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Reconectando


Reconozco que ando un tanto disperso en cuanto a escribir sobre este periodo que empieza ahora. Realmente, el día a día absorbe lo suyo y, aunque el XV del León aparece dos o tres veces al año, cuando lo hace, lo hace con una intensidad inusitada, y más si se trata de todo el revuelo alrededor del comienzo de una nueva era. Muchas cosas han sucedido desde el torneo de Villajoyosa, donde Estados Unidos nos mojó la oreja y nos devolvió a una realidad que no necesariamente tiene que ser mala, más que nada porque pone de relieve el punto en el que realmente nos encontramos. 

Hablando hace poco con Fernando Pueyo, activo en redes y que, de vez en cuando, es invitado a este medio a compartir sus pensamientos, me decía que yo tendía al pesimismo y al cabreo, estadios del alma que, sin ser mentira en mi persona, creo que apuntalan el escepticismo en el que el XV del León me ha enseñado a vivir. Por todo ello, mi pensamiento previo sobre la era Bouza es cauto.

Hace poco, tuve la oportunidad de hablar con el seleccionador acerca de los problemas estructurales del rugby español, en una conversación más propia del que avisa no es traidor, pero me sorprendió gratamente su alto nivel de consciencia del entorno en el que se va a mover. Por ejemplo, ese viaje por Francia con Jean-Michel Aguirre y Yunque. ¿Qué había pasado desde la declaración de intenciones hasta ese viaje al país vecino? Simplemente, ese cambio de postura de no buscar fuera no había sido bien interpretado, y yo, que me había ya dibujado un panorama autocrático de División de Honor (en honor también a ese escepticismo), no había cogido ese matiz de que no buscar era no achuchar a quien no quisiera venir. 

Dentro de ese giro semiótico se esconden varias aristas. La primera, que nadie que no quiera estar aquí vaya a estar, lo cual me parece bien. No veo tan claro, sin embargo, la puerta abierta de par en para para ciertos casos. Para alguien como yo, que defiende que parte de crear un modelo propio sale de aplicar una filosofía a la manida táctica de alinear a los mejores, se antoja complicado apelar al individualismo que puede llevar implícita esa declaración de intenciones. O, por lo menos, ahora mismo.

Egos no, gracias: es hora de equipo.

Ese runrún que ha recorrido esta semana desde la primera convocatoria hasta la recomendable entrevista a Bouza que hizo Íñigo del Corral para El Confidencial ha tenido varios nombres remarcados, sobre todo los de Ezeala y Usarraga. Bouza apelaba en la entrevista a que debía ser "un orgullo jugar con la selección". Me gustaría ver la realidad de la disputa entre la necesidad de convocar a un Ezeala por su juego -que, aunque lejos de su mejor momento, puede seguir aportando-, y esa declaración filosófica, que me parece correcta, pero que chocará con un jugador que seguro que, si viene, besará el león bordado en rueda de prensa diciendo "mi sueño desde pequeñito era jugar aquí" cuando ha declarado a los cuatro vientos que su intención y su sueño era jugar con Francia, y que para eso había debutado con la selección francesa de seven y se había ido de convivencias con el XV del Gallo. Personalmente, no me gusta ser sobras de nadie, aunque la culpa de todo la tenga la absurdidad que rodea la idiocia de World Rugby.

Y luego están los individualismos. Porque, en un momento de construcción como es en el que ahora estamos, tentar a la suerte de tener que formar un equipo que giren en uno o dos nombres creo que es peligroso. Sabemos que Usarraga dejó de venir por Santos, pero tampoco sabemos si sus condiciones para volver serán aceptadas por Bouza. 

In situ

Hoy he estado en El Central. Tenía que reconectar de alguna forma con ese lugar mágico y vencer al tedio cotidiano, y ha funcionado. En el entrenamiento de hoy he visto ganas y dinamismo, y, a pesar del escepticismo, algo se ha contagiado. Pero reconozco que ha habido tres detalles que han marcado ese positivismo. El primero, ver que parte de la construcción de identidad de nuestro rugby en los últimos diez años seguirá presente con esa continuidad, quizá breve, quizá menos breve, de parte del equipo técnico. Bouza me comentaba que, de alguna manera, él necesitaba de gente conocedora de la realidad y que la calidad profesional era contrastada. Y se agradece, pero no deja de sorprenderme -a bien- que, de momento, ese hilo de cierto nepotismo que ha manejado la suerte del aterrizaje del argentino en España no se traduzca en una tabula rasa, que, siendo necesaria en el equipo, no debería serlo -de momento- en la parte técnica.

El segundo detalle, ver a un equipo con ganas. Los días de concentración en Guadalajara y la toma de temperatura, junto con la refrescante inercia de esos sub-20, que hoy han estado personificadas en Álvaro García o Carmona como representantes de esa realidad ya de la absoluta, han impreso esa dinámica de inicio de ciclo, totalmente necesaria. Y, la tercera, la presencia de Vinuesa y Santamaría, formando parte del grupo, aunque ejercitándose fuera a las órdenes de una Mar Álvarez con trabajo por delante para acelerar la recuperación de dos de los jugadores que están llamados a ser los baluartes de este "nuevo" XV del León. Su incorporación a las dinámicas de convivencia construyen, precisamente, sobre esa cualidad de equipo, un elemento quizá psicológico, pero de muchísimo valor en estos momentos.

Más vale tarde que nunca. Sigo creyendo que hemos perdido un año, doce meses que se han esfumado entre circunstancias provisionales y criterios divergentes de prioridades. La buena noticia es que, por lo menos, tenemos un año por delante para ensamblar todo y para que Bouza apure su intensivo de rugby español y selle la confianza con un equipo técnico que puede ayudarle en el corto y medio plazo, y que no esté tentado (o le tienten) para una revolución para la que los tiempos no son tan amplios. Y mañana o pasado, convocatoria para Países Bajos, primera piedra de toque y reconexión, ahora sí, con esa realidad.

 

Texto: Álvaro de Benito / Fotografía: Javier Izquierdo / FER 





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