidarse como el primer referente de este entorno competitivo. Antes de pensar en otros escenarios, Iberians debe dominar de forma sostenida la competición en la que participa, convertir el rendimiento de este año en norma y no en excepción. Sin esa base —hecha de trabajo continuado, profesionalización real y resultados repetidos en el tiempo—, cualquier planteamiento de crecimiento carece de sentido.

Porque no se puede aspirar a nada más si antes no se gobierna lo propio. Ni saltos de competición, ni estructuras superiores, ni escenarios mayores tendrán recorrido si no existe previamente una hegemonía clara y prolongada en el entorno inmediato. Ese es el orden natural de las cosas.

Por ahora, lo único que le corresponde a Iberians es seguir cumpliendo objetivos como se ha hecho esta temporada en la Rugby Europe Super Cup. Cuando ese cumplimiento deje de ser puntual y pase a sostenerse en el tiempo, entonces sí, todo lo demás —planes, marcos y aspiraciones— podrá empezar a tener sentido. Hasta entonces, el camino es simple: trabajar, profesionalizar y dominar el propio terreno.

 

Texto: Víctor García / Fotos: rugby-shots.nl - erik den burger / Rugby Europe

 

 

 

 

 

 

 

 

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